Una nueva alianza antisistema se presenta en sociedad

 
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En una reunión de camaradería donde evocábamos las viejas peripecias románticas de León Trotsky, un afable dirigente de esa logia extrema supo responderme alguna vez con una verdad seca e irónica. Mi pregunta era zumbona, puesto que un régimen trotskista es aquí tan improbable como la conversión completa del pueblo argentino al hare krishna. "¿Qué harías conmigo si fueras Presidente?", inquirí. El contestó con caballerosa sinceridad: "Te daría seis meses para alinearte; luego te encarcelaría o directamente te mandaría fusilar, según las circunstancias revolucionarias del momento". La réplica no llegó a dolerme, dado su carácter hipotético, pero la tengo siempre presente cuando veo a muchos alegres simpatizantes de la revolución, que a su vez se permiten el lujo de ser políticamente correctos y escandalizarse por injusticias burguesas como cualquier mínima censura, el machismo cultural o la libertad de conciencia, sin advertir la contradicción de apoyar una dictadura del proletariado que no dudaría un segundo en instaurar un Estado policial, ni en aplicar la muerte o la prisión a disidentes, la uniformidad de pensamiento y otras tragedias humanas que cualquier lector de la historia universal conoce de sobra.

Las distintas tribus trotskistas han crecido en fábricas y universidades (también en el mundo de los barrabravas) al calor de la lucha contra el populismo latinoamericano de la última década. Rafael Correa los describía como "la izquierda tirapiedras infantil del todo o nada". Lo interesante es que esa izquierda hoy ha establecido una coalición de objetivos comunes con los clanes cristinistas, y a ellos se han arrimado lúmpenes de toda laya, estalinistas de otros palos y progres independientes que hacen equilibrio en los bordes republicanos, y a veces se caen en el foso de los leones. Este conglomerado de baja representación electoral y de inestable articulación colectiva, ha sido forjado por diversos fenómenos. Para empezar, por la divinización de los años 70, una vigorosa política de Estado que fue reivindicativa de aquella "violencia justa", que durante doce años bajó como adoctrinamiento a facultades y escuelas, y que formateó a las nuevas generaciones. A esto se agrega la flamante influencia de notables politólogos de claustros públicos pero también de maestrías privadas y carísimas, que en su tiempo fueron más o menos complacientes con el kirchnerismo pero que hoy ni siquiera lo critican, ya que entretanto se han puesto...

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