Todas las falencias quedaron al desnudo

 
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El juicio oral contra Lucila Frend por el asesinato de su amiga Solange Grabenheimer desafía la premisa de que en un proceso judicial hay vencedores y vencidos: en este caso nadie puede haber ganado nada.El caso desnuda graves falencias en el sistema de persecución penal, más relacionadas con las personas que con los procedimientos. Un sistema en el que se mezclan la falta de elementos y la inmensa acumulación de causas con la indolencia y la impericia de los investigadores policiales y judiciales.Eso profundiza la desconfianza de la sociedad en que el Estado sea capaz de llegar a la verdad mediante un proceso penal en el que todas las partes -el imputado y los damnificados- son tratadas con imparcialidad, respeto y garantías constitucionales.A falta de testigos y pruebas incriminatorias directas, el papel de la ciencia forense era crucial en el caso; era clave determinar la data de la muerte con la máxima aproximación para establecer con el mayor grado de probabilidad si la acusada, que convivía con la víctima, pudo haber estado en la escena del crimen a la hora del asesinato.Para determinar eso, los peritos hicieron casi todo mal: o no tenían los elementos que debían tener o, peor aún, realizaron mal pruebas rutinarias.Eso pudo haber sido simple impericia. Pero este caso mostró falencias más graves. Hay al menos dos situaciones que permiten entrever un direccionamiento en la acusación. Un perito forense de Homicidios de la policía bonaerense sugirió, al declarar en el juicio, que el fiscal había desestimado evaluaciones que conducían las sospechas lejos de Lucila.Peor aún es lo que se vislumbra del video de la reconstrucción del hecho, ampliamente difundido por televisión: Lucila, convocada como testigo, fue "empujada" a montarse sobre la modelo que hacía de víctima y a practicar los movimientos que...

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