Edith Stein y Räissa Maritain

  1. A modo de presentación

    La memoria cultural de la civilización occidental- pese a los intentos de la ilustración por establecer una línea recta entre Atenas y Berlín, socratismo-platónico e idealismo alemán- se asienta sobre dos pilares: el helenismo y el judaísmo. Ambos basamentos, uno pagano y otro creyente, considerados en conjunto, perfilan al hombre occidental.

    La reivindicación de la raigambre hebrea no llega sino hasta hace unos pocos años, gracias a que se ha restaurado el papel de la memoria como categoría del pensamiento; y es a partir de esta evocación que se empieza a entender su papel fundamental en la cosmovisión cristiana.

    Si se analiza un elenco de humanistas cristianos en los últimos 2000 años, resultará curioso constatar que destacadas figuras como Dante, Bocaccio, Lope de Vega, por nombrar solo algunos, han demostrado interés por conocer las raíces hebraicas. Y no se puede olvidar al mismísimo Tomás de Aquino, quien habla con gran reconocimiento de Maimónides, por cuyo pensamiento se sintió poderosamente atraído en su esfuerzo de hacer una síntesis entre la razón y la revelación.

    Es en virtud de esta imbricación del pensamiento hebreo en la cosmovisión occidental y cristiana, que este trabajo intentará mostrar la fuerza, riqueza y aportes que el pensamiento judío entregó a nuestro mundo. Riqueza y aportes que no sólo tienen que ver con descubrimientos científicos y nuevos conocimientos académicos, sino que- en el caso particular que nos ocupa- se manifestarán en la presencia de un espíritu, un “genio”, capaz de vivificar los recovecos más profundos del alma humana.

    El rol de la mujer en la preguerra estaba muy distante del rol que hoy día cumple. En Europa, como en el resto del mundo, aquellas que llegaban a estudiar una carrera universitaria eran pocas. Mucho menor era el número de quienes accedían a una cátedra y trascendían sus días. Curiosamente, dos mujeres de origen judío, de esta época, tienen hoy una presencia y un peso en la historia del pensamiento importantísimo. Edith Stein y Raïssa Oumançoff – más conocida como Raïssa Maritain- aportaron a los años y siglos venideros un modo peculiar, un espíritu especial, al modo de ver el mundo. Ambas, luego de su conversión al cristianismo, pudieron plasmar no sólo en la academia sino en su modo de vida, la ancestral tradición judía con la revelación cristiana, generando una nueva mirada sobre la realidad en la que el elemento hebreo marca la diferencia.

    Estas dos mujeres del siglo XX son la prueba de que la identidad judía conforma una cosmovisión particular que trasciende lo meramente religioso, que configura un modo ontológico de ser en el mundo y cuya condición no se puede desprender de ellas por un acto de libertad. Es este carácter único, que le dará a estas mujeres una fortaleza inusitada.

  2. Aspectos biográficos en paralelo

    No es objetivo de este punto ahondar sobre cuestiones biográficas de Edith y de Raïssa. Grandes biógrafos y estudiosos- y en el caso de Raïssa ella misma y en el de Edith, su hermana- nos han hablado de éstos. Sin embargo, es menester precisar algunos de estos sucesos a fin de entender y mostrar por qué el judaísmo marca indeleblemente la vida y el pensamiento de estas dos mujeres.

    2.1. Primeras pérdidas

    Raïssa Oumançoff nació en Rostov-on-Don, Rusia, en 1883, en el seno de una familia judía. A sus dos años, la familia se traslada a Ukrania, a Mariupol y por 10 años vive en el Imperio Ruso, profundamente imbuida de la piedad y las tradiciones judías que, su abuelo materno, le inculcaba. Ella misma recordará en su libro, Las Grandes Amistades que las enseñanzas de su abuelo “provenían de su gran piedad, la piedad del Hasidim, ya que la mística judía en sus variados aspectos, a veces se inclina hacia el intelecto, a veces hacia las emociones…”[1] y sostiene que la religiosidad de su abuelo combinaba el amor, la confidencia y la caridad.

    A medida que sus hijas crecían, los Oumançoff comenzaron a ver que éstas tenían grandes condiciones intelectuales y que, como judíos en el Imperio Ruso, su posición al respecto era bastante precaria. De aquí que decidieron migrar la familia a Francia, asentándose en París. Este exilio, que traería grandes satisfacciones a la familia, sin embargo cortó los lazos con sus amigos y con el abuelo, lo cual significó también, una ruptura con la fe.

    Edith Stein nació unos años después que Raïssa, en 1891 en Breslau, Alemania- hoy Polonia- el día del Yom Kipur. A diferencia de Raïssa, que era la mayor de dos hermanas, Edith fue la menor de once. “El padre, comerciante de maderas, murió cuando Edith no había cumplido aún dos años. La madre, una mujer muy religiosa, solícita y voluntariosa, una persona verdaderamente admirable, al quedarse sola, debió hacer frente tanto al cuidado de la familia como a la gestión de la gran hacienda familiar; pero no consiguió mantener en los hijos una fe viva. Edith perdió la fe en Dios. "[2].

    Es bien conocido que los primeros años en la vida de un ser humano son decisivos. Lo que en ellos forje lo acompañará toda la vida y será muy difícil de remover. En el caso que nos ocupa, estas dos niñas, hijas del naciente siglo XX, experimentaron desde muy temprana edad la pérdida. Las cabezas de sus familias mueren o se alejan, dejando en otras manos la responsabilidad de continuar con las tradiciones. Por otra parte, el caso de Raïssa supone migrar- patentización de la condición errante del judío- lo cual no sólo augura nuevos horizontes y aprendizajes sino que también siembra un dejo de nostalgia, tristeza y pérdida.

    El caso de Edith no es menor. Muerto su padre, su madre debe encargarse de sostener toda una familia, desde lo económico y lo emocional. Y no será un tema menor el hecho de que su más pequeña niña, sea brillante- como relata su hermana. Dicha claridad intelectual, desde la más tierna infancia, y en los tiempos de los que estamos hablando, son difíciles de manejar para una madre sola con 11 hijos.

    Decía su hermana al respecto: “Su primera niñez coincidió en el tiempo en que nuestra madre sobrellevaba las tareas más pesadas, tras la muerte repentina de nuestro padre. A causa de sus cargas inevitables poco podía dedicarse a nosotras. Las dos "pequeñas" estábamos acostumbradas a entendernos las dos solas y -al menos...

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