La única prioridad cierta de Alberto Fernández

 
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En la radio, en la tele, en los diarios. En la calle, los bares y las casas. En todos lados se habla del gobierno que asumirá el 10 de diciembre. Se tejen a su alrededor las conjeturas más variadas. Pero lo único que sabemos es que el juego escapa a toda lógica. La enigmática figura del presidente electo habilita tanto la hipótesis A como la B. También la C y hasta el abedecedario entero. Es que Alberto Fernández es capaz de decir esto, aquello y todo lo contrario con una retórica dúctil al servicio de las circunstancias y la convicción de un hombre persuadido. Uno puede elegir cualquiera de sus versiones y a partir de ella imaginar un cierto tipo de gestión. Las posibilidades son infinitas. Es lícito concluir también que el verdadero Fernández se esconde detrás de todas esas máscaras. Hasta ahora, se mueve como un actor que se debe a su público. Y no parece casualidad que le haya dedicado sus mejores parlamentos al kirchnerismo, que lo observa desde la primera fila.Esta semana, la irrupción de los nombres que integrarían su gabinete agitó aún más la danza de las expectativas. El perfil de esos candidatos ofrece otra clave para anticipar qué tipo de políticas llevará adelante la próxima administración. Una fiesta para las tertulias de los medios, que deben llenar horas de aire. Todo muy entretenido, pero en medio de tantas especulaciones parecemos dispuestos a olvidar que el acuerdo cerrado entre los dos compañeros de fórmula que fueron elegidos en octubre tiene un objetivo principal, impuesto por la dueña de los votos y aceptado por quien ha sido puesto en escena y ha de vivir, al menos por ahora, del aplauso de su público. Ese pacto no es otro que consagrar la impunidad.No hay que romperse la cabeza con acertijos inútiles: nos guste o no, he ahí una prioridad del presidente electo cuando se ponga en funciones. En esto ha sido claro. Hay que revisar las "barbaridades jurídicas" de los jueces que llevan adelante las causas de corrupción contra la expresidenta y sus viejos compañeros de gabinete. Lo dijo con marcada indignación. La misma con la que antes había denunciado públicamente a Cristina Kirchner. De A a B, sin transiciones. De una máscara a la otra. En la operación rescate no faltarán la retórica dúctil ni la convicción bien impostada. Esta semana, el Papa le dio una inapreciable ayuda al futuro presidente con su discurso del lawfare, una llave para victimizar a los corruptos. En este país sin memoria, que...

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