Retrato de un artista sin tiempo

 
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Cuando poco antes de morir, en 1924, Franz Kafka le pidió a su amigo Max Brod que diera al fuego sus manuscritos inéditos, estaba sugiriendo, acaso a su pesar, que hiciera todo lo contrario. Como es sabido, Brod desoyó el consejo y Kafka, que había publicado en vida relatos como La metamorfosis, pero ninguna de sus novelas, se convirtió tiempo después en una contraseña literaria ineludible. Algunas décadas antes, en 1886, algunos amigos de Arthur Rimbaud decidieron imprimir los poemas en prosa de Iluminaciones, y se encontraron frente a una encrucijada de otro orden. Desconocían si aquel adolescente -que había convulsionado meteóricamente la bohemia artística parisina y pronto se había desentendido de sus páginas para entregarse a los viajes- seguía vivo o había muerto. Rimbaud se encontraba en verdad en África, le quedaban unos pocos años de existencia, pero ni sus amigos volvieron a escuchar de él ni él supo que, gracias a esa publicación, empezaba a convertirse en una leyenda.

John Kennedy Toole (1938-1969), el autor de La conjura de los necios, no tiene el peso del checo ni el del francés, pero es uno de los ejemplos más misteriosos de esa especie literaria: el de los escritores cuya obra quedó en manos de otros. Una mariposa en la máquina de escribir, una flamante biografía del estadounidense escrita por Cory MacLauchlin, vuelve a poner en liza una pregunta recurrente: su novela, pieza de culto de las últimas décadas y de más de una generación, ¿es de verdad una obra capital o su popularidad se debe a los avatares biográficos de su creador y a las laberínticas condiciones de su publicación?

En todo caso, la desgraciada historia de Toole acompañó simbióticamente al libro desde el comienzo, cuando más de una década después de su suicidio la madre logró (en 1981, gracias a los buenos oficios del escritor Walker Percy y a una editorial universitaria de Louisiana) que por fin llegaran a las librerías las aventuras satíricas de Ignatius J. Reilly, ese desmesurado habitante de Nueva Orleáns (ciudad natal de Toole) que cree que Estados Unidos carece de geometría y le hace falta más teología, entra en amores con su perfecto negativo -la neoyorquina beatnik Myrna Minkoff- y planea cruzadas de tinte medieval mientras deambula por las calles de Crescent City con su carrito de hot dogs.

Quizá lo más decisivo de la biografía firmada por MacLauchlin sea que, al profundizar los datos ya conocidos sobre Toole y desestimar aquellos que propalaron...

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