Cuando el hombre no supera al culto

 
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El culto al artista de culto tiene los días contados. Ese sueño de ver en la ciudad de uno al músico que se escucha y se disfruta en privado, que se difunde entre amigos y compañeros de trabajo y que, al hacerlo, se espera de los demás el mismo amor a primera vista que le provocó a uno tiene los días contados. Porque el sueño hoy se cumple con una facilidad que tira por la borda aquel placer que provocaba lo inalcanzable.Sobre el escenario de Niceto Club está parado, solo con su violín, Andrew Bird, y en las paredes del local de Palermo emerge la figura de ese hermoso perdedor que es Daniel Johnston, que será el protagonista de la noche del 8 de marzo. ¿Quieren músicos de culto? Ahí los tienen. Pero el efecto no siempre es el imaginado. A veces, las expectativas superan a la realidad, como esa película que todos te recomiendan y que, al verla, no te mueve ni un pelo.En el caso de Andrew Bird, un violinista y guitarrista de Chicago conocedor de las raíces de la canción norteamericana y hacedor de una obra tan brillante como difícil de clasificar, su debut en Buenos Aires tuvo gusto a poco. Primero solo con su violín y con un sampler, luego en compañía de un trío de guitarra, bajo y batería, y siempre, pero siempre, haciendo uso y abuso de su exquisito silbido, Bird no logró ponerse al mando de la situación y hacer pesar su propuesta.Se intuía que el clima intimista del comienzo era sólo un primer acercamiento. Se intuía y se veía, porque ahí estaban la batería y los equipos esperando al resto de la banda. Mientras tanto y con cierta timidez, AB se...

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