¿Triunfó el nazismo?

Autor:Rabinovich-Berkman, Ricardo D.
 
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¿Triunfó el nazismo?

(o de cómo y hasta qué punto sobrevive hoy la cosmovisión bioética del nacionalsocialismo) Por Ricardo D. Rabinovich-Berkman

"Græcia capta ferum victorem cepit"

Horacio, Epístolas, II, 1, 156

1. Introducción. La adopción de cosmovisiones vencidas

No he de dedicarme a una cuestión normativa específica o institución en particular, sino a un tópico concerniente a los fundamentos de lo jurídico. Es decir, a los principios que subyacen a las respuestas que dan los concretos sistemas vigentes. Los ordenamientos jurídicos responden a una gran cantidad de factores sociales, de muy diversa índole. Algunos son más obvios, especialmente en temas como los que nos reúnen en esta oportunidad. Así, por ejemplo, los religiosos, los económicos, los políticos. Otros son más sutiles, tales como los inherentes a las apetencias estéticas o deportivas, o a las costumbres sexuales íntimas. Pero todos esos elementos, en diferentes medidas y proporciones, suelen estar presentes en los cimientos de los preceptos.

Hemos colocado a la cabeza de este breve trabajo un famoso verso de Horacio: "Grecia, vencida, ganó a su feroz vencedor". El caso helénico no es el único. Muchas veces, si bien un grupo humano, político, ideológico, étnico o lo que sea, es derrotado a la hora de confrontar fuerzas militares, sus ideas, su cosmovisión, sus criterios básicos triunfan, y acaban siendo incluso sostenidos por sus propios vencedores, y hasta por aquellos que se le opusieron acérrimamente, o por sus víctimas.

Este tipo de mecanismos de adopción son tan corrientes, que sobran los ejemplos de ellos. Stalin, arduo combatiente guerrillero contra el imperio moscovita, miembro del grupo al que se atribuye el alegre telegrama enviado en 1921 desde Georgia anunciando que "sobre Tiflis ondea la bandera roja de los Soviets"[1], una vez llegado al poder supremo, veinte años más tarde, al dirigirse a la ciudadanía a días de la invasión alemana, retoma el antiguo concepto ruso de "gran guerra patria" (vielíkaia otiétziestvienaia vainá), y por esa vía se vincula a sí mismo con los grandes líderes históricos de la nación: Alexander Niévsky, Dimitri Donsky, etcétera. Y en todo momento aparece la sombra del zar fundador, Iván el Terrible, cuya memoria se restaura con gran despliegue[2]. Los preámbulos constitucionales derivados de las revoluciones liberales de los siglos XVIII y XIX, emplearon orgullosos el mismo "Nos" ("We") de los reyes contra los que se sublevaban, expropiándolo y transfiriéndolo al nuevo "soberano", el pueblo, fuera lo que fuese lo que se quería significar con esa palabra.

* Primeras Jornadas Nacionales de Bioética y Derecho, 22 y 23 de agosto de 2000.

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La adopción de símbolos enemigos es muy común. En el diario íntimo del niño hebreo lituano Itjak Rudashevski, se observa cómo los "policías judíos" del ghetto de Vilna conferían gran valor a sus "chaquetas de cuero, botas y gorras verdes redondas", conferidas por los alemanes[3], como atributo externo de poder, calcado de sus propios uniformes. Incluso se nota este tipo de mecanismos en las palabras. Los hebreos, al parecer, tomaron su propia denominación del mote despectivo "habiru" (los que llegan ­verbo "habá"­, es decir, los recién llegados) que les habrían endilgado los habitantes de Canaán[4]. Pero el sentido de "advenedizo" es idéntico, aunque Learsi trate de despojarlo de sus connotaciones peyorativas, otorgándole un inverosímil tinte de admiración.

Sabemos que los grandes principios declamados por las diferentes partes intervinientes en la Segunda Guerra Mundial, no siempre eran realmente creídos y practicados por sus oradores y adalides. Hitler, que basaba toda su filosofía en la eliminación de los judíos, y cuyas huestes prohibieron a los "arios" tratarse con médicos hebreos, sabía que la vida de su madre había sido salvada por uno, el Dr. Edward Bloch, a quien siempre estuvo agradecido y cuyo exilio permitió a la hora del exterminio[5]. Con respecto al mismo Bloch, Hitler sólo tuvo sentimientos amistosos (le envió muchas tarjetas postales para expresarle su gratitud y, en 1938, se le permitió al viejo médico abandonar el Gran Reich, sin dificultad[6]. El testimonio del propio Bloch[7] fue cuestionado por Smith[8] y otros. Anna Maria Sigmund, basada en el "informe manuscrito del Dr. Bloch, Archivo Federal de Coblenza, NS 26/65", sostiene que el permiso de exilio de éste sólo se obtuvo por la intervención de Eva Braun, merced a la cual el galeno "escapó del internamiento en un campo de concentración y pudo emigrar dejando atrás su modesto patrimonio"[9].

En las veladas de la máxima jerarquía nazi se escuchaba la música del compositor filojudío Franz Lehar[10], prácticamente prohibida en Alemania[11], mientras las películas preferidas del Führer y su entorno eran las norteamericanas de vaqueros, vedadas al pueblo[12].

