¡El país no está perdido!

 
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Sé perfectamente que la realidad informativa es muy dinámica. Sé que en el país y en el mundo todos los días pasan cosas importantísimas que tapan las cosas importantísimas que pasaron el día anterior; que volvió Tinelli, que los cimientos de Occidente tambalean por la pelea entre Trump y la Merkel, y que Malcorra, cuya familia vive en España, deja la Cancillería porque padece de extrañitis aguda (¿el Gobierno la extrañará a ella?). Y sé, o me imagino, que el Papa debe estar escribiéndole una afectuosa carta a Hebe de Bonafini para recomendarle que se abrigue ahora que empezaron los fríos. Nada de eso se me escapa. Sin embargo, debo confesar que esta semana le di la espalda a la sucesión dramática de noticias y me quedé atrapado con el caso Freiler, el camarista federal que iba a ser juzgado en el Consejo de la Magistratura no por enriquecimiento ilícito, sino por enriquecimiento insólito: nadie entiende cómo hizo para juntar tanta guita.

Esta vez pudo pasar el sofocón. Lo salvó el kirchnerismo, que salió al rescate del esforzado juez para que nada conmoviera el basamento filosófico, ideológico y político del Frente para la Victoria del Dinero: la corrupción es un instrumento indispensable de las revoluciones populares. En la dinámica revolucionaria de Néstor y Cristina, los honestos de cualquiera de los tres poderes se convertían automáticamente en elementos obstruccionistas y sospechosos. De Freiler nunca sospecharon. Además de poner sus fallos a disposición del gobierno, estiró y estiró el sueldo de juez, unos 100.000 pesos (de los cuales el 30% va a su ex mujer), hasta llegar a tener una tremenda casona en Olivos, frente a la quinta presidencial, valuada en un millón de dólares; una colección de autos antiguos, una flota de autos de alta gama, campos, departamentos, terrenos, yate, caballos de carrera y acciones en una financiera. Si Freiler lee esta columna se va a enojar mucho conmigo porque no estoy incluyendo todos sus bienes y porque ignoré los habituales viajes por el mundo con su familia. Tiene razón. Pero no es mala leche, lo prometo. Es una cuestión de espacio: no me entraban.

Los que rastrearon sus cuentas dicen que entre ingresos y gastos hay una diferencia, en cinco años, de 17 millones de pesos, que él no pudo justificar. Tirón de orejas a Freiler: debería ser más cuidadoso y llevar al día su contabilidad. Si no es muy techie, si no está familiarizado con las planillas de Excel, que use esas viejas libretas de almacenero...

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