El pensamiento mágico devalúa a la Argentina

 
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El pensamiento mágico, uno de los problemas más profundos y persistentes de la Argentina, devuelve al país cíclicamente a sus peores pesadillas. Son simplificaciones o aseveraciones sin asidero que potencian como talismanes personajes notables como Cristina Kirchner ("no fue magia") o Mauricio Macri ("lo peor ya pasó"). Terminan, por lo general, siendo diagnósticos fallidos. Demasiado fallidos.

El pensamiento mágico no es, como podría deducirse, patrimonio exclusivo del populismo. Así como este cifra su fortuna encomendándose a sus máximos santones vivos y muertos, repitiendo ad infinitum sus eslóganes demagógicos, potenciados en la constante agitación propagandística para maximizar sus éxitos y ocultar sus fracasos, su contracara se envanece en declamar un austero republicanismo y en creer que despojarse de aquellos estridentes estandartes es suficiente para alcanzar una economía ordenada y previsible que facilite la vida de los habitantes del país y atraiga inversiones genuinas de todo el mundo.

Cantidad de factores terminan por asemejar a populistas y no populistas, más allá de sus evidentes contrastes estéticos. A la hora indefectible en que las papas empiezan a quemar esas semejanzas se acentúan.

La idea voluntarista de que todo o gran parte de los graves problemas que nos aquejan se solucionan con meros enunciados declamatorios es un recurso frecuentado por políticos de distintas tendencias a lo largo del tiempo a pesar de sus pobres resultados. Raúl Alfonsín se aferraba -y todos nosotros con él- a recitar el preámbulo de la Constitución Nacional, como si fuera el gran hechizo que nos iba a proteger de todos los infortunios. Lamentablemente no fue así. Carlos Menem alimentaba la falsa ilusión de que pertenecíamos al Primer Mundo. Y le creímos (a propósito: "creer" debería ser un verbo estrictamente reservado al plano íntimo y religioso ya que su ampliación al plano humano de la política suele ser nefasta).

La sola exhibición de trayectorias y conductas más republicanas de su staff tampoco salvó a la Alianza de la hecatombe de 2001. El sueño de una Argentina creciendo "a tasas chinas", pero que tras doce años y medio del "modelo" dejó un 30% de pobres, un Estado fundido por la irresponsable multiplicación exponencial de sus empleados y subsidios; y un sistema energético al borde del colapso fue el legado kirchnerista. "No fue magia", no obstante, repetía Cristina Kirchner. Tenía razón: vimos los hilos precarios de cada uno de esos...

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