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Igualmente, en círculos académicos estadounidenses se observaba con no disimulada admiración el "progreso" de la medicina nazi, sobre todo en materia de esterilización compulsiva. En 1934, el "Jornal de la Asociación Médica Americana", por ejemplo, se limitó a comentar lacónicamente la "más gradual evolución de práctica y principios" en los Estados Unidos, con relación a Alemania[13]. En cambio, el galeno Joseph de Jarnette, de Virginia, se quejaba amargamente: "los alemanes nos están venciendo en nuestro propio juego"[14].

En 1936, la Universidad de Heidelberg, por entonces baluarte académico del nazismo, celebró sus 550 años, y para demostrar, en palabras de su rector, "la devoción de la nueva Alemania a la tarea de la civilización universal y su patrocinio de los altos logros intelectuales en todos los campos del aprendizaje", invitó a casas de estudio de todo el mundo. Ocho universidades norteamericanas asistieron. Una de las más expresivas fue la de Harvard, cuyos delegados retribuyeron el convite invitando a su vez a los germanos a los festejos del propio bicentenario, a realizarse ese mismo año en Boston. Heidelberg entregó grados académicos honorarios a varios estadounidenses. Entre ellos, a Harry Laughlin, un ferviente opositor a la inmigración de personas "racialmente inferiores", y al Dr. Foster Kennedy, campeón de la idea de matar a los niños muy retardados[15].

Los Estados Unidos consideraron terribles las atrocidades de los alemanes, pero no lo suficiente como para no emplear los servicios del creador del mecanismo que impulsara las temibles bombas V-2 con que Berlín asolaba a los civiles ingleses, matándolos e hiriéndolos. Pocos años más tarde, la gloria y el orgullo de la nación norteamericana se cifraban en una versión colosal de esos mismos proyectiles que, ideada por ese mismo científico, Wernher von Braun, era lanzada en el camino de la luna. Y así como los nazis se habían inspirado, entre otras teorías, en la criminalística biológica del judío Cesare Lombroso y el organicismo político del judío Georg Jellinek, los estadounidenses hallaron interesantísimo el proyecto "Volks Wagen" (un coche para el pueblo), y no dudaron tampoco en sacar provecho de las invenciones o desarrollos médicos y farmacológicos de empresas del Tercer Reich, como la firma Bayer, para la que el capitán de las SS Helmuth Vetter experimentaba con detenidos en los campos de Auschwitz y Mauthausen[16].

Entonces, nos preguntamos, ¿en el terreno de las ideas, quién ganó la Segunda Guerra Mundial, verdaderamente? Y aclaro que no me refiero al resurgimiento de grupos nazis o similares. Ese es un tema sin dudas preocupante, sobre el que, con sobrado motivo, se está escribiendo y trabajando mucho[17]. Pero lo que me parece infinitamente más grave no es esa presencia más o menos residual, extrasistemática, opositora, sino el hecho de que los criterios básicos de la ideología predicada por el régimen hitlerista se hayan infiltrado sutilmente en el pensamiento que

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hoy portan los abanderados mismos del establishment de aquellos países y culturas que se definen y consideran como antinazis, por definición[18].

2. La cosmovisión bioética del nazismo

Vamos a delinear, pues, muy brevemente y con asumido riesgo de caer en reduccionismos y simplificaciones, el contorno de la cosmovisión ideológica nacionalsocialista, especialmente en sus aspectos bioéticos. Desde ya, asumimos, haciendo nuestros los excelentes apuntes de Ayçoberry al respecto, la enorme dificultad terminológica que se presenta al estudioso de las creencias e instituciones del Tercer Reich, debido a la muy compleja elaboración (y por tanto interpretación) semántica de las categorías empleadas en la Alemania de los años 1933 a 1945, que conjugaban una "extraña amalgama de préstamos de la literatura romántica, textos religiosos, y de las ciencias humanas: los arcaísmos y vulgaridades de Novalis y Barnum y la totalidad del vocabulario del Kitsch"[19]. Sin embargo, hay que hacerlo, aunque recordando que un "ario" no es para Hitler lo mismo que para el antropólogo Gordon Childe (principal responsable de la difusión del término), ni la "eutanasia" significa lo que significó más tarde, etcétera. Emplearemos profusamente las comillas.

Prioritariamente, coincidiendo con los insuperables estudios de Lifton ya citados, considero que el nazismo constituyó, desde el punto de vista de sus criterios bioéticos, un alarde del biologismo social postdarwiniano. Las ideas de Hitler[20] y Rosenberg[21], entre otros, dan por sentado el concepto de "eugenesia", encarado desde una óptica socialista, comunitaria, incluso universal. Es decir, por un lado, el "mejoramiento" de la especie "humana", entendida como conjunto de razas, algunas de las cuales son "superiores" a otras, más perfectas, más alejadas del antepasado animal (como, por ejemplo, la "eslava" de la "negra"). De entre estas "razas superiores", la "aria" es la más elevada, y dentro de ella el tipo "germanonórdico", musculoso, alto de cabellos rubios, ojos celestes y nariz recta.

Por el otro lado...

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