Entre la vida cotidiana y el orden social. Una lectura feminista de la cuestión
| Páginas | 127-142 |
| Fecha | 01 Junio 2025 |
| Fecha de publicación | 01 Junio 2025 |
| Autor | Gabriel Emiliano Atelman,Teresa Beatriz Chelotti |
| Materia | Derecho Público y Administrativo |
Crítica y Resistencias. Revista de conflictos sociales latinoamericanos
N° 20 (junio-noviembre). Año 2025. ISSN: 2525-0841. Págs. 127-142
http://criticayresistencias.com.ar
Edita: Fundación El llano - Centro de Estudios Políticos y Sociales de América Latina (CEPSAL)
Entre la vida cotidiana y el orden social. Una lectura feminista de la cuestión
Gabriel Emiliano Atelman y Teresa Beatriz Chelotti
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Entre la vida cotidiana y el orden social. Una lectura feminista
de la cuestión
1
Between everyday life and social order. A feminist reading of the issue
Gabriel Emiliano Atelman
2
y Teresa Beatriz Chelotti
3
Esta obra está bajo una licencia internacional Creative Commons Atribución-NoComercial-No hay
restricciones adicionales 4.0 (CC BY-NC 4.0)
Resumen
En el presente escrito nos ocupamos de problematizar la categoría vida cotidiana a partir del
análisis de las desigualdades de género como expresión de un orden colonial y patriarcal. A
partir de una revisión teórica proponemos un diálogo entre diferentes aportes de la teoría
social clásica, feminista y decolonial en vistas de propiciar interpelaciones a relaciones de
poder. Para iniciar consideramos inevitable recurrir a la densidad histórica para problematizar
los procesos de subordinación social. La separación ficticia entre producción y reproducción
social que emerge en la modernidad, es clave fundamental para analizar la estratificación social
desigual y jerarquizada. Luego nos ocupamos de presentar una lectura de las desigualdades
que comprende que las mismas están entrecruzadas y operan en simultaneidad. Desarrollamos
e inscribimos allí la advertencia feminista de situar al género en relación con otros patrones de
poder. Finalmente, nos proponemos a la luz de los aportes trabajados recuperar algunas
teorizaciones de la vida cotidiana en tanto espacio estratégico para desmantelar las
desigualdades de género. La consigna feminista de “lo personal es político” aparece hilvanando
discusiones teóricas en esta propuesta que busca seguir indagando acerca de la intrinseca
relación entre vida cotidiana y orden social.
Palabras clave: vida cotidiana, orden social, feminismos
1
Identificador persistente ARK: https://id.caicyt.gov.ar/ark:/s25250841/pmpahnjil
Fecha de recepción: 15/11/2024. Fecha de aceptación: 05/06/2025
2
Instituto de Estudios Sociales (CONICET-U NER). Facultad de Trabajo Social (Universidad Nacional de Entre
Ríos)
Entre Ríos, Argentina
https://orcid.org/0009-0007-4020-7152
gabriel.atelman@uner.edu.ar
3
Facultad de Trabajo Social (Universidad Nacional de Entre Ríos)
Entre Ríos, Argentina
https://orcid.org/0000-0003-0715-3280
teresa.chelotti@uner.edu.ar
Crítica y Resistencias. Revista de conflictos sociales latinoamericanos
N° 20 (junio-noviembre). Año 2025. ISSN: 2525-0841. Págs. 127-142
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Abstract
This paper critically interrogates the category of everyday life through an analysis of gender
inequalities as manifestations of enduring colonial and patriarchal structures. Engaging with
classical social theory, feminist epistemology, and decolonial thought, we construct a
theoretical framework that challenges naturalized power relations. Our analysis begins by
situating contemporary social subordination within its historical matrix, emphasizing how
modernity's artificial demarcation between production and social reproduction undergirds
unequal and hierarchical stratification systems. We then advance an intersectional critique,
demonstrating how gender inequalities operate in simultaneity with other axes of power,
following feminist theoretical interventions that reject analytic separations between systems
of domination. The study culminates in a reexamination of everyday life theories,
reconceptualizing the quotidian as a contested terrain where gender inequalities are both
reproduced and potentially disrupted. The foundational feminist axiom "the personal is
political" serves as our conceptual lodestar, illuminating the dialectical relationship between
micro-level social practices and macro-structures of domination. This contribution seeks to
deepen scholarly understanding of how quotidian experiences constitute a strategic epistemic
site for decolonial feminist praxis.
Keywords: everyday life; social order; feminisms
Introducción
La propuesta de este escrito es desplegar ciertas interpelaciones y problematizaciones a la vida
cotidiana en el campo científico que contribuyen a visibilizar desigualdades de género en
articulación con otras, como expresión del dominio colonial-patriarcal.
Los aportes aquí desarrollados buscan profundizar elaboraciones teóricas que esbozamos,
inicialmente en el marco de una ficha de la cátedra de la que formamos parte “Trabajo Social
y Vida Cotidiana”, correspondiente a la Licenciatura en Trabajo Social (Facultad de Trabajo
Social, Universidad Nacional de Entre Ríos). La intencionalidad de la misma fue potenciar el
acceso al material bibliográfico del tema “Género e interseccionalidad. Algunas lecturas
posibles en clave de vida cotidiana” ubicado en la primera unidad, encargada de abordar la
perspectiva teórico-epistemológica de la cátedra. En este escrito buscamos dar cuenta de cómo
interpelaciones feministas anclan e irrumpen la vida cotidiana y exponen fuentes de origen de
desigualdades que afectan a mujeres y disidencias. Este escrito invita a mirar de modo
feminista la vida cotidiana para pensar el entramado más amplio de un orden social en el que
estamos inscriptes.
