Serena, una leyenda sin complejos

 
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PARÍS.- Tómela o déjela. Serena Williams es una leyenda del tenis. Es la misma que antes de ingresar a jugar la final en el Philippe Chatrier ante la checa Lucie Safarova (28 años) pareció que se caería subiendo la escalera por los -supuestos- mareos que le provocaban un estado gripal; también es la que poco después estaba plantada sobre la cancha lanzando bombazos (llegó a sacar a 202km/h) y corriendo de un extremo al otro. Camaleónica, poderosa, irascible, talentosa, glamorosa, polémica. La estadounidense, que en las semifinales frente a la suiza Timea Bacsinszky ya había mostrado movimientos descoordinados, luego justificados por un hipotético virus, es tan superior a sus rivales que puede darse el lujo de viajar mentalmente en los partidos y luego regresar con la misma o mayor autoridad. Como lo hizo para vencer a Safarova por 6-3, 6-7 (2) y 6-2, en 2h01m.

Tras los escasos 31 minutos del primer set, Serena se adelantó 4-1 en el segundo. Los organizadores, incluso, ya estaban preparados en los ingresos al court central para armar el escenario de la premiación. Pero la menor de la Williams es directamente influyente en los partidos, con lo bueno y lo malo del caso. El desarrollo depende de ella. Si está inspirada, gana con sencillez; si se desconcentra, le ofrece oportunidades a las rivales. Ello le sucedió a la zurda Safarova, que al margen de los peligrosos ángulos que logró con su drive, se encontró con que la N° 1 de la WTA pasó de cometer 10 errores no forzados en el primer set a 25 en el segundo. Pero fue sólo un momento de distracción. En el set final, Willams volvió a avasallar a Safarova (en París llegó como 13a y saltará hasta el 7° lugar desde mañana) y 32 minutos le alcanzaron para ganar Roland Garros por tercera vez en su carrera, tras 2002 y 2013. También para sumar el Grand Slam número 20 y quedar a dos de la alemana Steffi Graf (Era Abierta) y a cuatro de la australiana Margaret Court (antes del profesionalismo).

Después de pegar un último latigazo cruzado de drive que Safarova no logró pasar del otro lado de la red, Williams levantó los brazos, dejó caer la raqueta, se agarró la cabeza, incrédula. El viernes no se había entrenado -de hecho, no apareció por Roland Garros- y dijo haberla pasado mal. Pocos le creyeron al verla ayer, fortalecida, con todos los sentidos encendidos y sin ninguna debilidad. Hasta ganó un largo peloteo en el que llegó a devolver la pelota tomando la raqueta con la mano izquierda, ya que había...

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