El poder mágico de la aguja

 
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"Profesión: sus labores". Así constaba, en mucho formulario administrativo y escrito formal, el estatus de las mujeres dedicadas a las "tareas del hogar" (esa única tarea posible para tantísimas generaciones de ellas). Así también se llama la bella compilación de trabajos que hace unos años publicó la artista Estela Pereda: pequeños objetos, telas bordadas, composiciones donde organza, puntillas y alfileres se entrelazan con esa zona específica del arte contemporáneo llamada arte textil.

Pienso en ambas -la vetusta denominación administrativa, el nada inocente título de un libro-objeto- al entrar al taller de costura de Soledad Erdocia. Un espacio pequeño, ordenado, actual y vintage a un tiempo (¡esa máquina de coser, blanca y profesional, estampada con una roja, pop y luminosa silueta de Hello Kitty!), donde mujeres de todas las edades y profesiones aprenden costura, bordado, crochet.

Soledad es delicada pero en absoluto frágil; criada en Bariloche, encontró en medio de la vorágine porteña el modo de generar discretas zonas de calma. Lo hace de un modo quizás inaudito: con hilo, agujas de crochet y bastidores.

"Entre mis alumnas hay una fiscal. A veces, en medio de la clase, tiene que interrumpir y responder llamados de Tribunales", comenta sonriente Soledad, que estudió Bellas Artes y escultura en el IUNA. Y en eso andaba: buscando su propio lenguaje, impartiendo clases de escultura contemporánea y proyectual, hasta el día en que descubrió el material que siempre había estado ahí. La tela.

Inicialmente hubo mucho de prueba y error, un intento de marca de ropa, alguna exposición de obras basadas en las técnicas de bordado. "Me empezó a interesar cada vez más la idea del oficio -rememora-; la posibilidad de vincularlo con la experimentación artística". Así llegaron los talleres. Y con ellos, la sorpresa al ver que su espacio se llenaba de alumnas -artistas, diseñadoras de indumentaria, terapeutas- cuando ofrecía un curso de bordado o de confección de amigurumis (pequeños muñecos realizados mediante la técnica del crochet). Aceptó el pedido de clases particulares de costura por parte de algún alumno varón al que le generaba incomodidad participar en las multitudinarias clases "de chicas". Y supo que lo suyo formaba parte del mismo fenómeno que protagonizan espacios como Black Oveja en Madrid, Duduá en Barcelona o algún que otro...

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