Entendemos la vida cotidiana como lugar estratégico para comprender de modo complejo los
símbolos e interacciones que configuran la dinámica social. Es allí donde se imbrican prácticas
y estructuras, y acontecen la reproducción e innovación de modo simultáneo y articulado
(Reguillo, 2000). Desde el Trabajo Social, Lugano (2002) recupera la vida cotidiana como
espacio de reproducción de las relaciones sociales. Allí suceden significaciones subjetivas
particulares en torno a la conflictividad social. Recapitula también que es un espacio en donde
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coemergen múltiples variables, lo que propicia interferencias, movimientos y modificaciones
de lo social. Propone también que para comprender la dinamicidad de la realidad, es menester
analizar las reconfiguraciones que acontecen en la vida cotidiana. Para el Trabajo Social la vida
cotidiana es el espacio de mayor cercanía con los procesos de configuración subjetiva, en donde
se pueden desplegar intervenciones que tiendan a garantizar condiciones indispensables para
el sostenimiento y reproducción social.
Para ordenar de algún modo los aportes y reflexiones feministas a este a sunto, dividiremos el
desarrollo en tres momentos. En primera instancia, nos interesa considerar cómo la división
moderna de tareas está atravesada por relaciones de poder. Allí consideramos importante
mirar de modo histórico-político las interpelaciones feministas que devienen irrupciones en
un mundo masculinizado. Luego, reflexionaremos acerca de cómo las desigualdades (clase-
género-etnia-otras) se anclan, expresan y particularizan de diferentes modos en el entramado
de lo social. Concluiremos problematizando teorizaciones clásicas de la vida cotidiana y
construyendo una invitación a interpelar la configuración de un orden patriarcal, colonial y
neoliberal. De este modo, el escrito buscará desplegar y enumerar ciertas claves feministas
para complejizar las reactualizaciones sociales en los tiempos que vivimos.
Ciudadanía y sociedad: las desigualdades de género desde una perspectiva histórico-
política
Leguizamón (2024) se enfoca en los correlatos epistemológicos desarrollados por las primeras
feministas en la academia, organizados históricamente en "olas". La autora destaca la
importancia de analizar los diferentes enfoques teóricos que han moldeado el feminismo a lo
largo del tiempo, en lugar de centrarse únicamente en las trayectorias de grupos o figuras
institucionales. Un punto central de su propuesta es la comprensión del surgimiento de una
concepción de género que se adaptara a los discursos dominantes y su integración en el ámbito
académico.
Entendemos en este sentido que la modernidad produce una separación ficticia entre
producción y reproducción para sostenerse como nuevo orden social. Liga la producción al
mundo del trabajo y la reproducción al mundo de la familia. La definición de estas esferas se
sostiene en relaciones que se fundan en patrones e idearios de clase, género, etnia, generación,
etc. (Comas, 2014).
Esto subjetiva de modos diferenciados a identidades ligadas a la producción, y a la
reproducción, jerarquiza estos espacios y los separa. “La producción del mundo” pasa a estar
ligada al ámbito público y por lo tanto, se torna espacio privilegiado de toma de decisiones en
torno al orden social (Fraser, 1993). Esta dimensión queda asociada a lo masculino, identidad
que aparece con el rol de participante y sujeto dominante en este espacio y proveedor de
recursos hacia su espacio familiar.
La reproducción es una dimensión que aparece subordinada e incluso invisibilizada (Expósito,
2021). Es el espacio en donde se depositan y transfieren las tareas que corresponden a la
misma vida. Aparece como un ámbito externalizado e independiente del sistema económico-
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político. Se encapsula en hogares, en el interior de las familias (Carrasco, 2001). Lo ligado a lo
reproductivo es todo lo que hace a que el mundo siga funcionando como tal, pero cómo afirma
desde la literatura feminista, también ese es un espacio estratégico en donde aparecen grietas,
experiencias, historias y relatos de tensión, resistencia y lucha ante relaciones coloniales y de
dominación.
Como bien sostiene Millett (1995), las mujeres en principio aparecen ligadas a la reproducción
de la fuerza del trabajo que se supone se desenvolverá en lo definido como ámbito público. Este
ámbito se encuentra sumamente feminizado, en donde la mujer asume el lugar de “madre”
(con tareas que supuestamente de modo natural le corresponden) y es el espacio que se
relaciona con “lo privado”. Como bien sostiene Pateman (2000) el salario hacia el “varón
trabajador” ficciona una presunta satisfacción de las necesidades de la mujer y de todo el grupo
familiar y a su vez enmascara la cantidad de tareas correspondientes a asegurar el bienestar
que se suelen adjudicar a las identidades mujeres-madres. Esto a su vez parte del supuesto de
dependencia de las mujeres con varones proveedores y produce relaciones de dominación.
