Garantismo vs. mano dura = 30.000 víctimas

 
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La historia del médico que mató al ladrón evidencia en toda su crudeza la naturalización del mundo del revés que es la Argentina de la inseguridad: si el asesinado hubiese sido quien reaccionó ante un ataque -la pericia balística lo estaría complicando-, el espacio dedicado a la noticia en los medios habría sido mucho menor y el intenso debate público que está teniendo lugar en estos días en torno de este episodio directamente no habría existido.

Producto de mirar para otro lado en materia penal, de cero discurso gubernamental en la materia y de la ausencia total de educación preventiva en los colegios y en campañas masivas y permanentes de difusión pública que concienticen a la población de los tenebrosos abismos que abre, por distintas razones, un delito violento no sólo en víctimas sino también en victimarios, se acelera el marco de impunidad que acrecienta la escalada de estos crímenes.

El evidente deterioro económico y la creciente desigualdad social de las últimas décadas son una parte importante de la explicación, pero no toda. Sucede algo peor: ese argumento precipitó dos respuestas contrapuestas muy nocivas y deficientes. Por un lado, el exceso de garantismo penal, a manera de reacción culposa, en oposición a la nefasta "mano dura", que sólo ve la solución en la represión y, por el otro, la estigmatización de los sectores más vulnerables de la población, como si el hecho de ser pobre convirtiese automáticamente a las personas de esa condición en sospechosos.

En la medianoche del miércoles último se produjo un inusual suceso televisivo cuando Alejandro Fantino dialogó en Animales sueltos con Lino Villar Cataldo, el médico atacado que mató. Con un encendido fuera de lo común para esas altas horas de la noche, la charla transitó por un fuerte subibaja emocional y de tensiones contradictorias que, incluso, superaron al propio conductor.

Haya respondido con auténtica sinceridad, o manipulando consciente o inconscientemente su estremecedor relato, el médico logró poner a la audiencia de su lado -a juzgar por los comentarios en las redes sociales- al contar cómo había llegado desde Paraguay siendo un chico de ocho años a vivir en una villa de emergencia y cómo, años más tarde, salvó de un incendio de su humilde vivienda los libracos de donde estudiaba medicina, volúmenes que estaban allí presentes sobre la mesa durante el diálogo televisivo, en tanto sus abogados seguían esas alternativas desde detrás de cámaras. Una historia que...

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