Pacto de amor en la intemperie

 
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No puedo prometerte fidelidad, le soltó ella en las lánguidas postrimerías del amor. El estaba acodado en la almohada y simuló que la noticia no le sacudía los cimientos. Se habían conocido hacía un año en una fiesta y entre ellos todo marchaba sobre rieles. Nosotros dábamos por supuesto que se casarían, serían felices y comerían perdices. Despertaban incluso una especie de efusión, un optimismo pueril: "No sólo se van a casar sino que ese matrimonio no tendrá fecha de vencimiento", apostábamos sus amigos."No puedo prometerte fidelidad porque no puedo prometer amarte para siempre -añadió ella en aquella noche glacial y secreta-. ¿Quién puede hacerlo sin mentir? Esta tontería sólo es una fórmula que se usa en las iglesias y en los registros civiles, una burocracia, a lo sumo una cándida expresión de deseo. Porque nadie está en capacidad real de prometer amor a futuro. Nadie."El seguía el razonamiento de ella con la boca abierta. Ella seguía hablando con los ojos cerrados. "Podría entonces prometerte que mientras te ame te seré fiel, pero no pienso de ninguna manera prometer serte fiel aún en el infierno del desamor -aclaró la mujer-. Y creo que vos no podrías pedirme que aunque no te amara permaneciera junto a vos, y que encima renunciara a cualquier otra pasión. Si yo te pidiera eso, estaría convirtiéndote en un eunuco. Fijate lo cruel y estúpida que sería."El muchacho estaba en estado de shock, pero no quería echarlo todo a perder diciéndole que aspiraba, como cualquier chico de barrio, al amor eterno y a la confianza ciega. Ella era muy moderna, muy francesa, y ese rasgo precisamente lo había enamorado. "Yo...

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