La investigación sobre seres humanos y el Código de Nuremberg

Autor:Armando S. Andruet (h)
Cargo:Miembro de Número de la Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales de Córdoba
Páginas:55-78
RESUMEN

I. Introducción. II. Reconocimiento jurídico de los derechos de personas sujetas a investigación. III. El Código Deontológico de Nuremberg. IV. Analítica del Código de Nuremberg y su evolución. V. Breviario de indicaciones éticas en la investigación con personas.

 
ÍNDICE
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I Introducción

Habremos de formular una breve consideración1 respecto a un tema no menor, como es el vinculado con el estado de la jurisprudencia referido a la investigación y/o experimentación en personas, como así también algún conjunto de orientaciones bioéticas a dicho respecto. A tales efectos indicamos que un análisis que al menos resulte asequible en esta ocasión de poder brindar, nos impone tener que efectuar separaciones temáticas para realizar un abordaje que pueda al menos, ser calificado de suficiente.

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En primer lugar debemos señalar mas no desarrollar, por no ser ese el marco de interés del presente trabajo, que partimos de un supuesto previo, como es el referido al sustento ontológico —y trascendente— de la persona humana, y que como tal no autoriza ningún ejercicio terapéutico, investigativo o experimental que la cosifique, recordando que una afirmación de tal tipo no debe ser vista desde ninguna perspectiva teológica, sino como la piedra basal de una ética de la razón práctica2, cuya tesis primaria es el reconocimiento de que el investigado es, antes que cualquier otra cosa, una persona que como tal indica el distingo entre lo que debe o no hacerse, dentro de lo que puede hacerse.

De aquí entonces que el verdadero límite que a la investigación biomédica se le impone, es el que resulta del mismo hombre y su dignidad3; porque en dicho trance el hombre deviene en objeto de las mismas ciencias naturales4.

Si bien no se puede ocultar entonces, que en no pocas ocasiones la medicina por ser experimental como es, se ve impuesta de tener que considerar a su mismo objeto de investigación —el hombre— como un medio antes que un fin, lo cual no puede dejar de serPage 57 atendido como tolerable desde una consideración ética, en la medida que ello sea rigurosamente temporario. El aspecto que no puede ser dispensable es que se cosifique al hombre —que no es lo mismo que mediatizarlo—, por caso, cuando el mismo es utilizado sólo como un estupendo “banco de prueba” para un resultado transtópico a él, como también acrónico al mismo5.

A los fines de mejorar la perspectiva del análisis que hemos brindado, y con intención de no quedar tampoco encarcelados en una afirmación poco bondadosa de la misma dignidad del hombre, en aras al cumplimiento de la tarea investigativa en medicina, se puede orientar el tema, desde la necesaria y siempre presente “objetivación” que se hace del paciente en la clínica habitual. Y si ello es así en lo normal y regular del cumplimiento profesional, no existe razón alguna que imponga negar, que cuando se experimenta con el hombre, temporalmente al mismo se lo mediatiza.

La conocida objetivación del paciente es, sin duda alguna, una manera de no tomar como fin al hombre, sino sólo como medio y en ello la afectación a su misma dignidad6; mas un medio en ese caso que permita restablecer su misma salud.

De todas maneras no ocuparnos de los nombrados aspectos nucleares a cualquier medicina antropológica, no es ni falta de suscripción de tales conclusiones, ni desconocimiento de ellas, sino una absoluta metodología de exposición del presente tema, que será en consecuencia rigurosamente técnica de lo que ha sido apuntado más arriba.

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Analizando los temas que nos hemos propuesto desde alguna distancia, se puede encontrar una pregunta que resulta común en ellos, y que a la vez cae su respuesta en una presunta aporía. Por una parte, somos contestes en afirmar y participar de la tesis que presupone que la medicina intrínsecamente es una ciencia experimental, y por ello tampoco puede prescindir de la experimentación7; de allí que frente a ella, se enarbolen los análisis vinculados con la llamada “razón subjetiva”, que en definitiva son los criterios por los cuales se intenta comprender a la naturaleza misma con un claro fin de dominación o subordinación de ella; es así un saber que se hace poder8.

Se ha afirmado que “El progreso de la medicina se basa sobre investigaciones que, en último término, deben incluir la experimentación en seres humanos”9; el llamado ensayo clínico es connatural al acto médico, y un acto médico será correcto cuando esté hecho con pericia técnica, y será bueno cuando además cumpla con las exigencias de la ética. La razón práctica ha avanzado sobre la superada “razón teórica” que se contentaba con una mera finalidad teórica.

No aparece siquiera pensable, una medicina que no se reconociera como ciencia experimental; cualquier terapéutica que a una persona se le pueda brindar, por ser factible que en cada uno de ellos la misma farmacología provoque resultados o consecuencias disímiles, impone afirmar que existe allí una real experimentación, sin perjuicio de que exista una vasta y dilatada comprobación previa, que de alguna manera permita prever resultados más o menos garantizados.

