Por qué no nos enseñan a perder

 
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Es un mal bien nuestro. Está incorporado a nuestra sociedad, arraigado en lo más profundo. Es un problema cultural, un desvío educativo, como en tantos otros asuntos. Debería empezar en casa, debería comenzar en el colegio, en los pilares del crecimiento individual. Si se tiene la capacidad, entre las miserias que nos rodean, de tener una cabeza noble en casa, de crecer con neuronas sanas y responsables en cada centro educativo. Allí donde debe construirse la base de todo. De lo que nos acompaña en el porvenir, en la mágica y traumática vida del día a día. Nunca, jamás, ni en casa, ni en la escuela, ni en los viejos potreros, ni en los sofisticados centros de entrenamiento, ni en las clases populares, ni entre millones, nunca jamás nos enseñan a perder. La soberbia del triunfo, como lógica consecuencia de nuestros atributos y, también, de nuestras miserias. No se nos permite caer, ni siquiera, para volver a intentarlo.

Sucede en todos los ámbitos: el fútbol, por caso, es un ejemplo brutal que nos identifica. Porque es masivo, porque es grotesco, porque nos deja desnudos en imágenes que suelen recorrer el mundo. Ocurre en el deporte, en el trabajo, hasta en el amor. Saber perder, entre otros asuntos, es una prueba extraordinaria para descubrir nuevos senderos por donde trotar. Obliga a pensar, a cambiar. A buscar, a volver a intentar. La victoria no sólo provoca bienestar, nos engaña, nos adormece. La derrota nos refresca la relatividad de las cosas. El fútbol, otra vez el fútbol: un tiro en el palo, un segundo tarde para un despeje, un centímetro en off side, un penal anunciado: la diferencia entre...

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