La unidad del uno con UNO mismo (Hacia la eliminación de la categoría sexo)

 
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(Hacia la eliminación de la categoría "sexo")

Por Manuel J. L. Candelero

Esta es una reflexión acerca de las raíces fundantes de un azote que acompañó a la humanidad a lo largo de la historia; y que aún perdura: la discriminación entre varón y mujer, entramado siniestro en el que, con mayor o menor crudeza, la mitad de la especie humana es víctima y la otra mitad victimaria.

Me propuse meditar sobre el origen, naturaleza y causas de la discriminación por género ("Mí, Tarzan; tú, Jane") no solo porque es tan antigua como el mundo mismo, sino porque es algo así como la discriminación madre que las parió a todas las otras. Su origen se pierde en la noche de los tiempos; su naturaleza y causas son extremadamente complejas y subsisten hasta hoy. Eliminarlas es un paso para impedir cualquier otra forma de discriminación.

La indagación histórica está presente. Pero solo para acompañar con ejemplos el discurso biológico, antropológico, cultural, político, social, jurídico, económico y religioso, que sostiene aún en el Siglo XXI una distinción entre hombres y mujeres con consecuencias carentes, a mi juicio, de todo fundamento.

Un breve relato nos ayudará en la comprensión de nuestro enfoque.

Un transeúnte se interna en una feria franca. Se dirige a los puestos de productos vegetales y se detiene frente a una bien dotada frutería.

-Quiero fruta, dice, ante la solicitud del comerciante.

-Ha venido al lugar indicado, le responde el frutero. Elija a su gusto.

El viandante examina los estantes. En ellos lucen uvas y cerezas, rozagantes duraznos, imponentes ananás, jugosas naranjas, pomelos y mandarinas, lustrosas manzanas, exóticos mangos y apetitosas bananas. El diálogo se reinicia:

Yo Quiero fruta.

-¿Alguna fruta en especial que no esté aquí?

-Es que aquí no hay FRUTA. Hay bananas, manzanas, duraznos y qué se yo cuántas cosas más. Pero lo que estoy buscando es FRUTA.

Pues estas son las frutas de estación.

-Usted no me entiende. Me está ofreciendo uvas, mangos y naranjas. Lo que yo quiero es FRUTA. Y se va, malhumorado.

He recreado libremente un párrafo tomado por Heidegger de Hegel (1990, pág. 141) con el que el autor intenta demostrar que para explicitar la esencia del Ser no existe ejemplo posible.

Russell y Whitehead explican el equívoco con su teoría de los tipos lógicos: una clase de cosas no puede ser miembro de la misma clase: la FRUTA no es una de "las" frutas.

El Ser de lo Humano, o, para simplificar, el Ser Humano, es una clase biológica y cultural a la que pertenecen unas seis mil millones de personas. Tienen la identidad de "Ser" humanos en tanto aman, conocen y hablan. Y la diferencia de ser Juan, Pedro, Antonella, N’ngue, Alicia, Abdul, Jana, Lin, Otto, Fátima, Charles o Kim respectivamente.

La tesis que defendemos a lo largo de todo este artículo se clarifica con el breve relato antecedente. Las bananas son diferentes de las manzanas. A su vez, cada racimo de uvas difiere de los otros racimos y cada una de las uvas es diferente de sus compañeras. No hay dos mangos iguales. Pero todas son frutas. Esa es su identidad. Y esa es también su diferencia.

CON EL ACENTO PUESTO EN LA IDENTIDAD

ANTES QUE EN LA DIFERENCIA

Con los seres humanos pasa exactamente lo mismo: somos idénticos y diferentes al mismo tiempo.

En el ámbito de la naturaleza, generar categorías taxonómicas ayuda a la comprensión y al conocimiento. Dividimos el mundo vegetal y el animal en reinos, clases, órdenes, familias, géneros y especies, siguiendo un método empírico inductivo que nos procura conocimiento acerca de la naturaleza. En el ámbito de lo humano, diferenciar sin reconocer la identidad esencial -el "ser lo mismo consigo mismo"- genera discriminación y violencia. Discriminar por raza, religión o sexo, por ejemplo, es colocar fronteras artificiales que no solo no ayudan en la construcción de una cultura de paz, sino que la desactivan.

