Benedicto XVI: cuando la renuncia marca una virtud

En latín, la lengua tradicional de la Iglesia romana, http://www.lanacion.com.ar/1554009-ya-no-tengo-fuerzas-la-renuncia-del-papa-sorprendio-al-mundo que marca un antes y un después en la praxis y en la concepción misma del papado. Una resolución que se contradice con la acaso injusta definición de este papa como "conservador" y "dogmático". Su predecesor, Juan Pablo II, sostenía que http://www.lanacion.com.ar/1553824-la-ultima-renuncia-de-un-papa-fue-en-el-ano-1415 : y así lo recordó, algo perplejo ante los hechos, su ex secretario y actual cardenal arzobispo de Cracovia, Stanislaw Dziwisz. Sin embargo, la clave para comprender en profundidad la decisión de Joseph Ratzinger quizá requiera atender a su preclara racionalidad y al valor que le otorga a la conciencia personal, legado de la mejor modernidad. En efecto, escribe en su editorial la revista Civiltá Católica -la publicación romana de los jesuitas, considerada en privilegiada "sintonía" con la Santa Sede- que "el Papa renuncia al ministerio petrino no porque se siente débil, sino porque advierte que están en juego desafíos cruciales que requieren energías frescas". Y remata: "Al renunciar al pontificado, Benedicto XVI está diciendo algo a la Iglesia de hoy: la invita a no temer, a dedicar sus fuerzas para abrirse a los desafíos y a no temer la rapidez y el peso de los cambios".Significativamente, en una carta de lectores publicada por LA NACION en estos días, señalaba con acierto Eugenio Guasta que esta medida extraordinaria transforma el gran rechazo que Dante Alighieri condena "per viltá" en su Divina Comedia , en alusión al papa Celestino V, quien le deja abierto el camino a Bonifacio VIII. Con Benedicto XVI, en cambio, la renuncia adquiere la entidad de virtud: la dimisión responde a una inteligente percepción de la historia y a una humilde aceptación de los inevitables límites humanos. Con la renuncia de este papa, anunciada con voz débil y sin ningún énfasis, para sorpresa del puñado de cardenales que lo escuchaba, Benedicto XVI planteaba una nueva manera de concebir la autoridad y de hacer efectivo el servicio en la Iglesia. Renunciar es una manera de poner las cosas en su lugar: para una persona hondamente espiritual como lo es Ratzinger significa que los hombres, cumplida la faena -parafraseando a Jorge Luis Borges- pasan y luego son la Iglesia, su historia, la que con renglones torcidos el Señor escribe derecho.Por otra parte, nadie puede minimizar los desafíos que supo afrontar...

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