Sociedad y Derecho

Autor:Manuel L.Candelero
RESUMEN

Fecha de envío: 15.04.2009 Fecha de recepción: 15.04.2009 El conocimiento avanza por rupturas, no por asentimientos. Capón Filas suele hablar de los “narradores de normas”. Pululan en los tribunales, en el foro, en la cátedra y en el periodismo. Son aquellos que repiten como loros lo que alguna vez alguien dijo, quizá fracturando en su oportunidad una verdad que parecía inamovible. Verdaderos testigos y actores de la crisis de la palabra, como diría Bachtin, son custodios del significado único, autocancelando su propia responsabilidad como seres pensantes y hablantes y olvidándose de que el lenguaje, la comunidad heteroparlante, existe antes que yo.El hombre es su lenguaje. Si solo vamos a repetir lo que otros dijeron no somos hombres sino loros o –perdón- cuervos, urracas, mirlos. Al contario: 1), Debemos desmitificar la idea acerca de que la construcción del Derecho es tarea de los juristas. Desde nuestro paradigma, el Derecho es una construcción transdisciplinaria, producto del quehacer multidisciplinario. 2)Debemos abandonar la visión eurocéntrica o, al menos intersectarla con nuestra... (ver resumen completo)

 
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Expresarse acerca de un tema presentado tan genéricamente como SOCIEDAD Y DERECHO, supone aceptar que el hablante hará un significativo recorte. Desde el paradigma de la simplificación apelaríamos a los pasos tradicionales de disyunción, reducción y abstracción. Nos situaríamos en el modelo cartesiano de res cogitans y res extensa para ubicarnos como sujetos pensantes dedicados a reflexionar sobre un objeto ajeno, distante y observable en toda su objetividad.

Seguramente eso hicieron quienes acuñaron y siguieron la lógica empírica del brocárdico Ubi societas ibi Ius. Desde Platón y Aristóteles hasta Tomás de Aquino y Hugo Grocio.

Planteado el axioma como un juicio de experiencia, poco nos ayuda su recuerdo para un abordaje novedoso. No nos interesa la novedad por la novedad misma, ni por cosechar elogios en cuanto al ingenio con que está presentada la cuestión. Hay algo más profundo en todo ello. La ciencia avanza siempre porque alguien se lleva por delante lo que otros construyeron. El conocimiento avanza por rupturas, no por asentimientos. Capón Filas suele hablar de los “narradores de normas”. Pululan en los tribunales, en el foro, en la cátedra y en el periodismo. Son aquellos que repiten como loros lo que alguna vez alguien dijo, quizá fracturando en su oportunidad una verdad que parecía inamovible.

Verdaderos testigos y actores de la crisis de la palabra, como diría Bachtin, son custodios del significado único, autocancelando su propia responsabilidad como seres pensantes y hablantes y olvidándose de que el lenguaje, la comunidad heteroparlante, existe antes que yo.

El hombre ES su lenguaje. Si solo vamos a repetir lo que otros dijeron no somos hombres sino loros o –perdón- cuervos, urracas, mirlos.

A su vez, cada texto es responsivo: responde a otros textos precedentes. Un conjunto de textos conforma una tradición cultural y es lo que permite que los pueblos vayan conformando lo que se suele llamar su identidad nacional. Un examen de las relaciones entre Sociedad y Derecho no puede descuidar el hecho fundamental de que nuestro puesto de observación está en la Argentina o, con más propiedad, en Latinoamérica. Nuestra expresión es también nuestra esencia, que no debe atemorizarse por las hegemonías hoy reinantes. Como enseña Gramsci, ninguna hegemonía es absoluta. Siempre hay resquicios para aprovechar y provocar la ruptura. El pensamiento crítico no puede detenerse en el desaliento. Los valores no se imponen, se construyen en una tarea de día a día, palabra tras palabra. Como marca el primer Wittgenstein ninguna proposición es verdadera a priori.

Nos ha enseñado Popper que no hay verdad científica si no está sujeta a falsación. Y esta enseñanza, verdadero mandamiento epistemológico, tiene dos consecuencias: la primera es que la verdad es siempre provisoria. Como diría Maradona, nadie tiene la vaca atada. La primera virtud del científico debe ser su humildad. La segunda consecuencia es que los dogmas y la ciencia son incompatibles. Y no nos estamos refiriendo a los dogmas religiosos que, por esencia, discurren un camino tan digno como el científico pero ajeno a éste de toda ajenidad. Nos referimos al dogmatismo científico: creerse poseedor de una verdad que nada ni nadie podrá destruir. Nos referimos también a la Dogmática Jurídica, esa especie de religión secreta que obliga a quienes se autoproclaman juristas a abrevar de aguas sagradas disponibles solo para ellos. Como dijera Capón Filas alguna vez “Los autores tradicionales se han encerrado en la ley como en un templo que adornan con tecnicismos, despreocupándose de su finalidad. Semejan los sacerdotes antiguos que, entre el hombre y el sábado, sacrifican el primero al segundo... Habiéndose encerrado en la ley y extraviado la llave, nadie puede entrar, pero tampoco ellos salir de la trampa. Quizá en esta perversión de la noble profesión de abogado esté la explicación acerca de cuan lejos del mundo de la vida está el mundo de la Abogacía.

Intentamos abrirnos a las Ciencias Sociales –y consideramos al Derecho una Ciencia Social ¡vaya herejía!- desde el paradigma de la Complejidad. “Complejidad” no es lo mismo que “complicado”, Tampoco es dificultad de comprensión y explicación. Como dice Edgar Morin, la complejidad no es la simplificación puesta del revés; la complejidad no es la complicación. Lo complicado se refiere a lo cuantitativo. La complejidad es esencialmente cualitativa: “La complejidad es una palabra problema, no una palabra solución”.