Carrasco (2001) esgrime dos motivos en torno a porqué los espacios y responsabilidades
ligados a lo reproductivo se invisibilizan, lo que tiene que ver con el mismo sostenimiento de
un sistema desigual. La invisibilidad responde a sostener el mismo sistema patriarcal en donde
la masculinidad cómo grupo dominante define e impone principios que construyen mundo,
estructuran el poder y universalizan su identidad como norma. El otro motivo responde al
funcionamiento del mismo sistema capitalista que depende del sistema doméstico para
garantizar las lógicas de acumulación y extracción del capital. Vemos cómo la modernidad se
segrega y aísla en diferentes espacios que se asumen como básicos y elementales,
naturalizándose como régimen de esta manera y contribuyendo a su sostenibilidad. Ante esto
Pateman (1995) recupera que el contrato de matrimonio es un contrato de trabajo, ya que el
tiempo y la mano de obra de la mujer es apropiada para el bienestar de su esposo. Vemos así
como las fronteras de la vida que sostienen un contrato social del que hablan las teorías
contractualistas, establecen relaciones de género opresivas (Pateman, 1995). Además suponen
la heterosexualidad como obligatoria y natural, cuando no es más que un constructo ideológico
e imposición cultural que produce un borramiento de otras historias y trayectorias identitarias
(Rich, 1982) y garantiza la dominación masculina (Fraser, 1993). Entonces el origen de la
familia tiene que ver también con la legitimidad del poder masculino en tanto y en cuanto
confisca a las mujeres para cuestiones definidas en la modernidad como “privadas” (Gough,
1974).
Los aportes feministas vienen a tensionar estos umbrales que aparecen tan marcados en un
régimen económico-político que asigna a lo biológico supuestas características para ordenar y
clasificar lo social (Rubin, 1986). Lo dicho hasta aquí evidencia la contigüidad y mutua
implicación entre producción-reproducción, lo que aparenta individual y lo social, lo privado
y lo público, etc. (Arfuch, 2005). Los feminismos develan que estos umbrales ficticios tienen
una carga ideológica e invitan a interrogar acerca de cuáles son las modulaciones y
disposiciones que masculinizan el espacio público y privatizan y feminizan la reproducción,
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espacio soporte de relaciones de dominación y parte central de procesos de acumulación
(Expósito et al, 2023).
En este sentido, Federici (2020) propone que el reconocimiento de la subordinación social
como producto histórico cuyos orígenes están en una división sexual del trabajo desoculta
relaciones sociales que son indispensables para vislumbrar las lógicas de explotación y
acumulación del capital. Hay una continuidad, sostiene la autora, entre la devaluación y
naturalización de la reproducción de la fuerza de trabajo y la devaluación de la mano de obra
empleada. Esta fragmentación entonces bien binaria, dicotómica, no hace más que esconder
una cadena de producción global que solo beneficia a una lógica monopólica de acumulación
del capital a costa de la jerarquización y subalternización de vidas. Reconocer que el trabajo
doméstico es mediante el que se produce fuerza de trabajo contribuye a comprender que las
relaciones de género son relaciones de producción complejas, contradictorias y conflictivas.
Esto invita a inscribir historias y experiencias personales de vida en dinámicas más amplias de
conflictividad social y política. Esta propuesta feminista de leer situaciones de desigualdad y
subordinación como medio para entender la dinámica de lo social, se expresa de modo muy
claro y pertinente en uno de sus lemas históricos que entendemos atraviesa este escrito y
constituye fundamento de toda lucha feminista: lo personal es político.
Federici (2020) además reconstruye que el movimiento feminista al interpelar las jerarquías
mismas de la división sexual del trabajo, proporciona una crítica material a la vida cotidiana y
pone al descubierto una estructura desigual que se traduce en cada acontecimiento cotidiano.
Los aportes feministas colocan a la producción de seres humanos como hecho fundante y
originario de toda historia, denunciando que esté es un trabajo que se ha maternalizado,
segregado y subordinado frente al trabajo que produce rédito económico. Es importante pensar
cómo las jerarquías raciales y sexuales producen relaciones de poder y también experiencias,
identidades y perspectivas desiguales y diferenciadas. Desde aquí entendemos que no es
posible pensar la vida cotidiana desde un sujeto social abstracto, universal y asexuado; sino
que es fundamental situar las experiencias en un entramado social de múltiples y complejas
divisiones y clasificaciones sociales que producen realidades particulares (cuestión a la que
volveremos en el próximo apartado).
Las plataformas digitales en diálogo con la hegemonía de formas empresariales de
subjetivación, entre otros fenómenos contemporáneos, trastocan modos de comunicación
interpersonal y el cara a cara como escenario central en el sostenimiento de la vida cotidiana.
Esto en mixtura con que los recursos de subsistencia son cada vez más inaccesibles deviene en
una crisis reproductiva como uno de los hechos centrales que hoy constituye nuestra vida
cotidiana. La supervivencia se torna problema público en un contexto en el que los estados en
alianza con los mercados vuelcan sus esfuerzos a individualizar responsabilidades en lo que
respecta a la vida.
Fraser (2016) devela una contradicción del capital que tiende a la crisis: es la misma
reproducción social la que garantiza la acumulación monopólica del capital, el cuál
desestabiliza la reproducción social. En las crisis, las formas de sostenimiento de la vida
adquieren formas colectivas y se vuelven campos de disputa material y simbólica ante un orden
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social que se sostiene en un extremo aislamiento de estos trabajos reproductivos. Estas formas
cooperativas y solidarias, entienden los feminismos (Federici, 2020), disputan con la
privatización de nuestras vidas cotidianas y nos invitan a problematizar acerca de tres
cuestiones. Por un lado, como hacer para que los cuidados no sean una carga laboral, sino una
tarea compartida, reconocida, creativa y colaborativa. Por el otro, cómo lo común no es solo
objetivo sino condición misma de nuestra vida cotidiana, y es una forma embrionaria que
condensa luchas por modos otros de orden social. Por último, si entendemos que los cuidados
se inscriben en modos de producción-reproducción social, es importante preguntarnos qué
cuidados para el sostenimiento de qué vida-s (Expósito et al, 2023).
