Veinte años en el club de fans de Stephen Hawking

 
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La tinta todavía puede leerse, cada vez más tenue sobre el papel ocre del fax guardado en un folio de plástico. Viene del Departamento de Matemática Aplicada y Física Teórica de la Universidad de Cambridge, en Gran Bretaña. La dirección es Silver Street, Cambridge, England, CB3 9EW. Debajo de dos renglones de números telefónicos figura el remitente: S.W. Hawking, escrito a mano con letra redonda y clara. Está dirigido a mí el 12 de junio de 1992 (¡hace más de 22 años!). El mensaje es breve: "Lamento no poder ayudarla con su artículo. Di muchas entrevistas recientemente y en este momento deseo concentrarme en mis investigaciones". ("I regret that I am unable to help you with your article. I have given many interviews recently and wish to concentrate on my research at the moment").

El fervor que despertó la última película sobre su vida me llevó a revisar mi historia personal de encuentros y desencuentros con el físico británico. A principios de los 90, Stephen Hawking ya era "el" personaje. Una década antes, una llamada telefónica había bastado para que Borges nos abriera durante una mañana su mundo privado, en el departamento de la calle Maipú. Pero tratándose de Hawking, la cosa no sería sencilla, dadas las dificultades que imponían la distancia, la discapacidad y los requerimientos llegados de todas partes del mundo.

Casi lo había dado por inalcanzable, cuando cinco años después de aquel fax, inesperadamente, el secretario general de Redacción de la nacion me llamó a su oficina para avisarme que al día siguiente viajaría a Santiago de Chile para? ¡entrevistar a Hawking! Ya convertido en superestrella de la ciencia, era el orador principal de la Primera Conferencia de Santiago, Agujeros Negros y Estructura del Universo.

La nota que envié desde la capital chilena me recuerda ese día. El 20 de agosto de 1997 amaneció soleado y con poco esmog. La ciudad estaba revolucionada y todos los medios lo mostraban entrando y saliendo de su hotel, acompañado por sus enfermeras y por su hijo Tim, que en ese entonces tenía 18 años.

Al Centro Mapocho, antigua estación ferroviaria diseñada por un discípulo de Eiffel, asistieron no sólo el presidente Frei, sino también miles de personas de todas las edades súbitamente atraídas por el origen y el destino del universo. Poco después de las 18.30, la figura desgarbada de Hawking manejando su silla de ruedas y acompañado por la música de The Wall, de Pink...

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