Valores y fuerzas de cohesión social

Autor:Josef Thesing
Cargo:Profesor universitario
RESUMEN

El Estado moderno no vive únicamente de las reglas, normas, instrucciones, instituciones y definiciones funcionales escritas y constituidas democráticamente, sino que depende de condiciones normativas previas.¿Puede el estado de derecho democrático fundamentar y renovar los valores y las fuerzas de cohesión que necesita para subsistir por sus propios medios? Y en caso de que no pueda hacerlo, ¿con... (ver resumen completo)

 
ÍNDICE
EXTRACTO GRATUITO
I

(1) “El Estado liberal y secularizado vive de presupuestos que él mismo no puede garantizar” advirtió en 1967 el ex miembro de la Corte Constitucional Federal, constitucionalista e historiador Ernst-Wolfgang Böckenförde (Böckenförde,1991, pág.112). Desde entonces, su tesis ha sido objeto de numerosas investigaciones y debates. La “Paradoja de Böckenförde” quedó introducida así en el debate teórico sobre la democracia. Incluso el famoso diálogo entre el filósofo y sociólogo Jürgen Habermas y el entonces cardenal Joseph Ratzinger del 19 de enero de 2004 en la Katholische Akademie Bayern en Munich, versó sobre cuestiones relacionadas con los fundamentos pre-políticos y morales del Estado liberal y democrático (Habermas - Ratzinger, 2005).

(2) ¿Cuál es la cuestión central de este debate? ¿Puede el estado de derecho secularizado, democrático y liberal desarrollar él mismo los valores y las fuerzas de cohesión indispensables para imprimirle la necesaria solidez, ofrecer resistencia a las crisis y lograr aceptación entre los ciudadanos? El Estado moderno, esto es, el Estado constitucional democrático, no vive únicamente de las reglas, normas, instrucciones, instituciones y definiciones funcionales escritas y constituidas democráticamente. El Estado democrático depende de condiciones normativas previas. “Ninguna Constitución… es garantía por sí misma”, dijo Joseph von Eichendorff en tiempos de la Fiesta de Hambach (1832). Interpretaba Eichendorff que era preciso conjugar la “actitud pública” (“öffentliche Gesinnung”) con el Estado, para sentar un “fundamento sustentable de libertad racional”. De este modo, la forma de Estado liberal puede concretarse como producto de una “necesidad interior”. Al respecto señala Paul Kirchhof: “El éxito del Estado depende de que le lleguen los presupuestos éticos necesarios desde el exterior. Una constitución liberal no exige del ciudadano virtudes como altruismo, abnegación, amor al prójimo; este tipo de modelos virtuosos lleva a radicalizar el poder del Estado y, en última instancia, a la revolución. El Estado constitucional liberal, en cambio, asume desde la razón que el hombre persigue su interés propio, que la virtud y una ética de la responsabilidad no devienen en deber jurídico pero constituyen el fundamento sobre el cual se desarrollan la capacidad y la afirmación de libertad” (véase Kirchhof, 2004, pág. 8). El poder político no sólo debe ser controlado desde el estado de derecho; también requiere ser acompañado, orientado y contenido éticamente. La ética del poder, la ética de la democracia, la conducta y acción moral de los ciudadanos y de la dirigencia política son ámbitos de la política y de la gestión pública que ninguna constitución democrática puede regular en forma vinculante para todos y con garantía de obediencia. El Estado no puede forzar la solidaridad cívica, por ejemplo. Surgen entonces una serie de interrogantes: ¿Qué mantiene la cohesión del Estado? ¿Qué fuerzas de cohesión necesita un orden público democrático para sostener el conjunto? ¿De qué fuente brotan los compromisos normativos y la orientación ética? ¿De qué manera puede surgir la correspondiente conciencia entre los afectados? ¿Puede el estado de derecho democrático fundamentar y renovar los valores y las fuerzas de cohesión que necesita para subsistir por sus propios medios? Y en caso de que no pueda hacerlo, ¿con qué otras fuentes cuentan la democracia y el Estado? Resulta así un contexto de democracia, Estado y religión. El desafío consiste en conjugar de manera constructiva política y religión dentro del estado de derecho democrático y secularizado.

(3) Queda así definida la problemática que analizaré en mi contribución. No abundaré en las cuestiones teológicas y filosóficas que el tema sin duda plantea. Me interesan prioritariamente los aspectos políticos, es decir, las cuestiones culturales, constitucionales y democráticas. En mi análisis parto básicamente de la situación vigente hoy en Alemania. No podré hacerlo sin algunas salvedades. La complejidad del catálogo de problemas y preguntas esbozado es demasiado amplia. Por lo tanto, ruego sepan comprender que me concentraré en algunos conceptos clave, ideas y consideraciones.

