'Lo sagrado siempre ha sido una manera de callar a la gente'

 
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Diez años: conversaciones Hay Festival Cartagena de Indias 2006-2015 se publica en enero en Colombia, México y España, coeditado por el propio festival, Publicaciones AECID y Penguin Random House. Reúne diálogos con Junot Díaz, Alessandro Baricco, Carlos Fuentes, Javier Cercas y David Grossman, entre otros autores, editados por Margarita Valencia y con fotografías de Daniel Mordzinski. Tras el diálogo con Ian McEwan dado a conocer la semana pasada, en esta segunda entrega exclusiva Adncultura presenta la entrevista con Salman Rushdie. En la próxima edición, será el turno de la ganadora del Premio Nobel Herta Müller. Más información:

-A menudo te comparan con Gabriel García Márquez. ¿Qué piensas al respecto?

-Es muy halagador ser comparado con una gran figura de la literatura universal, así que agradezco la comparación. Recuerdo que cuando se publicó Grimus, mi poco afortunada primera novela, un amigo me dijo: "Está claro que García Márquez te ha influenciado mucho". Pero yo no sabía quién era García Márquez. Al principio mi amigo no me creyó, pero al ver que era cierto me dijo: "Tienes que ir hoy mismo a una librería y comprar Cien años de soledad". Y yo le pregunté: "¿Cómo? ¿Cien años? ¿De soledad? ¿Ése es un buen libro?". "¡Cállate y ve!", me contestó. Cien años de soledad se publicó en la colección de clásicos de Penguin; en la cubierta aparecía la imagen de un mural de Diego Rivera en la que un grupo de campesinos marcha con gran emoción hacia el futuro: "¡Esto se ve terrible!", pensé. Luego abrí el libro, encontré esa emotiva primera frase y después, como todo el mundo, me perdí en él. Me gustó mucho esa novela. Tiempo después William Kennedy dijo en su crítica de Cien años de soledad para The New York Times que era el primer libro después de la Biblia que debía ser lectura obligatoria para todo el mundo.

Es la mejor crítica que puedes recibir. Estoy más o menos de acuerdo con ello. La magia de ese libro es la inversión de la realidad. Convencionalmente se cree que la realidad de la ciudad con su tecnología racional representa la verdad y que la mística superstición del campo representa lo que no es verdadero. Pero allí ocurre lo opuesto. En Macondo los milagros son cosa de todos los días.

Para la gente es normal, es casi un lugar común que Remedios la Bella se eleve hacia el cielo, pero cuando las vías del tren llegan al pueblo, la gente siente terror. Una de mis líneas favoritas de este libro describe el momento en el que una mujer irrumpe en el pueblo gritando como loca: "¡Ahí viene una cosa espantosa como una cocina arrastrando un pueblo!". La magia de este libro es la inversión entre la manera de pensar de un pueblo y la de una ciudad. Si yo tuviera que describirme a mí mismo diría que soy un escritor de la gran ciudad. He vivido toda mi vida en grandes ciudades como Bombay, Londres y Nueva York. Creo que soy un hombre de ciudad y escribo desde allí, lo cual le da a mi escritura un sabor diferente.

-¿Cuál era tu propósito en Hijos de la medianoche, tu primera gran novela?

-Sólo esperaba que la publicaran porque mi libro anterior no había sido precisamente un gran éxito; tuvo muy mala crítica y sólo vendió novecientas copias. Algunas de las críticas sugerían que me dedicara a otra profesión. Es la peor manera de comenzar una carrera y me tomó tiempo recuperarme. Duré cuatro o cinco años escribiendo Hijos de la medianoche. Cuando terminé, me quedé mirando el manuscrito que tenía en las manos: era largo y bastante extraño. Hasta entonces los libros que se publicaban sobre la India abordaban la experiencia de los occidentales. Había libros que narraban el viaje de las muchachas inglesas a la India y cómo se enamoraban de un maharajá. Había muchos maharajás esperando a que llegaran las muchachas inglesas. Casi todas estas historias sucedían durante el Imperio británico y el punto de vista era casi siempre el de Occidente. Yo escribí la novela desde el punto de vista de alguien de mi generación que crece en la India y habla un inglés indianizado. En un punto me pregunté si alguien querría publicar esta novela. Así que me di por bien servido cuando Jonathan Cape y Alfred A. Knopf, que eran las mejores editoriales de entonces, la publicaron. El libro tuvo buenas críticas y vendió mil o dos mil copias. Me gustaba mucho la idea de viajar y de llamarme a mí mismo "escritor". Recuerdo que cuando Hijos de la medianoche se publicó, pensé: "Si a la gente no le gusta esta novela, es que no sé lo que es escribir un buen libro. Dejaré de molestar a la gente y haré otra cosa". Pero el libro tuvo una gran aceptación.

-¿Qué expectativas tenías cuando escribiste esa novela?

-Creo que mi generación fue inusual porque creció inmediatamente después de la salida de los británicos de la India. Mis padres solían contar que yo había nacido ocho semanas después de que se fueran los ingleses, como si hubiera algún tipo de causalidad. A la edad de cincuenta y seis días me había librado del Imperio británico. No fue divertido escuchar esta historia la primera vez y hacía muecas cuando veía que mis padres iban a contarla de nuevo, pero al final tuve que agradecerles porque me dieron la idea de un niño nacido al tiempo que el Imperio británico finalizaba. Mi idea original era escribir una novelita acerca de mi generación y de lo que fue para nosotros crecer en Bombay. De repente la conexión entre el nacimiento del niño y el del país lo cambió todo porque significó que debía escribir sobre una pareja de gemelos. Debía hablar del muchacho y del país. En ese punto la historia comenzó a fluir como un río. Me di cuenta de que el libro iba a ser mucho más interesante y más largo, lo cual me daba miedo. No sabía si sería capaz de hacerlo. En parte me tomó tanto tiempo porque mientras lo escribía estaba aprendiendo a hacerlo; y comencé mal, no sabía...

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