Caos e incertidumbre en una ciudad sin información

 
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Pasado el mediodía, el pánico en las calles de Quito fue general. Neumáticos ardían en las principales vías, los comercios estaban cerrados y las colas en las estaciones de servicio "parecían eternas", según relató Claudia Samaniego, ejecutiva de una empresa alimentaria. Dos horas antes todos los bancos habían cerrado y la gente se aglutinaba desesperada frente a los cajeros automáticos.Muchos tenían en mente que la noche anterior un canal de televisión privado había anunciado que el presidente Rafael Correa iniciaría el trámite para clausurar la Asamblea Nacional y anticipar las elecciones.El día en Quito empezó como cualquier otro. En el primer noticiero de la mañana, a las 7, muchos se enteraron de la toma del regimiento policial. Las protestas de este tipo son habituales y no suelen alterar la rutina. Pero, a eso de las 9, una voz de alarma comenzó a correr a través de otros medios, mensajes y llamadas telefónicas: la policía nacional se "alzó" y los cuarteles en Quito "están tomados".Algunos, cautos, optaron por no salir de sus casas. Aquellos que llegaron a sus lugares de trabajo no pudieron hacerlo hasta bien entrada la tarde, por el caos vehicular. "Mi jefe nos reunió y dijo que estuviéramos tranquilos -comentó Alan Sperber, consultor de recursos humanos-. Vimos todo por la tele, porque nadie se atrevió a salir."Una hora más tarde, la embajada de Estados Unidos, por medio de una llamada telefónica, alertó a los establecimientos educativos adscriptos a la entidad diplomática.Lo que empezó como un problema centrado en la capital no tardó en esparcirse. En todo el país, el rumor se hacía realidad: no había un solo policía en las calles.El fantasma de la crisis bancaria de 1999 aún persigue a muchos ecuatorianos, y no pocas veces se habló de una corrida. El cierre de todas las agencias bancarias, primero en Quito, a eso de las 11, y luego en el resto del país, alimentó los rumores. "Fue el chisme del día", dijo a LA NACION el ejecutivo de una empresa aseguradora, quien añadió su interpretación: "Ahí se notó que nadie confía en nada en este país".Alfonso Arroyo, un empresario de 38 años, fue uno de los que corrieron a buscar dinero. "De pronto, el banco se llenó de gente", dijo.Robos y saqueosUna ejecutiva de la multinacional Ericsson contó a LA NACION que tres...

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