La vida secreta de los bares

Me siento en la silla de siempre, frente a la misma mesa, y observo el paisaje conocido a través de la ventana: hombres y mujeres alimentando como posesos el rumor inagotable de la ciudad, en medio de una correntada de autos y colectivos que reclaman el día con sus motores y sus bocinas.

-¿Lo de siempre? -me recibe el mozo.

-Lo de siempre -respondo.

Frecuento este bar de la calle Santa Fe desde hace unos cinco años. Aquel primer día y éste podrían resultar el mismo para el observador desprevenido. Nada o muy poco ha cambiado en esta confitería en todo este tiempo. Incluso permanecen fieles muchos de sus clientes habituales, yo entre ellos. Puedo ver, alrededor, algunas personas que me resultan familiares a fuerza de coincidir con ellas aquí, aunque no las conozca ni sepa sus nombres. Las miro ahora y las veo tal como ayer, como si fuéramos invulnerables al paso del tiempo y siempre los mismos. ¿Verán ellos en mí al mismo de siempre?

Se equivocarían, como seguro me equivoco yo con ellos. Tal vez ese hombre elegante de saco azul con pañuelo al tono, que alza su pocillo mientras pasa las páginas del diario, viene de abandonar a su amante. O de planear, para esta noche, una fuga secreta con ella. Toda su vida va a dar una vuelta de campana y ahí está, como si nada, ante su café y su diario. Tal como estoy yo, del otro lado del local, ante mi laptop. En caso de cruzarnos intercambiaremos una mirada de reconocimiento que no llegará a ser un saludo sino una constatación de la costumbre de vernos aquí, en este bar al que volvemos quizá con la esperanza de sentirnos los mismos de siempre mientras afuera la vida se ocupa de convertirnos en otros.

Solía venir a este bar por lo menos una vez por semana, y siempre con el mismo gusto. Los bares son, para mí, como las plazas. El sólo hecho de estar en ellos me hace sentir partícipe de la vida que late alrededor, caótica e imprevisible. También, como las plazas, los bares ofrecen una suerte de refugio, un paréntesis. Aquí el tiempo se despliega de otro modo y a veces hasta se suspende. Tal vez por eso me resultan propicios para escribir. En lugar de distraerme, el rumor de las voces y hasta el sonido de la televisión encendida en el canal de noticias me ayudan a conseguir concentración. Y lo mismo el relato de un partido de fútbol, de cuyas alternativas me entero a medias cada vez que alguna jugada o los goles provocan el grito de los fanáticos que toman su café o su...

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