Los bolsos de López siguen cayendo sobre los peronistas

 
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Un cacique justicialista, que acababa de darle un fuerte portazo al kirchnerismo en el Congreso de la Nación, se jactaba hasta hace un mes de poder caminar tranquilo por la calle. Después del escándalo del Monasterio de Planificación dos o tres ciudadanos por día lo insultan y le gritan: "Devuelvan la plata". Los peronistas de cualquier pelaje y extracción (los exaltados no hacen distingos en la interna) tienen problemas ambulatorios; a cada rato les caen los bolsos del señor López en la cabeza. Un ex ministro de Cristina Kirchner llamó a esta Redacción para pedir que lo borraran de una lista: juraba que jamás se había reunido en Buenos Aires con la Pasionaria del Calafate, provisorio cadáver político que antes daba lustre y ahora mancha la camisa. La sociedad está furiosa y asqueada, y es por eso que en el viejo partido de Perón nadie quiere asomar la nariz ni poner el pecho. Hace siete meses prácticamente el único negocio de la política vernácula consistía en ser miembro de la omnívora corporación peronista; hoy hasta Sergio Massa huye del abrazo de sus ex compañeros y busca el auxilio de su propia Carrió, una margarita en el ojal para exhibir traje impoluto. Es que si la economía mejora (crucen los dedos) el debate electoral del año próximo se dará posiblemente en el terreno de la ética, y nadie quiere cargar en su mochila ni con la silueta de la sombra del fantasma de un corrupto.

El peronismo, largamente penetrado y adulterado por una secta religiosa que lo boicoteaba desde arriba y desde adentro y que lo consideraba "carcamal y pejotista", despierta después de su insólita implosión y sale de entre los escombros herido (por la negligencia y el desprestigio), con algo de amnesia (no entiende quién es después de tanta obediencia vertical) y sin brújula (no sabe adónde ir). Tal vez le convendría seguir los pasos del kirchnerismo español: en la amarga derrota, Podemos canceló estos días su fase "revolucionaria" y abrazó las reglas del partido republicano, a sabiendas de que perderá sex appeal, pero ganará competitividad. Revocar una revolución que jamás se hizo forma parte de la picaresca de la política teatral ultramoderna, pero tal vez el ejemplo le sirva a la tribu autóctona, que se debate entre persistir con su apolillado movimientismo populista o reinventarse como fuerza institucionalista y razonable, factor esencial para un bipartidismo refundado. Si no lo hacen, pobres de ellos. Y también, pobres de todos nosotros. Porque no es...

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