El siglo de un pianista silencioso

 
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Ya celebramos el centenario de la voz de Frank Sinatra, quizá no tanto los 150 años de las invenciones sinfónicas de Jean Sibelius, pero, por lo menos en el plano musical, creo que no nos ocupamos lo suficiente del siglo de las manos del pianista Sviatoslav Richter. Hay que acordarse pronto, ahora que los días del año corren rápidos como la última arena en el cuello del reloj.

De la irreprochable lista de pianistas preferidos que Julio Cortázar hace en Un tal Lucas ("larga es la lista como largo el teclado", dice Cortázar, aunque no llega a los 88 nombres) siento tan cerca como él a Margarita Fernández y Dinu Lipatti. Pero falta Richter. Además de los divinos Fernández y Lipatti, mi propia lista, nada original, debería incluir a Wilhelm Kempff y Claudio Arrau, Glenn Gould y el otro rumano, Radu Lupu, András Schiff y Pierre-Laurent Aimard. Y Richter. Es de él de quien hay que acordarse ahora.

A propósito de recuerdos, la memoria de Richter era prodigiosa. Recordaba todo y, a los 80 años, estaba harto de recordar. Habría querido que envejecer fuera olvidar y perdonar. Tocó siempre de memoria. Hasta que un día tuvo una laguna y ya no volvió a sentarse al piano sin la partitura a la vista. De otras cosas tuvo en cambio recuerdos muy vívidos hasta el final de su vida.

Si se era músico en la Unión Soviética no resultaba fácil sustraerse de la política, aunque, como era el caso de Richter, no se tuviera el menor interés en ella. El 5 de marzo de 1953, cuando murió Stalin, el régimen solicitó sus servicios musicales. Richter estaba en Tbilisi, Georgia, y recibió un telegrama que le ordenaba tomar el primer avión a Moscú. No había aviones disponibles y el clima impedía además cualquier despegue. Por fin, lo subieron a él solo a un avión que no transportaba nada más que cantidades de coronas fúnebres. Aparte del perfume de velorio de la cabina, Richter guardó también un recuerdo musical no menos desagradable: el modo violento en el que, más tarde, la marcha fúnebre de Chopin tocada por una banda militar interrumpió el desarrollo del tema en el primer movimiento de la Sinfonía "Patética" de Tchaikovski.

A Richter le gustaba el cine, pero no la cámara. Tampoco los estudios de grabación. Por eso grabó poquísimo en estudio y la mayoría de sus registros discográficos (magistrales como esa versión de Cuadros de una exposición de Mussorgski que tocó en Sofía en 1958) son tomas defectuosas de concierto, llenas de toses y ruido ambiente...

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