Hermosa memoria de la amistad

 
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En el principio fue Borges. Después llegaron los demás: Cortázar, Saer, Cabrera Infante, Vargas Llosa, Piglia, Gabo, Bioy. Borges estaba recluido en su penumbra, la mirada levemente dirigida al cielo, como si estuviese hablando con Dios. Era el rodaje de un documental sobre el escritor. Uno de los jovencísimos asistentes de la filmación, lector infatigable de los grandes señores de la novela latinoamericana, quiso llevarse un souvenir de ese instante que no volvería a suceder jamás: extrajo de un bolsillo su cámara, disparó. El perfil de Borges exhibe su rara serenidad, las dos manos se apoyan delicadamente sobre el bastón, detrás asoma una mano cuyo movimiento aéreo recuerda el de La creación de Adán. Dos décadas más tarde, mientras desempolvaba viejas cajas con recuerdos, el fotógrafo descubrió las planchas de contacto de aquella secuencia. Desde entonces se propuso capturar con su cámara a los hombres y las mujeres que durante tantos años lo habían hecho feliz con sus invenciones: los escritores.

Quienes han sido presas fabulosas de este cazador implacable le atribuyen unos cuantos méritos. Quizás el más notable de todos ellos es que Daniel Mordzinski es un lector voraz desde su niñez, cuando se entregó a la magia de la poesía primero y de la novela después. Pero hay otro rasgo que lo vuelve irresistible: es un seductor serial. Apenas traspone el vano de la puerta (porque es menester que el primer galanteo suceda en la casa del escritor), Mordzinski pide un café y empieza a conversar con su anfitrión, se interesa en su obra (que casi siempre conoce) e intercambia ideas sobre la vida, el amor, la muerte o un tema ligero. No presta atención a su cámara en esos momentos cruciales. El escritor, pobrecito, criatura de Dios, se siente a gusto, va develándole sus sueños y sus miserias, cree que empieza a trabar una amistad. El problema es que más tarde o más temprano el cazador huele sangre, extrae sigilosamente su arma y le pide al artista (entendámonos: gente seria) que se someta a situaciones inverosímiles. Mordzinski se defiende: son retratos juguetones y divertidos, dice, un pacto de caballeros con tres condiciones: el mismo respeto, un margen para la sorpresa y la garantía de que el resultado puede no ser una obra maestra, pero jamás será utilizado en su contra.

Lo más admirable es la cantidad de escritores de toda talla y vanidad que han posado frente a su cámara. Debe de ser un tipo...

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