Otra vez, la intolerancia y la barbarie

No hay dudas a estas alturas de que algunos sectores, como los que ayer sembraron el caos en las adyacencias del Congreso de la Nación, pretenden reemplazar el diálogo y el normal desenvolvimiento de las instituciones por la violencia. Convergen allí grupos radicalizados que, desde hace mucho tiempo, definitivamente no están alineados con los principios de la República ni con la vida democrática, y otros que, además de su falta de compromiso con esos valores, sólo persiguen la desestabilización del actual gobierno para que la Justicia deje de investigar a ex funcionarios kirchneristas que pueden perder su libertad, sus privilegios y sus fortunas mal habidas.

Al igual que el jueves pasado, los militantes de la violencia se hicieron presentes ayer en la Plaza del Congreso con el pretexto de su oposición a una reforma previsional. Pero su verdadero objetivo era otro bien distinto: atentar contra las instituciones, alentando los fantasmas de los recordados episodios de violencia de diciembre de 2001, que concluyeron con la caída del gobierno de Fernando de la Rúa.

Es evidente que las circunstancias entre uno y otro período son muy distintas. A diferencia de 2001, existe hoy una coalición política gobernante que ha revalidado un importante apoyo en las urnas, traducido en un mayor número de bancas legislativas. Hay también un clima de diálogo político entre el Poder Ejecutivo Nacional y los gobernadores provinciales -sólo uno de ellos se abstuvo de firmar el reciente acuerdo fiscal entre la Nación y las provincias-, y una fuerza partidaria, liderada por la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, que ha sido duramente castigada en las últimas elecciones.

La irresponsabilidad y la mala fe de algunos dirigentes sindicales también estuvo a la orden del día. Un paro irracional paralizó no pocas actividades industriales y provocó innumerables problemas en subtes y en vuelos aéreos. Su único fin es la extorsión a las autoridades.

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