Genolet (2010) nos advierte desde el trabajo social y como militante histórica feminista, que
para comprender los aportes e interpelaciones feministas a la modernidad y a estos tiempos
contemporáneos es fundamental recurrir a su densidad histórica de los últimos y recapitular
sus orígenes, luchas y teorizaciones en diferentes latitudes del mundo. Esto nos propone
reconstruir disputas por posicionar a mujeres (e identidades no masculinizadas) como
subjetividades políticas. También nos invita a remirar en clave histórica las miradas y
perspectivas políticas que proponen los feminismos para luchar contra las desigualdades en
diálogo con otras teorías crítico-emancipatorias. El horizonte feminista tiene que ver con una
noción de futuridad sin opresiones ni injusticias sociales (Hooks, 2017), y para ello es necesaria
la materialización de procesos emancipatorios.
La dicotomía producción-reproducción de la que venimos escribiendo, claramente tiene su
correlato en la división genérica, y el antinomio cultura-naturaleza, hombre-mujer, entre otras.
Las propuestas feministas tensionan la biologización y naturalización de actividades y espacios
asignados a cada género que devienen en relaciones de dominación; en desigualdades de
género. Esto interpela la carga laboral del ser madre como proyecto único de vida para las
feminidades, que se expresa en múltiples exclusiones sociales y políticas. Las luchas feministas
inician a masificarse poniendo de manifiesto que la supuesta universalidad de los ideales de la
revolución francesa (solidaridad, igualdad y fraternidad) son sexistas, clasistas e imperialistas
(Genolet, 2010).
Estas interpelaciones a las desigualdades de género se multiplican en diferentes formas
organizativas y de acción colectiva y entran en diálogo con las teorías críticas en el ámbito
universitario latinoamericano. Desde su auge a mitades del siglo XX y atravesadas entre
diferentes y múltiples discusiones, los análisis de género concluyen que las mujeres no son un
grupo natural sino una categoría social, que deviene de relaciones opresivas. Desde aquí se
advierte la importancia de que la categoría de género no totalice el debate sino q ue se ponga
en diálogo con otras clasificaciones sociales. Las mujeres negras, lesbianas, chicanas, por
ejemplo, manifiestan que el racismo, el clasismo y la homofobia permean la experiencia de
género. Esto pone en la mesa que no podemos leer la identidad de género desanclada de otras
variables y condiciones sociales y políticas que nos atraviesan. La construcción de un
“nosotras” como sujeto político es una estrategia organizativa para la producción de un
proyecto feminista-emancipatorio: coexisten muchas “nosotras”: múltiples perspectivas y
formas de denuncia, lucha y transformación de desigualdades (Genolet, 2010).
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Genolet (2010) nos invita a pensar los aportes feministas en la contemporaneidad en varios
puntos. Por un lado, cómo han demostrado que la concepción originaria de “mujer” es una
categoría política, plural y múltiple inscripta y estructurada entre relaciones de poder. Es decir,
esta identidad no puede ser leída como una esencia única y universal, sino de modo situado y
en relación con diferentes clasificaciones identitarias, sociales, geoespaciales y temporales que
sostienen un orden colonial, patriarcal y clasista.
Entonces si la naturalización de las desigualdades invisibiliza los procesos de atribución,
jerarquización y binarización de géneros: es fundamental desocultarlas e inventar horizontes
otros de redistribución y reconocimiento. Esto implica al trabajo social y las ciencias sociales a
revisitar y profundizar estrategias feministas que desmonten lo asignado socialmente como
masculino y femenino, apelando a leer los procesos de socialización y de configuración
subjetiva inscriptos en un orden social hegemónico (Genolet, 2010). Las interpelaciones al
régimen patriarcal han marcado que es fundamental comprender las múltiples exclusiones que
atraviesan sujetos que no responden a la figura de hombre-europeo-blanco como universal
hegémonico, logrando así avances en torno a desarmar la identidad cis-heterosexual como
normal y obligatoria.
Que el orden social posicione a una tipificación masculina como sujeto dominante significa que
hay reglas, normas e imaginarios que colocan esta tipificación como constitutiva de una
ciudadanía universal. Los feminismos proponen problematizar la masculinización del mundo:
es decir, abordan el gran desafío de desarmar un mundo que se constituye a partir de la
dominación masculina, en pos de rehabilitar otros saberes, sensibilidades, razones, historias y
experiencias que disputen con esta normalidad desigual; y también disputar la producción de
ciudadanía-s para democratizarlas en razón de ampliar también los márgenes del espacio
público.
