El punto donde todo se ha desmadrado

Al final, con la desaparición de los estudiantes mexicanos, acá no hubo tanta repercusión -dice un amigo-. Y eso que están más cerca." Entiendo a qué se refiere: México, el común padecer latinoamericano; el grito -esa llaga irresuelta- de aparición con vida; la catástrofe -esa llaga en formación- del narco. Cierto: los 43 desaparecidos mexicanos, su dolorosa juventud, la brutalidad del encuentro entre sicarios y política, la sorda amenaza de esa tragedia, tienen mucho para interpelarnos. Y, sin embargo, su impacto en la Argentina fue bastante menor al del atentado que hace una semana .

Por mi parte, no puedo evitar que por estos días el mundo me pese un poco más. El mundo, que sigue siendo ancho y ajeno, aun cuando las redes parezcan comprimirlo al tamaño de una nuez. Porque hace una semana, en una redacción similar a la que me recibe cada día, durante una reunión de trabajo parecida a las de cualquier publicación en cualquier rincón del planeta, dos hombres irrumpieron y mataron a prácticamente todo un plantel de periodistas. Luego siguió lo que todos conocemos. Y mientras las muertes se acumulaban, la ciudadanía ganaba la calle y los analistas hablaban, cómo explicar lo inexplicable. El punto duro y desnudo de lo que ocurrió: un grupo de personas desarmadas fueron ametralladas sin piedad en su lugar de trabajo.

Escucho a mi amigo y acuerdo con lo que dice. Pero es domingo y también escucho la invitación de una amiga: "¿Vamos al acto en la embajada de Francia?". Y allá marcho. Sin cartel de Je suis Charlie. Sin cantar La Marsellesa. Simplemente, a estar. Porque algo en el terrible atentado a tocó la fibra del mundo que quiero para mí y para los míos. Porque me aterra la caja de Pandora que ese ataque pudiera estar abriendo: la del odio desatado, impredecible, global.

Así que mientras nos acercamos, bajo un sol que derrite el cemento, a las inmediaciones del Palacio Ortiz Basualdo, pienso en uno de los mejores hallazgos del tiempo en que estudiaba francés: la literatura de Daniel Pennac, un autor que por estos días lloró la pérdida de varios amigos en el atentado. El creador de ese derroche de ternura, humor y amor a la enseñanza que son Como una novela y Mal de escuela. Y, por supuesto, el hacedor de la saga de la familia Malaussène, novelas que, publicadas en los años 90, contaban las andanzas de Benjamin Malaussène, sus...

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