Donde el tango vive

 
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Llegás con un dato. El frente de la casa no dice nada. Hay que tocar el timbre y esperar unos segundos. Subís las escaleras del antiguo PH y aparece una habitación de una casa en semipenumbras. Un trío de guitarras acústicas tocando un valsecito. Un par de parejas improvisando unos pasos en esa pieza con piso de madera. Todo transcurre en un silencio y una intimidad misteriosos. El tango debe haber nacido de esta manera.No es casualidad que en lugares intimistas y barriales como éste, la nueva escena del tango ?que renace día a día? encontró su espacio para desarrollarse con una estética que apela a la emoción y al encuentro cercano, cara a cara con el público. Desde El Faro de Villa Urquiza al Bar Los Laureles, en Barracas, el nuevo circuito avanza y se disemina hasta tocar el corredor sur en espacios off como El Porteñito, en Valentín Alsina, y El Destino, de Quilmes, bodegones cercanos al siglo de historia. En el centro del mapa, Almagro, uno de los puntos claves del circuito del tango, se retroalimenta con espacios ganados por cantores y bandas, que arman ciclos a la gorra, intervenciones y jams de tango.La nueva generación de tangueros, la hornada más novedosa, se curte y empieza a capitalizar un público noctámbulo y de otro palo que encontró en la circulación por viejos bodegones y bares propuestas con mayor frescura y autenticidad,"Acá la gente viene por el bar, pero después se encuentran con el tango y a los pibes les gusta", cuenta Mario Riesco, dueño de El Banderín, mientras prepara una picada de cantimpalo y queso. Su padre tenía otra despensa con boliche en el barrio, a la que iba a comprar la madre de Gardel. Pero El Banderín traspasó el tiempo, se fundó en 1923, según su libro de actas, y sigue en pie como una catedral de la bohemia barrial. "Yo soy tanguero a muerte, pibe. Participé en mesas con Sosa y Floreal Ruiz, así que imaginate." Las mozas del bar lo apuran con los pedidos. Mario, impasible, corta el fiambre en la máquina. Un habitué entra, saluda y acomoda la mesa, como si estuviera en su casa: "Yo les dije que no empezaran hasta que vengas vos", le dice cómplice el dueño del bar. Es el momento. La cantora Marina Ríos y el guitarrista Javier Domínguez salen a pelo, sin sonido, y la rockean con un puñado de tangos y valses, que son un viaje en el tiempo.Mario, el dueño, levanta apenas la mirada desde la barra que ocupa la mitad del boliche y canta bajito junto con la joven cantora. "Estas pibas andan bien", dice categórico, y sigue...

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