Un programa evita la pérdida de órganos trasplantados

 
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Antes de ir a dormir, Florencia repasó que todo estuviera listo para su tan esperada excursión del día siguiente. Saludó a todos y se acostó. Pero una llamada a la madrugada alborotó los planes. "Me dijeron que había aparecido el órgano para mi trasplante y tenía que ir ya a la fundación para operarme. Así que no pude ir a conocer la cancha de Boca que tanto quería", cuenta un año después, parada en una de las tribunas de la Bombonera, que finalmente pudo conocer recuperada de su trasplante hepático.Florencia tiene 15 años, retomó el colegio y asegura que le va bien. Con ella, otros diez chicos y adolescentes trasplantados recorrieron el club en una excursión que Florencia propuso en una de las últimas reuniones mensuales que organiza desde hace cuatro años la Unidad de Trasplante de Hígado de la Fundación Favaloro. En esas reuniones, que duran dos horas, los chicos y adolescentes operados conversan sobre lo que les pasa, aprenden "recetas" para no olvidarse de tomar cada 12 horas el medicamento inmunosupresor que previene el rechazo del órgano y cómo cuidarlo para evitar el retrasplante, una de las principales complicaciones. "Es una experiencia única que debería replicarse en otros programas de trasplante", asegura el doctor Gabriel Gondolesi, jefe de Cirugía Hepatobiliar y Trasplante Hepático de la fundación. "Más del 50% de los adolescentes que recibieron un órgano tienen problemas porque dejan de tomar los inmunosupresores que los ayudan a cuidar el injerto. Se piensa que el trasplante termina con la cirugía, pero ahí recién empieza todo", agrega el especialista.La mayoría de los pacientes pediátricos de la unidad (180 de los casi 900 trasplantados en los últimos 16 años) empezaban a tener mala conducta, problemas en la escuela y dificultades con la familia. Los más grandes llegaban a abandonar el colegio. La enfermedad les impide estar al día con las clases y es común que se retrasen en la escuela, según cuenta la licenciada en trabajo social Liliana Martínez, que con las enfermeras coordinadoras de la unidad impulsaron este programa multidisciplinario de contención e integración social."Ellos se sienten distintos en el colegio porque vuelven con una cicatriz bastante grande en la panza, tienen que tomar medicación de por vida y no pueden hacer lo mismo que otros chicos, como fumar o tomar alcohol", explica la licenciada en Enfermería Lila Chávez. Al estar inmunosuprimidos, "tienen las defensas bajas y son más propensos a desarrollar cáncer de pulmón...

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