Las preguntas que dejó el gran pez

Hace unos días estábamos en la orilla de la laguna cuando oí un clamor auspicioso. Habían descubierto un gran pez. Era el atardecer y me llevó unos segundos distinguirlo. Debajo del muelle, la silueta negra se mantenía casi inmóvil gracias a los elegantes movimientos de sus aletas pectorales. Era una chanchita, otrora clasificada como Cichlasoma y hoy rebautizada Australoheros, un cíclido muy común en la región. Este era un ejemplar gordo y grande, de unos veinte centímetros de largo.-Algo le pasa -señalé-. Está enojado.-¿Cómo sabés que está enojado? -quisieron saber, riéndose.-Por el color. ¿Ven que está oscuro? Eso es porque está de mal humor.Miré mejor, y entonces advertí lo que ocurría (y la principal causa de su característico cambio de color). Para asombro de todos, señalé la inquieta nube de puntos que rodeaba al gran pez malhumorado. Hubo otro clamor, cuando lograron advertir el extraño fenómeno, y todavía uno más extático cuando les expliqué que eran sus hijitos y que los estaba cuidando.El mal humor exigía ahora una explicación urgente; iba a tener que elegir entre la versión técnica (relacionada con los hábitos de reproducción de estos peces) o la más entretenida (aunque no menos verdadera).Entretanto, y como me ocurre a menudo en estos casos, vi la escena desde afuera. Había pasado un rato largo y parecía que solo estábamos mirando el agua. ¿Qué puede haber en el agua? Recordé cuando era chico y mi abuelo o mi madre me revelaban algo de la naturaleza que me cortaba el aliento y me ocupaba durante días y noches, porque también soñaba con esos hallazgos.-Está enojado por las mojarras -observé. Todas las cabezas giraron hacia el cardumen que siempre anda por ahí y que a esas horas nos divertimos dándole algunas migajas, como si fueran palomas acuáticas. La diversión está en que, así como caen, las migajas parecen escaparse solas, a toda velocidad. Hasta que ves al pececito que atrapó el botín y se lo lleva lejos...

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