Las series reavivan la llama inextinguible del western

 
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¿Por qué el western siempre vuelve? ¿Qué lleva a este arquetípico género cinematográfico, considerado una especie en extinción, a renacer una y otra vez de las cenizas y a encontrar razones para desafiar a quienes lo creen terminado para siempre? La respuesta tal vez pase por los valores que encarna por definición el cine del Oeste, que al mismo tiempo funcionan como motores de los relatos más perdurables: el valor y la amistad, la individualidad y el espíritu de grupo, el viaje y el descubrimiento, la utopía de una vida salvaje y el sueño del progreso y la civilización. Y sobre todo la épica, representada en tiempo y espacio por la conquista del Oeste, el espíritu de los pioneros y algunos elementos identificatorios de la esencia estadounidense, expresados en su máximo esplendor desde el cine por artistas mayores: , Howard Hawks, Anthony Mann, Budd Boetticher, .

Una nueva ola de westerns se instala en la pantalla. Más propiamente en las pantallas, porque buena parte de esta reivindicación (una de tantas) tiene que ver con producciones para TV concebidas en el formato que más parece agradar en estos tiempos a los narradores y al público: el modelo de miniserie (o limited series, según el argot televisivo norteamericano) en el que y otras usinas de producción se sienten tan cómodos.

No sólo hablamos de cine del Oeste en clave de época. El western no se agota en las historias instaladas entre la segunda mitad del siglo XIX y los comienzos del siglo XX en la vasta geografía de los Estados Unidos. También abundan los neowesterns. Historias con temáticas propias del viejo cine de cowboys, pero instaladas en el mundo de hoy y expuestas a las tensiones de la vida contemporánea. Así ocurre con dos creaciones del talentoso Taylor Sheridan, primero guionista de Sin nada que perder (David Mackenzie, 2016), magistral pintura de la marginalidad, las injusticias sociales y la dignidad personal frente a esas adversidades que mereció muchas más nominaciones al Oscar de las que tuvo: apenas cuatro y ningún premio.

Sheridan dirigió después Viento salvaje, que a aquellos temas les agrega la segregación de las comunidades nativas y el efecto hostil (real y simbólico) de un clima insoportablemente áspero en el ánimo de los personajes. La maldición de Harvey Weinstein (productor del film) puede lograr que se cometa otra injusticia y esta gran película ya estrenada en la Argentina quede completamente marginada del Oscar 2018. Hacia allí, auguran algunos...

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