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Pero que la medicina es experimentación es indudable; como de alguna manera también es cierto que por este tiempo existe una suerte de reclamo de derecho social en la comunidad, de que el Estado debe pugnar fuertemente para una mejoría activa y constante en todos los órdenes de la vida, y entre ellos sin duda el de salud ocupa un lugar privilegiado; de esta manera se llega a la extraña conclusión de que la misma investigación humana es centro de interés social.

Mas, precisamente porque ello es de esta manera, los ámbitos de control para el reclamo de dicho cumplimiento que se le hace al Estado no se pueden dejar fuera de control, y las presumidas aspiraciones de salud pública —investigación mediante— no pueden afectar de ordinario el propio derecho individual —sin perjuicio de que existan situaciones especiales, tal como se podrá referir más abajo— y con ello ingresar en lo que Jonas nombra como la “serie o escala descendente de admisibilidad” y por ella relajar la regla misma10.

De cualquier manera, dicha experimentación no parece ser la que en esta ocasión nos interesa abordar. Como hemos dicho, tiene tan asimilada la sociedad sus éxitos, contraindicaciones y consecuencias, que propiamente se puede decir que hay un cumplimiento estandarizado en dicha experimentación por lo cual, si bien ella sigue siendo vital para el crecimiento y mantenimiento de la misma medicina, no es ella la “experimentación” rigurosa, y por lo tanto ningún reproche se le puede efectuar. De todas formas no se puede ocultar que aún hoy la realidad —en un bajísimo porcentaje es cierto— sigue colocando algún manto de duda acerca de ciertos tratamientos médicos que son indicados —y que también están bien intencionados—, pero que en realidad son inútiles.

La historia de los tratamientos médicos es de alguna manera, la historia del sufrimiento inútil, mas es innegable que de no haberPage 60 sido por ellos los resultados tampoco serían los que hoy están a la vista y disposición; una observación atenta a dicho fracaso, impuso la búsqueda de un auténtico methodus medendi respecto no ya al mero tratamiento, sino a la misma investigación con seres humanos, lo cual en definitiva se cristaliza después de Nuremberg.

Lo cierto es que de la misma manera que la reiteración de usos y costumbres colaboran a la formación de las leyes, una experimentación preanunciada en sus resultados concluye perdiendo el álea que como tal, caracteriza primigeniamente a la misma: la prueba experiencial del fármaco sobre una determinada bacteria o virus se conoce en su resultado ulterior, casi con la misma firmeza que se puede conocer el hervor del agua a los 100º centígrados. Ni lo uno ni lo otro ya sorprende. No nos perpleja la transformación del líquido en gas, como tampoco que inocular tal remedio genera tal éxito. Al respecto se afirma que “se necesita un sistema de atenciones médicas probado en abundantes experimentos”11.

Existe otro tipo de experimentación en medicina y es a la que nos queremos referir, que presupone una cierta ignorancia en el resultado que habrá de ser obtenido, y a la vez diferenciando en ella un resultado terapéutico concreto en la persona que resulta ser el sujeto pasivo de la misma, de aquella otra que aspira a instalar dicho éxito terapéutico innominadamente, esto es, a toda la población12.

Se dice entonces que se trata de una investigación o experimentación terapéutica a “cualquier intervención quirúrgica o tera-Page 61pia farmacológica, no suficientemente conocida o comprobada, que se aplica a un enfermo en estado desesperado como último recurso para hacer frente a la muerte, de otro modo inevitable”13; y que es investigación no terapéutica, cuando se utilizan “aquellos procedimientos médicos o quirúrgicos que reconocidamente implican cierto riesgo y se aplican experimentalmente a una persona, no tanto para su propio interés cuanto para interés de la humanidad por el avance de la ciencia médica”14. De tal guisa resulta que el experimento terapéutico es uno tal que se hace en “pro” del enfermo, mientras que el restante —no terapéutico— es aquel que se cumple “sobre” el individuo.

Acorde a lo que resulta de cada una de las conceptualizaciones que han sido copiadas, se podría agregar actualmente un tercer tipo de investigación y que bien se puede nombrar como: experimentación creativa. Ella se diferencia de aquella otra que es terapéutica, porque el mencionado interés curativo se ha visto superado por una formulación fáustica del investigador, quien mediante la clonación —puesto que de ello se trata—, el donante de la información genética completa, busca obtener una réplica viva de él mismo: creando un ser humano a su imagen y semejanza15. Huelga señalar y por lo que hemos dicho más arriba, que dicha investigación no puede ser atendida, toda vez que indudablemente cosifica en modo cúlmine a la naturaleza...

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