El arte de afeitar a otros

 
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No sé por qué motivo me tocaba la tarea de afeitar a parientes y amigos que, por cuestiones de salud (de mala salud), debían permanecer internados durante un tiempo en hospitales o clínicas. Cuando llegaba de visita con revistas o budines, se acariciaban la barba crecida y preguntaban al aire si no les hacía falta una afeitada. Como en los centros de salud abundan las enfermeras y no los enfermeros, tal vez sentían pudor de pedirles a ellas que lo hicieran y esperaban con impaciencia la llegada de un conocido.Pedirle a un médico que los afeitara estaba fuera del alcance de la imaginación de cualquiera. Las jerarquías en el sistema de salud son inapelables.Salía de inmediato a buscar por las calles de Parque Patricios, Colegiales, San Justo o el barrio donde estuviera ubicado el hospital para comprar espuma de afeitar y una máquina descartable. En esas ocasiones parecía que las calles eran prolongaciones de los pasillos hospitalarios y que las personas con las que me cruzaba estaban al tanto de mi propósito. La escala gigantesca que asume una enfermedad disminuye en compañía de los demás.Una vez de vuelta, llenaba de agua tibia una taza y le mojaba las mejillas al paciente. La espuma, que yo jamás había usado para afeitarme en casa porque me parecía un derroche, les daba el aspecto de sabios venerables en reposo.No siempre hubo testigos silenciosos de esas escenas. Algunos tal vez temieron (como yo) que una palabra me distrajera y provocara un rasguño en cara ajena. Como si fuera un escultor y mis parientes o amigos los mármoles, la forma debajo de la espuma de un blanco irreal se dejaba moldear.En un hermoso ensayo de Mirar, John Berger adjudicaba la pasión por la pintura que había sentido desde niño William Turner al oficio de barbero de su padre. Mis performances terminaban cuando alguien le alcanzaba una toalla y un pequeño espejo al hombre recostado en la cama.Me había afeitado por primera vez a los trece años. Mi padre me...

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