II

(1) En primer lugar, permítanme definir algunos términos. Son tres los conceptos básicos: democracia, Estado y religión. Antes que nada quiero dejar en claro que no existe una antinomia entre democracia y Estado, como muchas veces se presupone. La democracia y el Estado son indivisibles. Forman una unidad.

(2) ¿Qué es la democracia? La definición más sucinta y más contundente es la que Abraham Lincoln plasmara en su discurso pronunciado en Gettysburg el 19 de noviembre de 1863 cuando habló del “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” (Lincoln, 2005, pág. 165). La democracia es un sistema político, una forma de gobierno. Es una forma de gobierno y una forma de vida al mismo tiempo. Ante todo, la democracia necesita demócratas; entiéndese por demócratas los miembros de una sociedad civil que ajustan su forma de vida personal y social a las normas y reglas de la democracia. La democracia no puede obligar a los ciudadanos a observar una conducta democrática. Depende de la aprobación voluntaria de la gran mayoría de ciudadanos de sus valores, reglas, principios e instituciones, por lo que de inmediato se enfrenta al primer problema. Nadie nace siendo demócrata. La democracia debe aprenderse. Particular importancia reviste la explicación de conocimientos acerca de la democracia, la ejercitación de sus reglas y formas de conducta, pero también la conciencia acerca de sus orientaciones valorativas. La formación política como educación democrática es una necesidad insustituible. Actualmente, en Alemania, está justificado preguntar si eso es adecuadamente comprendido en las familias, jardines de infantes, escuelas, universidades, iglesias, medios y partidos políticos.

La democracia también depende de ciertas condiciones. Sólo puede darse cuando existen raíces históricas que se nutren de la tradición cultural, los valores y el acervo histórico de un país. En el acervo histórico ocupa un lugar preponderante la cultura como forma de vida de las personas. Para muchos ciudadanos, la religión es un elemento sustancial de esa cultura. También son importantes las bases económicas, un orden económico justo, capaz de garantizar una estructura de poder económico relativamente equitativa. Otra condición para que la mayoría de los ciudadanos acepte la democracia como forma de Estado y de vida es la existencia de justicia social, posible gracias a la vigencia del principio de bien común y al funcionamiento del estado de derecho.

Una condición fundamental es la aceptación voluntaria del consenso democrático. Debe existir consenso en al menos cuatro niveles: a) un consenso de valores que expresa la aprobación de las bases espirituales y éticas; b) un consenso sobre el sistema, que indica la confianza en que el libre juego de las fuerzas políticas posibilitará con el tiempo un orden justo; c) un consenso sobre las reglas de juego que regirán la competencia entre diferentes ideas y fuerzas para llegar también a un acuerdo sobre las reglas que se aplicarán a la solución de conflictos; d) también debe ser aclarado cómo se toman las decisiones políticas. Mayoría, acuerdos o unidad son el medio adecuado para ello. Sólo a través suyo es posible alcanzar un consenso sobre la resolución de problemas (Eisel, 1986, págs. 19-20). De ello se desprende que la democracia liberal requiere de consenso. Un consenso mínimo implica que existe un piso de coincidencias sobre la vida social, económica y política de un pueblo. Forman parte del consenso mínimo el reconocimiento de la soberanía popular, la decisión por mayoría, el principio de la igualdad ante la ley, los derechos humanos, el estado de derecho. Un elemento sustancial del consenso mínimo es tener una noción clara de aquello que identifica al hombre, es decir, tener una imagen concreta del hombre. El consenso mínimo constituye el piso a partir del cual obviamente puede construirse un consenso mayor. Es importante recalcar que en una democracia liberal nunca será posible llegar a un consenso por la fuerza. El consenso tiene siempre carácter voluntario.

La vitalidad de la democracia depende sustancialmente de la capacidad de los mecanismos institucionales para generar los servicios necesarios para el bien común, es decir, su capacidad de satisfacer de manera razonable los muy diferentes intereses, expectativas y deseos de los ciudadanos. A la vez, los ciudadanos son también responsables por la existencia de un mínimo de criterios compartidos y de sentido de pertenencia. La democracia está concebida para la formación permanente de consenso. El peligro de la descomposición y de las antinomias debe ser acotado y mantenerse dentro de esos límites. Es indispensable que ciudadanos y mandatarios posean un mínimo de ética democrática. La moral política constituye uno de los pilares de la democracia y es, a la vez, el núcleo de la ética. Tampoco debe ignorarse que la democracia no viene con garantía de existencia duradera. Un Estado...

Para continuar leyendo

SOLICITA TU PRUEBA