Hemos vivido y seguimos viviendo bajo principios que Morin llama de la “Inteligencia ciega”, o “Paradigma de la Simplificación”. Que se expresa a través de los principios de: 1) Disyunción; 2) Reducción, y 3) Abstracción. Para comprender esto debemos remontarnos a Descartes y su conocido “Pienso, luego existo”. Esa bifurcación entre el sujeto cognoscente y la cosa conocida es la madre de todas las disyunciones. Hoy, con nuestras nociones y reflexiones acerca del papel del observador y la observación de la observación, cibernética de segundo orden, creemos que la comprensión de la “res extensa” no puede separarse del “ego cogitans”. O, para decirlo de otra manera, que la realidad no es independiente del observador.

Imaginemos, por ejemplo dos observadores del ocaso. Uno de ellos acaba de concluir un día de vacaciones, y recostado contra la baranda de su bungalow percibe la policromía del sol recostándose en el poniente. Exclama conmovido: “qué magnífico espectáculo”. El segundo observador acaba de dejar atrás las salinas de Mascasín camino de San Juan, adonde quiere llegar antes que se haga de noche. Tiene ya ocho horas de viaje en automóvil y recibe el sol directamente sobre sus ojos ya fatigados. Dejo a los lectores imaginen qué comentario podrá hacer sobre ese sol que lo ciega.

¿La realidad es una y las percepciones son dos, o hay efectivamente dos realidades? ¿Cuál es el límite de lo objetivo? ¿el tiempo y el espacio?

La complejidad no quiere complicar lo que es simple o lo que se pueda simplificar. La complejidad no reduce la visión de lo real ni a lo meramente analítico ni a lo holístico. Es la relación entre los momentos del análisis y de la síntesis lo que importa. Es la relación, el tejido de relaciones lo que nos permite concebir el fenómeno. De ahí la necesidad, nos dirá Edgar Morin, de hacer de la concepción (conceptualización) un arte. Un arte complejo o arte de concebir las interacciones; las interferencias; los entre-cabalgamientos sistémicos.

Sin embargo, la ciencia oficial se empeñó en remediar la disyunción a través de una simplificación: reducir lo complejo a lo simple. El pensamiento simplificante es incapaz de entender que es necesario conjugar lo simple con lo complejo, lo uno con lo múltiple (unitas multiplex). La complejidad se presenta, en el pensamiento de Morin, con los rasgos de lo enredado, lo inextricable, el desorden, la ambigüedad, la incertidumbre. Es necesario para el conocimiento poner orden en los fenómenos, rechazar el desorden, descartar lo incierto, clarificar, distinguir, jerarquizar. Pero tales operaciones corren el riesgo de producir ceguera si eliminan los otros caracteres de lo complejo.

La dificultad del pensamiento complejo es que debe afrontar lo entramado, la solidaridad de los fenómenos entre si, la bruma, la incertidumbre, la contradicción. Para ello, la propuesta es sustituir los procesos de disyunción-reducción-abstracción, por un paradigma distinción-conjunción.

Tal como la entendemos aquí, el hecho fenomenológico de la complejidad afecta sobre todo a nuestros esquemas lógicos y a una redefinición del papel de la epistemología. Necesitamos una teoría del conocimiento de segundo orden, esto es, necesitamos un conocimiento del conocimiento, tal y como hemos anunciado antes. Desde el momento en que sabemos que no reflejamos la realidad tal y como es en sí hay que hacer una teoría de la descripción en la que quede incluido el descriptor. Una epistemología de los sistemas reflexivos.

Necesitamos tener siempre conciencia de que el método no es separable del objeto. El método debe siempre co-evolucionar con lo real empírico. En este sentido frente a la paralización de lo real por la idea, el método entendido desde la complejidad aprende. Es decir es programa, estrategia y aprendizaje. Pero nunca programa ne varietur. Toda estrategia es revisable, debe ser revisable, si pretende tener relación con la realidad. Por todo ello, aquel que piensa de forma compleja nunca es tajante ni dictatorial. Porque sabe que nuestra relación con el mundo jamás puede eliminar un margen de incertidumbre. Heisenberg habló de ello en clave física; Morin lo ha hecho en clave política.

La complejidad se sitúa, como hemos afirmado, en el nivel paradigmático y en el de los usos de la lógica determinados por el paradigma. Dicho esto cabe tener en cuenta que situarnos en el nivel paradigmático equivale a decir que el discurso sobre la complejidad es un discurso general. Afecta a los diferentes niveles de la realidad. A los modos como hacemos significativa la realidad. A los modos como organizamos las ideas.

Lo que necesitamos es un método que parta de lo recursivo, lo dialógico, lo hologramático, como principios guía (Morin). Estos tres principios originales de su pensamiento, han sido ampliados a siete por el propio Morin (“La Cabeza bien Puesta”) como guía para un pensamiento vinculante. Son ellos:

1) El principio sistémico u organizativo.- Su referencia es un párrafo de Blas Pascal: “Como todo es causado y causante, ayudado y ayudante, mediato e inmediato y como todo se mantiene por un vínculo natural e insensible que relaciona a los mas alejados y a los mas diferentes, considero imposible conocer las partes sin conocer el todo y conocer el todo sin conocer particularmente las partes”.

La idea sistémica es que el todo es MAS que la suma de sus partes (la organización del todo produce cualidades o propiedades nuevas en relación con las partes...

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