Hasta siempre, Marianne

 
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Vivían bajo el sol, descalsos, rodeados de la magnificencia de la isla de Hydra, de una belleza indómita con sus casitas de pescadores y sus mansiones decadentes del siglo XVIII, sus bohemios y sus hermosas delirantes, sus burros como medio de transporte, una vida sencilla, monástica, un amor hecho de pequeñas cosas, la playa y el mar, un libro de poemas, dos miradas que se cruzan, la chispa del deseo. Se habían conocido en una tienda, ella lloriqueaba de pena o despecho, quién sabe; él la invitó a unirse con su grupo de amigos. Ella accedió, quizá demasiado sola (había sido abandonada junto con su hijo por su esposa, el escritor Axel Jensen) o apenas movida por la curiosidad de embarcarse en una aventura. Era una mujer hermosa, una hermosura a la que era difícil sustraerse, demasiado curiosa para contentarse con las rutinas de la vida. Él era Leonard Cohen. Estuvieron juntos siete años, siete años de felicidad arrobadora y de perturbadora desdicha, el claroscuro del amor. Se separaron, pero -quedó tan claro ahora, en la despedida- han estado juntos toda sus vidas. La de ella -la de Marianne Ihlen- acaba de apagarse.

Hace muchos años, cuando la relación se resquebrajaba, él le dedicó una canción: So long, Marianne. Algo así como hasta siempre, Marianne. Alguien contó más tarde que al momento de componerla el poeta había escrito come on, Marianne, un modo de incitarla a que juntos recobrasen ese amor malherido. Pero cuando llegó al estudio de grabación en Nueva York, desencantado ya, Cohen introdujo esa ligera modificación para verla partir.

Leonard Cohen tiene 81 años. Es uno de los más grandes poetas canadienses vivos y el creador de una obra musical monumental. Le ha cantado (le canta todavía: la voz grave y desnuda, los ojos tan llenos de melancolía, el traje gris y el sombrero Borsalino que siguen confiriéndole un aire ligeramente anticuado) al amor y el deseo, las miserias humanas y la redención; en algunos de sus álbumes dio también muestras de su preocupación por cuestiones sociales y políticas.

Sus canciones tristonas, ligeramente amargas, lo convirtieron en un poeta de los desahuciados de ese mundo. Cohen susurra apenas, dice sin énfasis, horada el alma de quien lo escucha. Hay algo místico en esa voz, un mantra hipnótico que transporta al oyente a cierto paisaje interior. No es raro: durante cinco años, se retiró a un monasterio zen en las montañas de San Gabriel. Meditaba, tomaba té y, de vez...

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