Ese prejuicio biempensante que nos hundió

 
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A las siete y media de la mañana el sonarista pronunció dos palabras frías, y dejó a todos helados: "Rumor hidrofónico". Provenía del noreste, y todavía pasaron unos minutos hasta que lograron descartar por completo que se tratara de una ballena o de un simple cardumen de krill. El comandante ordenó que despertaran a toda la tripulación y la colocaran en sus puestos de combate. El ARA San Luis navegaba cerca de la isla Soledad bajo una orden cifrada: "Todo contacto es enemigo". Cuando los oficiales se sentaron alrededor de una mesa minúscula para analizar la situación les temblaban las piernas; el blanco venía hacia ellos a gran velocidad, había que preparar los tubos y encontrar la mejor posición de tiro.

El sonarista avisó que oía hélices y explosiones. Tres helicópteros antisubmarinos volaban a ras del mar lanzando cargas de profundidad a ciegas y abriéndole camino a todos los buques de la Royal Navy. El comandante ordenó abrir fuego y entonces el torpedo partió con un temblor y un sonido sobrenatural, pero a continuación cortó el cable de guía a través del cual se lo podía teledirigir. A pesar de eso continuó su carrera de manera autónoma y fue ascendiendo para asegurar el impacto. El problema consistía ahora en que el trazado haría visible la posición del ARA San Luis. En pocos minutos, todos los barcos ingleses desaparecieron del sonar, el torpedo se perdió en el océano y el capitán ordenó evasión a toda máquina. Justo en ese punto, el sonarista anunció: "Splash de torpedo en el agua". Alguien les había lanzado un proyectil. "¡Máxima profundidad!", ordenó el jefe, y en seguida mandó que largaran los "alka selser", señuelos grandes que en contacto con el agua producían burbujas y confundían con sus ecos apócrifos. "Torpedo cerca de la popa", avisó el sonarista. Toda la tripulación apretó los puños y contuvo la respiración. "Nos está persiguiendo -murmuraron entre dientes-. Nos va a reventar". El sonarista añadió: "Torpedo en la popa". Transcurrió un lapso eterno, donde cada uno pensó en el fin, hasta que de pronto la voz metálica del operador anunció: "Torpedo pasó a la otra banda". Los ingleses habían fallado por centímetros.

A partir de ese instante, comenzaría una cacería implacable y desigual: una de las flotas más poderosas de la Tierra contra un solitario submarino argentino con un sistema de tiro defectuoso que los mantendría al borde de la paranoia y no les permitiría desembarcar con comodidad en Malvinas. El ARA San Luis...

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