La próxima vez, a la emperatriz no le temblará el pulso

, dijo alguna vez la emperatriz. Al día siguiente de pulir una tregua con el , voló a París con el ánimo retemplado y visitó el Palacio Nacional de los Inválidos; fue agasajada por la Guardia Republicana y bajó hasta la tumba del gran corso. Se declaró una vez más "bonapartista", pese a que la notable articulista Susana Viau ya le que había señalado que confundía "la tragedia con la farsa, al tío con el sobrino, a Napoleón I con Napoléon III, el coup d'état del 7 de noviembre de 1799 con el golpe de mano del 2 de diciembre de 1851, al hombre que había consolidado la revolución burguesa en Francia, barriendo a sus alrededores los restos del feudalismo, con el aventurero que la condenaba a oler a la 'dominación del sable y la sotana'". , en medio de toda esa ensalada, evocó siempre la teoría de su admirado Jorge Abelardo Ramos, que había caracterizado como bonapartista al régimen de Perón. Aquel texto liminar, luego corregido, aludía en efecto a un forma autoritaria y plebiscitaria de gobierno. Ramos consideraba allí que en "países semicoloniales" como el nuestro debía ejercerse una "dictadura democrática" que apelase a medidas de represión, entre las que ubicaba expropiaciones, "la adquisición voluntaria o forzosa de los grandes diarios y radios reaccionarios" y el control de las "actividades contrarrevolucionarias". "El bonapartismo es un protofascismo burgués y conservador", definirá más adelante Juan José Sebreli. Junto con Cooke, Puiggrós, Jauretche, Milcíades Peña y algunos más, Ramos estaba fundando el "nacionalismo popular", el credo de la "juventud maravillosa", el relato que sería modernizado por el cristinismo y la praxis que llevarían hasta el paroxismo los esperpénticos jerarcas de Venezuela y Nicaragua.Los devaneos napoleónicos de la Pasionaria del Calafate nos recuerdan el asfixiante delirio teatral bajo el que hemos vivido (tenemos mucha amnesia) y la tradición histórica en la que se inscribe su verdadero proyecto político, hoy convenientemente encubierto y pasteurizado para atraer ambiciosos e incautos, y pescar en el centro. El regreso de un bonapartismo de izquierdas se esconde, para no asustar, dentro de un frente cívico de voluntad patriótica. Es un viejo truco que a la arquitecta egipcia le dio resultado en contiendas anteriores: abuenarse hasta conseguir el poder y radicalizarse cuando lo obtenga. Más allá de libertades ambulatorias y búsqueda desesperada de impunidad, el propósito real de su regreso no debe sino leerse...

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