El desarrollo de esta primera parte expone como lo público y lo privado son categorías políticas
que se despliegan para legitimar intereses, opiniones y problemas y deslegitimar otros (Fraser,
1993). Ahmed (2021) invita a pensar cómo estas fronteras y antinomias modernas operan
como muros que privan el acceso a derechos y limitan y cercenan las condiciones de posibilidad
para poblaciones subalternizadas. Cómo se producen esos muros, que efectos en la vida
cotidiana tienen y qué orden sostienen, son preguntas que trae la autora (2021) para animar y
fortalecer luchas e interpelaciones que agrieten e interpelen las relaciones de dominio
establecidas. Volvemos constantemente al lema de lo personal es político. Las luchas
feministas interfieren en la vida cotidiana tal cual como la conocemos, tensionan lo que aparece
como natural, cuestionan lo que pretende ser argumento de las situaciones de opresión y
proponen el desplazó hacia procesos de subjetivación y de construcción vincular otros para
transformar las desigualdades sociales y democratizar el poder.
El ideal de ciudadanía moderna que aparece como universal supone fronteras en torno a su
acceso y tiene un sesgo patriarcal (Pateman, 2000), sexista, racista y clasista. Si para acceder
a la ciudadanía es necesario habitar el espacio público, para identidades subalternizadas esto
conlleva mayores complejidades, ya que supone compatibilizar éste con los trabajos de
cuidados que están devaluados y conllevan una gran carga e inversión de tiempo subjetivo
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(Pateman, 2000). Para ahondar en este punto nos introduciremos en la teoría interseccional
como propuesta para pensar el poder y sus atravesamientos, anclajes y manifestaciones.
Una perspectiva compleja de los entrecruzamientos y anclajes de las desigualdades sociales
Las epistemologías feministas advierten la importancia de situar e inscribir al género en
relación con otras clasificaciones de poder. Retomando a Quijano, Bidaseca (2019) presenta al
poder como malla que articula relaciones sociales de explotación/dominación/conflicto, que
se entrelazan configurando lo social (Bidaseca, 2019). El nombrar de manera separada las
clasificaciones sólo es fructífero en términos analíticos para comprender la especificidad de
cada una de ellas, pero hay que guardar el recaudo de no separarlas, ni esencializarlas, ya que
se encuentran imbricadas constantemente y son inseparables: se articulan y se singularizan en
concretos históricos situados. Lugones (2008) afirma que las desigualdades sociales están
entrecruzadas, que las marcas de sujeción-dominación son inseparables y que las opresiones
actúan en simultaneidad permeadas por un orden colonial. La autora plantea que las
clasificaciones sociales que devienen en categorías adquieren múltiples sentidos en la fusión
con las otras y en situaciones específicas que jerarquizan y binarizan lo social. La modernidad,
como planteamos anteriormente, ha ocultado el género como patrón que se articula junto a
otros a la hora de organizar relaciones y jerarquizar la distribución de poder. Incluso, dice la
autora, ha sido biologizado, para, al igual que con la raza, naturalizar el régimen moderno de
explotación y dominación.
La perspectiva interseccional invita a develar una estructura de opresiones múltiples que
operan de modo simultáneo (Arce Muñoz, 2020). Devela que la tríada neoliberalismo-
patriarcado-colonialismo atraviesa todas las dimensiones de la vida cotidiana. Esta perspectiva
expone la interrelación y superposición entre diferentes dimensiones y elementos de opresión
que son irreductibles unos de otros y no pueden ser categorizados de modo estático sin tener
en cuenta las estructuras sociales que los producen y reproducen (Muñoz Arce, 2020). En el
campo del trabajo social y las ciencias sociales están emergiendo teorizaciones críticas que
problematizan situadamente acerca de la articulación inherente entre estructuras sociales y
procesos de subjetivación. Esto es a fines de comprender cómo se manifiestan las
desigualdades en situaciones concretas, estudiando los anclajes en relación con las
configuraciones que asume lo social en espacios y tiempos determinados.
Esta perspectiva, como dijimos, se origina en los movimientos feministas negros que
cuestionan la idea de una mujer blanca y burguesa como universal (Lorde, 1988). Carby (1982)
afirma que no se puede hacer justicia por todas las mujeres en un mismo capítulo, ya que se
reproduce el patrón de universalizar supuestas características de las mujeres blancas a los
múltiples colectivos que, por diferencias geográficas, de clase, de raza, etnia, sexualidad, etc.,
es necesario estudiar y construir historia a partir de las propias significaciones y experiencias
de cada sector en particular. En otras palabras, la valorización y reconocimiento de diferentes
identidades subjetivas clasifica, condiciona y configura la vida cotidiana como campo
heterogéneo y desigual. Butler (2009) teoriza la importancia de estudiar modos en que sectores
atravesados por la precariedad se performan en vivencias, experiencias e historias en particular
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y como esto irrumpe y perturba en el campo del poder reivindicando y poniendo de manifiesto
reivindicaciones, luchas y demandas usualmente silenciadas. Collins (2000) añade que cada
grupo conoce la realidad de modo parcial y situado, desde su propio punto de vista: es decir es
inconcluso y singular. Las palabras de Collins (2000) convocan a asumir la parcialidad como
punto de partida para validar múltiples y heterogéneas realidades en disputa con una presunta
universalidad que es sostén del androcentrismo. Esto deviene en cuestionamientos en torno a
cuáles son los anclajes de la esfera pública y privada (Delgado de Smith, 2011).
