Las nuevas formas del vino

 
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Martes, 22.30. Acodado en la barra del bar Shout Brasas y Drinks, en Retiro, examino la lámina de ananá ahumado que emerge de una original versión del clásico cóctel Negroni, en el que el lugar del Campari ha sido ocupado por un pinot noir mendocino. A mi lado, una pareja debate en buenos términos si pedir vino en copa o, directamente, una botella. Consultan al bartender, quien acerca una extensa carta de vinos y advierte que incluso hay a disposición unas 32 etiquetas que pueden ser servidas por copa, por media copa o por cuarto de copa. La pareja delibera, inesperada pero felizmente perdida en un mar de posibilidades.

La explosión de diversidad -de cepas, de estilos, de formatos- que atraviesa hoy el vino en la Argentina hace de esta bebida un mundo de extensiones casi infinitas por explorar: una suerte de big bang de etiquetas que ofrece un universo en expansión ante un público ávido de novedades, pero que a la vez posee un conocimiento mayor así como expectativas cada vez más altas. "El consumidor de vino pasó de ser curioso a conocedor", advierte Alejandro Iglesias, sommelier a cargo de la selección del club de vinos BonVivir, y aporta un ejemplo: "Hace 10 años, el consumidor pedía un malbec de tal o cual bodega, mientras que hoy le interesa que sea de Valle de Uco, de los Valles Calchaquíes, de Pedernal o de Patagonia. Cuánto más conoce, más específico es en cuanto al origen".

"La tendencia es a beber menos y mejor. Este tipo de consumidor ya no se deja llevar por los puntajes ni por las modas, sino que confía más en la recomendación y en su propia experiencia", agrega Claudio Fontana, coleccionista de vinos y propietario de la vinoteca Terroir Casa de Vinos. Acrecentar la propia experiencia, cuenta, es lo que alienta hoy a muchos en una travesía de descubrimiento que incluye catas a ciegas y degustaciones, pero también viajes gourmet por las rutas del vino (de la Argentina y, en casos de bolsillos más holgados, las de Francia, Italia o Sudáfrica, entre otras).

"Definitivamente, el vino es algo más que lo que acompaña a las comidas", afirma Eduardo Borkowski, de 51 años, licenciado en Relaciones Internacionales. "Lo bebo a diario y es un ritual la elección de lo que voy a beber, que generalmente realizo en el viaje de regreso desde el trabajo. Soy habitué de catas y degustaciones, no así tanto de ferias, porque lo que más me interesa de estas reuniones es la posibilidad de ampliar la cantidad de vinos a tomar para realizar una mejor selección de lo que luego elijo para comprar", dice Eduardo, y cuenta que todos los años realiza un viaje que tiene al vino como principal disparador.

"Me gusta probar cosas nuevas y me gusta que me aconsejen", dice por su parte Nicolás Toscano, arquitecto de 33 años y socio fundador de CMT Arquitectura. "Las ferias de vinos son los lugares adonde voy para descubrir sabores nuevos, ya que si bien en general tomo tintos, no sigo a ninguna bodega en particular. En lo cotidiano, el vino es una bebida que me gusta compartir con amigos."

"Hoy esta bebida está presente en múltiples situaciones, en las que lo social va de la mano del vino", sostiene Rodrigo Calderón, sommelier de los restaurantes del chef Mauro Colagreco y wine specialist de la cadena de vinotecas Winery: "Puede ser un picnic o reuniones al aire libre, en los bares (tanto los especializados en vino como los que no lo son tanto) e incluso las pizzerías ofrecen mejores opciones de vino que antes", comenta.

El aspecto social del vino es indudable, y es algo que resulta especialmente notable en la franja de los nuevos consumidores, aquellos de entre 25 y 35 años. "Tienen hábitos de grupo -afirma Iglesias-. Compran vino para compartir con amigos o en familia, por lo que generalmente son ellos los que introducen etiquetas nuevas en sus círculos de amigos y...

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