La página más oscura de la nueva democracia

 
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PARIS.-Alberto Nisman . Al menos, no lo parecía. Jamás se lo vio deprimido, ni exhausto, ni acobardado. Creía que su investigación sobre los autores intelectuales y financieros de la masacre de la AMIA terminaba en la conducción del gobierno de Irán. Creía ciegamente en esa hipótesis y confiaba, también, en que su trabajo concluiría comprobando la veracidad de esa pista. Siempre aclaraba que mucha información le había llegado a través de los servicios de inteligencia locales y extranjeros, pero que no había usado ninguna que no pudiera ser debidamente probada ante la Justicia. Interpol le dio la razón cuando aprobó su pedido de captura internacional para seis jerarcas iraníes.

Es cierto que otro Nisman apareció cuando el gobierno de Cristina Kirchner decidió firmar un acuerdo con Irán. El fiscal anterior era un hombre por lo general comprensivo del gobierno kirchnerista. Nunca lo decía frontalmente, pero .

Nisman había llegado al cargo de fiscal general sobre el atentado contra la AMIA por decisión del gobierno de Néstor Kirchner, y la diarquía gobernante lo había autorizado a ir hasta la sede central de Interpol, en la ciudad francesa de Lyon, para lograr la detención de la jerarquía iraní implicada en los crímenes de Buenos Aires.

Un Nisman crítico y decepcionado surgió luego de que se informó sobre el acuerdo con Teherán que nunca nadie pudo explicar. El pacto creaba una Comisión de la Verdad, como si no hubiera existido antes una verdad. De alguna manera, el gobierno de Cristina Kirchner había decidido ignorar la verdad argentina sobre el atentado contra la AMIA, o la verdad de la justicia argentina sobre esa tragedia. Nisman había contribuido personalmente a la construcción de esa verdad. Su trabajo se había convertido de pronto en nada.

La decepción de Nisman coincidió (y esto también es cierto) con la rebelión del espionaje argentino, hasta entonces dispuesto a cumplir todas las órdenes (buenas, malas o perversas) de los Kirchner. Nisman tenía una relación casi indestructible con Jaime Stiusso, el jefe real de los espías argentinos. Esa relación había nacido y crecido a la sombra de la causa sobre la AMIA. A su vez, Stiusso era (¿es?) un espía de confianza para los servicios de inteligencia de las principales potencias occidentales, no sólo de Estados Unidos. En verdad, los espías argentinos temían que quedaran expuestos ante los iraníes sus contactos en los servicios de inteligencia extranjeros.

Desde el momento en que se conoció...

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