Contra los signos de la época

 
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Entre los varios (tantos) defectos que tengo, está el siguiente: cuando un cierto "medio" (puede ser literario, puede ser musical o de las artes visuales, da lo mismo) habla insistentemente de una obra o de un artista, pierdo automáticamente el interés en él o despunto un prejuicio negativo que se manifiesta como resistencia a conocer aquello que todos encuentran tan bueno. (Un amigo me dijo una vez: cultivo el prejuicio porque ahorra tiempo).Como atenuante, agrego que sigo con el mayor entusiasmo y atención las sugerencias de los amigos. Esto se explica de la siguiente manera: algunos amigos pueden integrar el "medio", pero no lo son enteramente.Es posible que el origen de este defecto sea más general y responda a un descontento con el tiempo en que a uno le toca vivir, pero, en cualquier caso, no puedo ocultarme que soy alérgico a las contraseñas culturales de mi época. Estoy convencido de que lo que parece el presente, en el arte y en la política, no es nunca el verdadero presente.Luis Chitarroni en un libro suyo lo dijo bien clarito: "Ahí viene otro con su Glenn Gould bajo el brazo". Se refería al pianista Gould, una contraseña de hace unos años. Lo irritante de esta contraseña consistía en que individuos que jamás habían escuchado música clásica (ni posiblemente volvieran a hacerlo después) se fascinaban con un pianista clásico (Gould) en una completa ignorancia de por qué Gould era Gould, y en una completa (y pasajera) fascinación por las excentricidades del artista.Bueno. Por ahí podemos empezar, por el malentendido. Hay una atracción por un objeto del que todos hablan y solamente porque todos hablan de ese objeto. Por respeto y por pudor, prefiero no dar los nombres de estos años. En cambio, me acuerdo bastante bien de hace poco, cuando "no se podía no haber leído" a Emmanuel Carrère o a Karl Ove Knausgård. Seguramente hay algo digno de atención (y no me expido sobre los dos nombres propios anteriores), pero eso digno de...

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