Romper las convenciones

 
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Poner el cuerpo. No exhibirlo ni mostrarlo; ponerlo en juego. Con toda la garra, el goce, la furia o el riesgo que se juzguen necesarios. Allí radica la potencia de la performance, un gesto artístico por momentos tan inasible como contundente.

Mucho de esto se espera que haya en Buenos Aires durante más de un mes, entre el 27 de abril y el 7 de junio, cuando se realice la primera edición de la Bienal de Performance (ver aparte). Participarán artistas que eventualmente han incluido elementos performáticos en su obra, pero también aquellos que, como la serbia Marina Abramovic, hicieron de este tipo de acción artística su exclusivo vehículo de expresión.

En la unión entre arte y vida, una de las más poderosas ideas que impulsaron las vanguardias del siglo XX (y uno, también, de los más eficaces motores de su impacto político), podría encontrarse el germen de la performance. Si bien las provocaciones surrealistas y dadaístas tuvieron mucho que ver con esto, lo performático eclosiona en los años 60. El cuerpo, la improvisación, lo imprevisible del azar, las acciones en la calle, fuera de los museos o en abierta confrontación con algún poder establecido, irrumpen en el entramado del arte. Acciones efímeras, de las que sólo quedaría algún registro fotográfico, alguna resonancia mediática, pero por sobre todo la impronta única, decisiva e intransferible, del haber estado allí.

De eso se trataban los festivos happenings de Marta Minujín, donde con luces de neón, televisores o túneles artificiales se celebraba la ruptura con las ataduras cotidianas. O las acciones extremas del alemán Joseph Beuys, como su célebre convivencia con un coyote dentro de una galería neoyorquina. "El arte de performance tiene sus códigos y convenciones -escribió la especialista Diana Taylor-: la convención es romper con las convenciones."

Entre los exponentes más notables de este tipo de acciones actualmente se encuentra Abramovic. Como pocas, la artista hizo de su cuerpo materia prima, campo de investigación y caja de resonancias espirituales, emotivas y físicas. Un ejercicio continuo de eso que tan bien conocen actores y bailarines: la trabajosa disciplina de afinar la propia humanidad como se afinaría un violín o cualquier otro instrumento. Y la decisión de exponerla, también, a las mayores tensiones. Al mayor dolor.

En una de sus primeras performances, a principios de los años 70, Abramovic tensó al máximo la cuerda de lo posible entre un performer y su público...

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