Los anclajes de la vida cotidiana configuran procesos de socialización en diálogo e inscripción
con estructuras sociales. Es decir, los anclajes producen identidades, experiencias y modos
particulares de sentir, interpretar, habitar y relacionarse en este mundo. Los hábitos,
costumbres, principios e ideas transmitidas dialogan con anclajes de una persona dependiendo
del lugar del mundo en donde se encuentre y la cultura que la caracteriza. En ese sentido, no
serán los mismos anclajes en una mujer adulta que vive en el centro de una ciudad que los que
pueda tener, por ejemplo, una niña con alguna discapacidad motriz viviendo en un ámbito
rural. No serán los mismos anclajes los que se desarrollan a partir de una sociedad autoritaria
a las que se puedan desarrollar en una sociedad democrática. De allí la importancia de conocer
la cultura, los contextos y las situaciones específicas para poder comprender cómo los anclajes
condicionan la vida cotidiana y sostienen determinados ordenamientos sociales. Los anclajes
de la vida cotidiana dialogan de modos concretos con procesos de fragmentación y
estratificación social. Esto impacta de modo diferenciado en el mundo de mujeres, quienes
bajo el papel de madre, han sido excluidas de los procesos de toma de decisiones, lo que aún
sigue expresándose en desigualdades materiales y simbólicas concretas. Se profundizan
brechas salariales, cargas laborales no remuneradas, el aumento de empleo en situaciones de
precariedad. Esto deviene en una feminización de la pobreza.
La importante presencia de las mujeres en la vida pública y social, desenmascara la
inconsistencia de un mundo laboral, edificado sobre valores masculinos (Delgado de Smith,
2011). La participación de mujeres y disidencias sigue bloqueada por una especie de
“androcracia” que ha alimentado la creencia de que el mundo de lo público, es privativo de los
varones (Delgado de Smith,2011). Uno de los desafíos en este punto radica en la producción de
estrategias de irrupción en las fronteras y de la participación plena de todos los sectores
sociales en lo que concierne a la vida sin jerarquías ni subordinaciones (Pateman, 2000). Ante
esto Espinosa Miñoso (2024) nos advierte sobre los peligros de continuar con el modelo
civilizador occidental moderno, que se basa en la destrucción de otras formas de vida a través
del capitalismo, el extractivismo, la deforestación y la explotación. Por otro lado destaca la
potencia de las formas colectivas que van adquiriendo las rupturas con este proyecto. Señala a
su vez, la necesidad de construir formas no-antropocéntricas de apelar a la vida, con apuesta a
romper con la idea de resistencia exclusiva de los movimientos sociales contemporáneos y
aprender de formas otras de valorar y habitar la vida.
Volviendo a la problematización de los anclajes, Reguillo (2000) nos invita a pensar como el
tiempo y el espacio son variables y mecanismos de ordenamiento que están en disputa entre
distintos grupos sociales. La distribución del tiempo y el espacio es una expresión de las
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jerarquías y desigualdades de un orden social. Es necesario leer estas coordenadas
contextualmente para comprender sus usos, disputas y definiciones. Por ejemplo, el tiempo
clasifica en diferentes culturas los momentos de la vida: en occidente moderno es el tiempo de
vida el cuál divide la infancia, juventud, adultez y vejez, y con ello diferencia el acceso a la
ciudadanía y ejercicio de derechos. Esta variable temporal se complejiza aún más y se puede
problematizar en mayor completud si articulamos su análisis con clase y género, por ejemplo.
Estos aportes interpelan las identidades esencializadas y denuncian el borramiento de
múltiples subjetividades que producen las pretensiones universalistas y totalizantes al leer la
clase, el género, la raza, la generación u otras clasificaciones como deterministas,
descontextualizadas y aisladas entre sí (Muñoz Arce, 2020).
Las relaciones de dominación y desigualdad se producen-reproducen también en la esfera del
conocimiento. Muñoz Arce (2020) propone que es fundamental que desde el trabajo social y
las ciencias sociales asumamos el desafío de despatriarcalizar-descolonizar nuestros modos de
comprender mundo en pos de transformar injusticias epistémicas, fortalecer los análisis
críticos de lo real, y pensar cómo desde nuestras intervenciones como campo del trabajo social
y/o otras disciplinas sociales podemos estar contribuyendo a la reproducción de un orden
hegemónico y/o asumiendo una perspectiva crítico-liberadora: interferir en él, interpelarlo,
mirarlo y nombrarlo desde otros modos, descubrir las desigualdades e injusticias,
transformarlo. Poner el foco en la mediación entre estructuras socio-políticas y procesos de
configuración subjetiva tiene que ver con trascender lecturas que responsabilizan del carácter
de experiencia a lo individual y/o a lo estructural. Tiene que ver con dotarnos, reapropiarnos y
reinventar nuestras formas de ver el mundo. Tiene que ver con pensar que Ciencias Sociales
queremos para que proyectos estatales, sociales y políticos en estos tiempos críticos en donde
las desigualdades se profundizan y se reactualizan de modos diferenciados (Muñoz Arce,
2020). Para finalizar expondremos una argumentación a partir de diferente bibliografía de
porque entendemos que la vida cotidiana se vuelve categoría estratégica para desmantelar y
transformar las desigualdades de género en el concierto de las diferentes desigualdades
producidas por la dominación burguesa-masculina-blanca-eurocentrada.
La vida cotidiana como espacio estratégico para desmantelar las desigualdades
Agnes Heller (1997) nos invita a pensar que no hay posibilidad de reproducción social sin la
reproducción de lo particular, lo concreto, cuyos modos son variables, diferenciados y
múltiples. Esta autora (1985) coloca a la vida cotidiana en el centro del acaecer histórico. Nos
advierte de su carácter jerárquico y heterogéneo y sostiene que las normas de la vida cotidiana
van construyendo valores, principios, comportamientos sociales específicos. Consideramos
fundamental pensar a la vida cotidiana como espacio en donde acontecen disputas,
modificaciones e irrupciones en torno a la objetivación de la misma. Es decir, la vida cotidiana
condensa y sintetiza tensiones morales que devienen en un pensamiento cotidiano que se
presenta pragmático, espontáneo, ultrageneralizado.
