Las siete plagas de la herencia kirchnerista

 
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El principal objetivo del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner en 2015 pasa por blindar su retirada y por pilotear la economía de tal manera que afecte lo menos posible las perspectivas electorales de su partido, pero trasladándole todos los desequilibrios a quien la suceda. El presidente que asuma el 10 de diciembre próximo, lejos de encontrar un jardín de rosas, se hallará ante un campo minado con bombas de tiempo de las más variadas formas. Al menos de eso están ya persuadidos dos de los principales candidatos de la oposición, como Mauricio Macri y Sergio Massa.

Con menos de un año de mandato por delante, la actual Presidenta carece de incentivos para hacer grandes rectificaciones económicas. Los costos políticos y sociales de cualquier ajuste serían inmediatos, en tanto que los supuestos beneficios serían disfrutados por el próximo gobierno nacional.

La política domina la economía, y el proyecto de poder del kirchnerismo se ubica por encima de cualquier proyecto de país para el mediano o largo plazo. En ese contexto, nadie piensa que Cristina Kirchner vaya a limpiarle el terreno a un futuro presidente que difícilmente será de su propio palo, ni siquiera al potencial postulante presidencial del Frente para la Victoria, Daniel Scioli.

Se puede conjeturar que la transición entre la actual jefa del Estado y su sucesor se asemejará bastante a la que se produjo allá por 1999 entre Carlos Menem y Fernando de la Rúa. La recesión, con su secuela de desempleo, y el atraso cambiario son dos características comunes a esas transiciones. Claro que en el legado del kirchnerismo hay al menos otras cinco plagas, esparcidas como bombas de tiempo. Cuatro de ellas están a la vista de todos: el creciente desequilibrio de las cuentas fiscales; el peso de la estructura de subsidios, especialmente en los servicios públicos; la inflación y el problema de la deuda con los holdouts. La quinta está más oculta y la constituye el desborde del empleo público de los últimos años, que hará que el futuro gobierno herede un ejército de militantes K en todas las estructuras del Estado.

Cuando Néstor Kirchner llegó a la Casa Rosada, en 2003, había 266.165 empleados permanentes y transitorios en la administración central, los organismos descentralizados y las instituciones de seguridad social. Al promediar 2014, ese número de agentes públicos era de 377.225, según datos del Indec. Es decir, que en once años de gobierno kirchnerista, la cantidad de empleados del...

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