La herencia kirchnerista

 
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En la historia de un país, una nos remite a las herramientas morales y materiales que éste deja a las generaciones siguientes, sin depender de los avatares de la fortuna, ni de cosechas extraordinarias, ni de yacimientos inesperados.Si bien es prematuro referirse a la "herencia" que dejará el kirchnerismo, cuando aún queda más de un año y medio para que concluya su gestión, la presidenta de la Nación se anticipó al realizar su , en un acto en la Casa de Gobierno, donde manifestó: "Al próximo presidente le quiero dejar un país mucho mejor" y , refiriéndose a las "conquistas logradas", remató: " Acuérdense de cómo estaban en 2003 y cómo están ahora".Es probable que gran parte del público estuviese de acuerdo con la apreciación de la primera mandataria, en particular con el adverbio "ahora". Pues la llamada "década ganada" se caracterizó por el gasto y el consumo "ahora", para construir poder, sin inversiones ni visión de largo plazo.Es bueno que tantas familias hayan tenido acceso al automóvil, renovado sus electrodomésticos y gozado de vacaciones, pero ni el auto, ni la heladera, ni el plasma -y mucho menos, las vacaciones- son bienes que heredarán las generaciones siguientes. También aplaudirán 14 millones de personas que viven del Estado, entre las que hay jubilados que no han realizado aportes, empleados públicos y beneficiarios de planes sociales. Y no dejarán de aplaudir los empresarios con regímenes de privilegio para vender caro a los argentinos, ni quienes reciben subsidios sin controles o una tan sideral como arbitraria pauta publicitaria, ni los contratistas que evitan las licitaciones públicas.Los aplausos tentaron al progresismo, que se malversó en formas vulgares de provecho personal. Desde los sueños compartidos entre Madres y matricidas, hasta la bolsa de Miceli, la valija de Antonini o los retornos de Jaime. Sin olvidar la apropiación de una imprenta para fabricar billetes y los lujosos hoteles de El Calafate con habitaciones reservadas y abonadas aunque no se ocupen, para justificar pagos a la familia presidencial. El progresismo también olvidó la condena moral hacia el juego, símbolo de la frivolidad capitalista, autorizando bingos, casinos y tragamonedas, reductos ideales para lavar dinero, si no se optase por blanquearlo con los Cedin.Al ritmo de los aplausos bajaron las reservas, se consumió el stock ganadero, cerraron frigoríficos, desapareció el trigo, se desalentó la lechería, se castigaron las economías...

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