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Por su parte Berger y Luckmann (1984) nos advierten que la realidad de la vida cotidiana se da
por establecida como realidad, no es cuestionada, tampoco nos demanda verificaciones
adicionales sobre su sola presencia y aún más allá de ella. Esa vida cotidiana nos resulta
evidente e imperiosa. Sostienen estos autores que “El mundo de la vida cotidiana se impone
por sí solo y cuando quiero desafiar esa imposición debo hacer un esfuerzo deliberado y nada
fácil” (Berger y Luckmann, 1984, p.39). Por ello, entendemos que la posibilidad de trascender
la actitud natural hacia una actitud teórica reflexiva requiere un ejercicio de problematización
de aquello que nos es natural e incuestionado.
Por lo visto hasta aquí las orientaciones y direccionamientos hegemónicos que se referencian
cual coordenadas de configuración de vida cotidiana son cisheteropatriarcales, neoliberales y
coloniales. En esta línea, entendemos que enfocar la vida cotidiana es mirar la disputa por
aquellas pautas de convivencia y criterios de normalidad cuáles son los sentidos que fundan,
sostienen y se trastocan en nuestras experiencias de vida siempre en diálogo, inscripción e
incluso discusión por más natural que aparente, con estructuras sociales que, como bien
dijimos, nos sitúan en un entramado de relaciones asimétricas de poder (Lechner, 1985).
Reguillo (2000) destaca la importancia de la vida cotidiana como un espacio estratégico para
analizar y potencialmente desmantelar las desigualdades de género. Un aporte fundamental
que nos trae la autora para pensar esta articulación es la visibilización de las estructuras de
dominación, se señala allí que las teorías feministas han enfatizado la necesidad de prestar
atención a los espacios privados, a través del lema "lo privado es político". Reguillo (2000)
sostiene en este sentido la consigna de “lo personal es político”, como un lema que traen los
feminismos invitándonos a reparar y transformar inhabilitaciones, restricciones y
silenciamientos que han atravesado y atraviesan a identidades subalternas en torno al acceso
y ejercicio de derechos. Esto busca exponer cómo los mecanismos de poder se reproducen en
la vida cotidiana, al hacer reflexionar sobre los ámbitos de la domesticidad y el día a día, las
estructuras de dominación se hacen visibles.
Otro elemento central que nos aporta Reguillo (2000) es la posibilidad de pensar la
reflexividad y el cambio social: la reflexión sobre la vida cotidiana es una condición
indispensable para el cambio social. Al analizar las prácticas y discursos cotidianos, se pueden
identificar y cuestionar las normas y roles de género que perpetúan las desigualdades. Existen
allí micropoderes y resistencia, en la vida cotidiana se articulan micropoderes que se oponen a
la intención normalizadora del poder. Las personas, a través de sus prácticas diarias, pueden
ejercer pequeñas "revanchas" y subvertir lo programado, incluyendo las normas de género.
Reguillo (2000) destaca la importancia de la comunicación y los acuerdos en la vida cotidiana
para desafiar las desigualdades. La aceptación de la diferencia y la reflexividad permiten
cuestionar las "verdades" autoevidentes y construir nuevas formas de gestión colectiva que
respeten la diversidad. Esta autora (2000) nos subraya que la vida cotidiana no es un ámbito
neutral o pre-reflexivo, sino un espacio donde se reproducen y también se pueden desafiar las
relaciones de poder, incluyendo las desigualdades de género. Entendemos entonces que la
reflexión, la comunicación y la acción colectiva en este ámbito son cruciales pa ra promover el
cambio social. Es fundamental desde aquí, estudiar la vida cotidiana en constante inscripción
y diálogo con la totalidad social. Lugano (2002) sostiene que la vida cotidiana es el espacio en
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donde se sintetizan expresiones de la conflictiva contradicción entre capital y trabajo en
intersección con el vínculo entre expresiones estatales y societales. Las acciones
transformadoras que se imprimen en la vida cotidiana trastocan, intervienen y modifican lo
social: tienen que ver con su metamorfosis. Lo expuesto desafía la idea de realidad social como
espacio estanco y unívoco, el concepto de vida cotidiana como espacio del mundo privado e
individual y la noción determinista que mira a las estructuras opresivas como inmutables y
estandarizadas.
Estos aportes nos demandan construir una matriz epistémica para poner en cuestión el orden
social dado, las estructuras y relaciones de poder. Este escrito dialoga con algunas de las
nociones centrales en torno a la vida cotidiana, género, orden social y poder y nos convoca, a
su vez, al ejercicio de abrir preguntas. Entendemos que la producción de identidades y los
procesos de configuración subjetiva acontecen en la vida cotidiana. Allí radica el desafío por
descolonizar y despatriarcalizar los dispositivos de regulación social que se operan y también
se tensionan en la socialización, en nuestras formas de relación con el mundo, con la vida, con
el tiempo y el espacio. Mirar las transformaciones moleculares para comprender la
metamorfosis de la cuestión social convoca a indagar también qué sucede en el espacio
delimitado por la modernidad como privado, y cuáles son las reactualizaciones y disputas por
la organización de la vida. Las relaciones de poder están en juego y configuran a su vez la vida
cotidiana, se expresan en jerarquías, desigualdades y diferenciaciones.
