Sopapo democrático

 
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"Puede o no gustar, pero el procedimiento es constitucional." (De Julio María Sanguinetti sobre la destitución de Dilma Rousseff)

Como en el radioteatro de la tarde, pero sin radio y sin buenos actores que inviten a creer que el llanto es cierto; la amargura, genuina, y la indignación, justa. La destitución de Dilma Rousseff en Brasil provocó que muchos dirigentes locales se unieran en un coro de lamentos digno de lloronas de velatorio, actuando como si les interesara el muerto cuando, en verdad, les aterra la proximidad de la guadaña.

Ampulosos, melodramáticos y amnésicos se mostraron, entre otros, nuestra última ex presidenta y varios de sus discípulos más consagrados en el arte de la negación. "Es parte de una estrategia regional contra los gobiernos populares", dijo ella, la misma que en 2001, desde una banca legislativa, reclamaba la renuncia del entonces presidente Fernando de La Rúa. "Dilma, elegida hace menos de dos años por más de 54 millones de brasileños, es destituida por una clase política corrompida y revanchista", se despachó Carlos Tomada, seguramente tras haber hecho una fogata con libros sobre representación política. Otro pirómano intelectual fue José Ottavis, con una frase casi calcada: "En una democracia judicial, el voto de 61 senadores vale mucho más que el de 54 millones de brasileños". Y qué decir del pez que por la boca muere, Martín Sabbatella, que criticó "la compra de votos y la persecución judicial y mediática" como si alguien le quisiera...

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