Lo esencial es nuestra común humanidad. Dividirla por el color de su piel, sus creencias profundas o su identidad sexual es abrir el paso a una ética de la dominación.

Los "negros" en Estados Unidos, los "judíos" en Alemania y las "mujeres" en todo el mundo, son sujetos categoriales inventados por las respectivas clases dominantes (los WASP, los nazis, los varones). No hay ninguna razón para diferenciar por el color de la piel, la religión, las ideas o la genitalidad. Particularmente por esta última, adherida a lo más profundo de nuestra intimidad e ilegible en términos éticos cuando se la quiere reducir a solo dos: varón o mujer.

Esta simplificación es un constructo cultural histórico orientado a la dominación. Sería más honesto y científicamente más "correcto" si esta clasificación censal y estadística nos calificara como "Fecundantes" y "Gestantes". Hemos aceptado lo de "varón" y "mujer" porque miles de años de dominación del macho descartaron y segregaron a quienes no lo eran o parecían no serlo. Y hoy parecen designaciones adecuadas, indiferentes y no sensibles. ¿Nos sentiríamos igual -reitero- si en los formularios de identificación aparecieran casilleros "F" (Fecundante) y "G" (Gestante); o "U" (Uterina) y "T" (Testicular) o "V" (Vaginal) y "P" (Peneana), en lugar de los clásicos "M" (Masculino" y "F" (Femenino)?

UN MANDATO RELIGIOSO IMPUESTO DESDE EL PODER

La discriminación por sexo es la más antigua y perversa; y no tuvo otro origen que la diversidad de roles en la función reproductora. Deshumaniza al 50 por ciento de la humanidad por tener ovarios y útero en lugar de pene y testículos. La dominación del macho humano sobre la hembra es una regresión hacia los preorígenes del Hombre, que, idéntico a sí mismo mas allá de su genitalidad, se diferencia de los animales en el amar, en el conocer y en el lenguaje (Maturana, 1996, 149).

La sociedad patriarcal, ya configurada definitivamente hace más de cinco milenios, cosifica a la mujer como herramienta gestante, en un nivel equivalente al de los restantes bienes del varón, tales como la casa, los esclavos o los animales domésticos (Éxodo, 20,17; Deuteronomio, 5,21). El mandato es religioso y, por lo tanto, gravemente pétreo. De allí que haya perdurado hasta nuestro tiempo, bien que atenuado como consecuencia de sucesivos cambios en los paradigmas políticos y sociales. Sin embargo, aún hoy, para la Iglesia Católica, las mujeres solo pueden disfrutar del placer sexual si el coito que practican está ordenado a embarazarse. De lo contrario, las mujeres (y los hombres también) cometen el pecado "capital" de Lujuria; uno de los siete pasaportes directos al Infierno. Tal la enseñanza del Catecismo de la Iglesia Católica promulgado en 1992 por el papa Juan Pablo II: nº 2351: "la lujuria es un deseo o goce desordenado del placer sexual. El placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo, separado de las finalidades de procreación y unión" (Catecismo, pág. 521).

SOY COMO ME PERCIBO

Como reflexiona Heidegger, (1990, 69) apoyándose en Parménides, "Lo mismo es, en efecto, percibir que ser". Esa mutua pertenencia se da claramente en la sexualidad. No "soy" varón o mujer. Simplemente SOY, y soy como me percibo a mi mismo. La mismidad, el ser yo mismo es pertenencia mutua entre la intimidad de mi ser y la veracidad de mi percepción. Esta verdad resulta inescrutable para terceros, pero es infalible para uno mismo. Obligarnos a autodefinirnos como varones o mujeres no es útil para la humanidad y tremendamente pernicioso para cada individuo.

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