Desde Tomás Godoy Cruz hasta el diputado Alfredo Cornejo

 
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¿Qué ha sucedido, que después de que Alfredo Cornejo, exgobernador de Mendoza, de arriesgada connotación para la integridad nacional cuando se la invoca en nombre de intereses provinciales, y de extravagancia incuestionable en los hábitos de la política argentina en cientos de años, más que provocar una tempestad haya provocado modestos vientos fuera de los límites mendocinos? Cornejo es diputado nacional, pero ante todo preside la Unión Cívica Radical, un partido centenario, con presencia y responsabilidades territoriales en todo el país.Caben algunas suposiciones. Al menos los argentinos comprometidos con el estudio, el trabajo y la producción se hallan comprensiblemente abstraídos en las consecuencias directas e indirectas de la pandemia y en los efectos de sucesivas sobre sus vidas. Están ensimismados en la salud personal y de igual manera en la salud colectiva, dañada por el desgarramiento del tejido económico y social que los articula y sostiene como sociedad con identidad propia en el concierto de naciones.En ambas incertidumbres se reflejan riesgos y emociones de valor a la larga equivalente, aunque decirlo contradiga lo que los gobernantes han pregonado en meses inacabables.Entre tales perplejidades los argentinos podrían de igual modo estar comprensiblemente abstraídos en preguntarse cuántos escalones más quedan por descender después de décadas de retrocesos comparativos, que impresionan en relación con otros países y por la velocidad de la involución desde mediados de los setenta. El fantasma del Estado fallido acecha en más y más mentes. Ha habido imprudencia en las palabras iniciales de Cornejo y habrá habido una distracción imperdonable en la clase dirigente argentina si no las tomara en cuenta como síntoma de fenómenos estructurales que aguardan respuesta.Situaciones como esta ponen a prueba la visión estratégica de los hombres de Estado. Su gravedad los acucia a la reflexión sobre los cambios impostergables por introducir porque interesan al destino de la Nación, más que a saber quiénes han de triunfar a cualquier costa en los próximos comicios.Si los argentinos hubieran puesto en las palabras del diputado Cornejo más atención de la que dieron cuenta en las dos semanas últimas, tomados como han estado por urgencias inmediatas, habrían advertido la gravedad de que haya irrumpido un signo lingüístico en desuso en el orden interno como el de "independencia". Ese signo se asocia a uno de los pocos grandes males, si no el único, de los que hasta aquí la nacionalidad ha sido afortunadamente privada: el de las secesiones.¿Por qué esto? ¿Puede disociarse lo dicho por Cornejo de un Estado argentino crecientemente ineficiente? ¿De sus negligencias manifiestas para resolver desigualdades sociales y políticas que abruman, desentendido de la desconfianza que suscita la Justicia y despreciativo del estupor que ha causado la corrupción pública por su magnitud y sistematización pandémica, y más, por el descaro para cubrirla con ensoberbecida impunidad?"Soberanía suprema"Hay que rastrear con minuciosidad la historia argentina ulterior a la organización definitiva 1853/60 para encontrar como una verdadera rareza el vocablo que Cornejo, diputado y presidente de la Unión Cívica Radical, utilizó para traducir el malestar mendocino con el gobierno federal. Cornejo habló de la podría apelar para zanjar antiguas y nuevas diferencias. El tema disparador ha sido un dique por construirse: Portezuelo del Viento.Varias generaciones de argentinos vinieron a este mundo, y partieron hacia el otro, sin haber oído una sola invocación de ese carácter. Alejandro Agüero, abogado cordobés especializado en Historia del Derecho e investigador del Conicet, señala como hallazgo un antecedente aislado, de 1879. Fue cuando el gobernador Vicente Almandos Almonacid, habiéndose negado a cumplir con leyes nacionales, alegó que La Rioja era "un Estado soberano e independiente". Mitre le contestó desde la banca de diputado nacional: "En la República Argentina no hay más soberanía que la soberanía nacional, soberanía suprema, y ante esta soberanía todos tienen que inclinarse".Se ha especulado sobre las verdaderas intenciones del eslogan salido de la matriz de una agencia de publicidad: "San Luis, otro país", a fines de 2001. entonces gobernador de la provincia, había encargado una campaña que identificara a San Luis como la mejor entre las provincias de un país aquejado por la crisis que derribó al presidente De la Rúa y lo llevó a él por unos días a la presidencia...

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