Ballenas y chimpancés, amigos del hombre

 
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Cada vez que es consultada sobre los riesgos que amenazan el equilibrio ecológico, Jane Goodall le pide a su interlocutor que imagine por un segundo qué efecto produciría en una orquesta sinfónica que está interpretando Bach que cada uno de los músicos abandone lentamente el escenario. Primero enmudecerían los instrumentos de viento, después las cuerdas, finalmente el piano y el timbal, hasta que la escena quede sumida en el más hondo de los silencios. Digamos un silencio de muerte. Imagínense, nos pide ahora, que ese escenario es el planeta. ¿Por qué dejar que suceda? Vivimos en un planeta bellísimo y hay tanta riqueza en la naturaleza, ¿qué derecho tenemos a destruirlo y a robárselo a nuestros hijos?

El problema con ella es que no se trata de una jovencita de izquierdas enojada con el mundo, que está dispuesta a desafiarlo. Jane Goodall tiene 80 años, una sonrisa suave y la encantadora ternura de nuestras hermosas abuelas. Sólo que hace mucho tiempo, cuando andaba por los veintipico, decidió dejar su modesta vida londinense para trasladarse a Gombe, un parque nacional de Tanzania, a estudiar el comportamiento de los chimpancés. Llevaba su curiosidad, un par de binoculares, una lámpara de aceite, una pequeña tienda de campaña, cuadernos, lápices y una máquina de escribir. No le fue mal. La culpa fue en parte de David Greybeard, un grandulón que parecía salido de El planeta de los simios, pero terminó resultando bastante amigable. Jane consiguió seguirlo durante varios días sin que el simio se espantara. En un momento de esa deriva el mono se detuvo y se sentó sin otro propósito aparente que descansar. La jovencita tomó una fruta del suelo y se la ofreció. El chimpancé la rechazó de un tierno manotazo, pero a cambio presionó con su mano los dedos de la chica como señal de agradecimiento. Una ternura, casi como la escena de Jessica Lange en la cúspide del Empire State Building con el bueno de King Kong. Desde entonces fueron inseparables. David Greybeard la ayudó a ganarse la confianza del resto de la monada y Jane Goodall pudo llevar a cabo la investigación más extraordinaria sobre chimpancés que se haya hecho jamás. Ciencia y humanismo, qué más.

Hace algunas semanas fue invitada a visitar la Patagonia. Boy Olmi quiso reunirla con ese otro coloso del ambientalismo que es Roger Payne, quien dedicó su vida a la defensa de las ballenas, y filmar ese encuentro. Payne tiene 80 años y, desde hace más de cuatro...

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