En estos tiempos se intensifica una estratificación desigual y jerarquizada debido a procesos
políticos que con múltiples estrategias insisten en la ubicación de la reproducción social en el
ámbito privado. Ante este devenir mercantilista, Pasero reflexiona:
De qué nos servirá la vida si no hay lugares sanos para que transcurra, ni cuerpo
para su goce. En el cuerpo de la naturaleza, en los territorios, se ensaya lo que luego
se aplica sobre nuestros propios cuerpos, es decir, el nivel de tolerancia que se
habilita al abuso de poder, a la impunidad, a la violencia (hetero)sexualizada y
racializada. Y viceversa: en los cuerpos de las mujeres, niñas/es, gays, lesbianas,
trans, travestis, se práctica la violencia que se extiende luego a todo el tejido social
y naturocultural.
(...) ¿Cuánta violencia estamos dispuestas/es a permitir? Frente a la ceguera y
negación, solo nos queda la materia insumisa del cuerpo para tramar revoluciones
que alimenten al mundo, material y simbólicamente, en un contexto de
hambreamiento y degradamiento extendido. (2025, p.7)
Un análisis coyuntural crítico y transformador aquí se vuelve ineludible para poder construir
lecturas feministas interseccionales situadas geopolíticamente. Para el trabajo social y las
ciencias sociales mirar la vida cotidiana en este sentido implica analizar las desigualdades
sociales, pero también la configuración de aquellas estrategias organizativas que subvierten la
programada ficción moderna y patriarcal de modernidad, es decir cuáles son las disputas de
poder que acontecen en este espacio estratégico para comprender lo social (Reguillo, 2000).
Con esto nos referimos a analizar las disputas por la colectivización-descolectivización de la
vida y reflexionar y construir aportes en relación a las luchas colectivas que buscan desarmar
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los modus operandi de una hegemonía extractivista que se traduce en despojo, saqueo y
empobrecimiento de los pueblos. Concluimos entonces que problematizar la vida cotidiana
tiene que ver con pensar la tríada ciudadanía-vida cotidiana-poder, en vínculo con procesos
distributivos y de reconocimiento. En fin, el estudio de la vida cotidiana, no tiene que ver con
centrarse en las prácticas rutinizadas: sino, con indagar las disputas por el sentido, las batallas
de poder y las tensiones de intereses que fundan y se condensan en las mismas (Reguillo,
2000). La vida cotidiana leída desde aquí se convierte entonces en espacio de intermediación
(Lechner, 1985) en cuyo espacio anidan irrupciones, interpelaciones y suspensiones de la
hegemonía patriarcal-colonial en lo que concierne a la producción y reproducción de la vida.
Desde esta perspectiva la vida cotidiana es central para comprender los devenires de la historia
(Heller, 1985; Reguillo, 2000).
La decisión de analizar el mundo de la vida cotidiana con el horizonte de desmantelar y
trastocar injusticias y desigualdades materiales y simbólicas que permean lo social, es un claro
posicionamiento ético-epistemológico que entendemos se abre y refleja en este escrito. Una
lectura feminista de la relación vida cotidiana-orden social invita a analizar cómo se producen,
reactualizan y particularizan relaciones de dominación y explotación (como expresiones
históricas del patriarcado, el colonialismo y la distribución desigual del capital) y cuáles son
las estrategias de tensión, resistencia, interrupción y construcción de justicia y dignidad en
contextos situados. La frase feminista “lo personal es político”, nos invita a pensar que también
lo económico, lo cultural, lo político, lo social es personal. Esta idea que condensa múltiples
interpelaciones de este movimiento desafía las fronteras modernas de la vida, irrumpe la
ficción de normalidad clasista, racista y patriarcal e invita a pensar so bre múltiples
atravesamientos y anclajes de nuestras identidades y subjetividades, cómo también las
articulaciones y tensiones entre lo particular y colectivo. A su vez, va en línea de
desuniversalizar un ideal de ciudadanía y de “sujeto” y poder ejercitar un estudio situado
temporal-espacialmente y estructurado entre relaciones de poder. “Lo personal es político”,
nos reitera la importancia de pensar que toda vida cotidiana es política, que allí se producen,
reproducen y modifican concretamente características del orden social, y nos vuelve la mirada
a ver que, en nuestras trayectorias, experiencias, historias, habitares y compartires anidan
potenciales modos otros de organización social. Esta frase, que atraviesa, se expresa y se
despliega en cada postulado de este escrito, propone a la investigación social el desafío de
desmantelar el sexismo sostenido en los principios científicos hegemónicos de verdad,
neutralidad y objetividad.
Para finalizar nos es ineludible enunciar que toda ciencia es política: entendemos así que las
posiciones que asumimos al mirar el mundo per-forman realidades específicas. Estudiar la
vida cotidiana entonces requiere de modo indispensable la inscripción y el diálogo con un
orden social hegemónico: y esto tiene efectos políticos desindividualizantes y
desprivatizadores. Más allá de revisitar las estrategias de sobrevivencia, enfocar la vida
cotidiana tiene que ver también con poder pensar y armar el mundo que queremos y
necesitamos hoy a partir de la conversación y creación entre múltiples saberes, esperanzas y
horizontes colectivos (Pasero, 2025).
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