El Obispo Espada: génesis del sentimiento constitucional por Cádiz en Cuba

Autor:Martha Loyda Zaldívar Abad.
Cargo:Profesora de Derecho Constitucional. Departamento de Materias Básicas, Civiles y de Derecho Administrativo. Facultad de Derecho. Universidad de Oriente. Santiago de Cuba. Cuba.
RESUMEN

Cuando nos motiva el interés por conocer o profundizar sobre algún fenómeno, personalidad, institución o proceso, difícilmente y no lo recomiendo, se puedan alcanzar las pretensiones trazadas

 
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“… Pero han de volver, (…), los tiempos de Espada1”.

José Martí

Cuando nos motiva el interés por conocer o profundizar sobre algún fenómeno, personalidad, institución o proceso, difícilmente y no lo recomiendo, se puedan alcanzar las pretensiones trazadas si su análisis se halla desprovisto de la perspectiva histórica, si no se toma en consideración el contexto, y en éste, los hechos que condicionaran las posiciones adoptadas y los resultados logrados en una época determinada.

Desde esta concepción, nos hemos dedicado a tratar de dilucidar la problemática alrededor de la formación del sentimiento constitucional en Cuba, de la cual nos llama poderosamente la atención que éste se lograra, por vez primera, hacia una Constitución foránea y fuese cultivado por un enigmático Señor, también de origen extranjero: español de nacimiento y cubano por vocación.

En este sentido, y ante una doble dimensión del problema planteado, procuráremos fundamentar una especie de influencia correlacional, una vez que expliquemos la trascendencia que la Constitución de Cádiz de 1812 tuvo en el Obispo de La Habana, “ el del pueblo y la juventud “: Don Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa; y al mismo tiempo, el legado de éste en función del respeto, el amor y la adhesión total, espontánea, y duradera hacia el “Código Santo “, como él mismo la denominara, entre los habitantes de la Mayor de las Antillas, nación a la que tributara, como protagonista activo, proyectos de modernización2, a la evolución de las ideas; y a la que contribuiría, desde su posición ilustrada3 y liberal, a la formación de la nacionalidad, la conciencia y la cultura cubana4.

Ante el descubrimiento de nuestros orígenes, sostiene Torres Cuevas5”…Todas las búsquedas… iban al encuentro del productor de esa corriente modernista e ilustrada, abiertamente antiesclavista, antifeudal (…), enemiga sin freno de la trata negrera, catalizadora del más importante movimiento cultural de toda la época colonial-si excluimos el excepcional valor del movimiento independentista de finales del XIX-, el segundo obispo6 de La Habana: Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa”.

Esta es, al estilo del autor precitado, una sintética manera de apreciar, en tiempos de la Cuba colonial7, y en disímiles esferas del desarrollo de su sociedad, la huella indeleble de este gigante en conocimientos, calidad humana y acción, en aras del desarrollo, la libertad y la justicia; y que por éstas y otras razones resultase fuertemente atacado8por quiénes lo consideraban contrario a sus intereses, al acusársele, entre otros calificativos de: ateo, hereje, masón, independentista, liberal y constitucionalista. Sobre esta última definición de su carácter volcaremos nuestras miradas, no sin antes reconocer que fue mucho más querido, admirado, respetado y defendido. Es por ello que lo que más nos interesa subrayar, lo encontramos en el hecho, retomando los oportunos comentarios de Torres Cuevas, de que: “(…) Ningún cubano ilustrado lo atacó. Aún más, lo asumieron como la más destacada figura que haya regido la diócesis de La Habana y el más cubano de todos los funcionarios llegados a la península”.9

Sobre las razones por las cuales despertó estos nobles sentimientos, especialmente en mí-distante de su obra por más de un siglo, empero cercana ante la simpatía, la pasión y el sano contagio que me despierta el estudio de su pensamiento y actuación-, reflexionáremos en lo adelante. Por lo pronto, quisiera que la lectura de éstas modestas líneas se halle precedida por la sabia sentencia que nuestro José Martí nos aportara , a propósito del ánimo que Espada despertara entre los cubanos de ayer y del que seguro hubiéramos sido partícipes los de hoy:

“ El aire era como griego, y los conventos, como el foro antiguo, adonde entraban y salían, resplandecientes de la palabra, los preopinantes fogosos, los doctores noveles, con su toga de raso, los escolares ansiosos de ver montar en su calesa amarilla de persianas verdes, a aquel obispo español, que llevamos en el corazón todos los cubanos, a Espada, que nos quiso bien, en los tiempos que entre los españoles no era deshonra amar la libertad, ni mirar por sus hijos(…). A Espada, el vizcaíno, se lo arrebataban a las puertas del camposanto los jóvenes cubanos, con tal empeño de probarle amor… “

Para una mejor comprensión de la actuación del prelado, en función de cultivar, fomentar y consolidar la formación del sentimiento constitucional de los cubanos hacia la Carta Magna gaditana, resulta imprescindible recrear una periodización que nos permita ubicarnos en el contexto histórico en el que desarrolló sus proyecciones. Específicamente, nos ubicáremos en dos momentos particulares: a partir de la aprobación del Código Fundamental en 1812; de su reinstauración en 1820 Sin desconocer, en modo alguno, aquellas situaciones de hecho que condicionaron el surgimiento, la quiebra y el reestablecimiento de los regímenes constitucionales, determinantes en el agravamiento de la crisis del Antiguo Régimen, a partir del enfrentamiento y el triunfo del movimiento liberal español para con la Monarquía Absoluta.

Todo ello nos convida a cuestionarnos: ¿Cuánto de especial hizo Espada en favor de la “primera Constitución de la historia de España”10?

1802-1814 (A partir de 1812- Primer período constitucional)

Desde su llegada a La Habana, se relacionó cordialmente con sus feligreses y con la institución más representativa de la Ilustración: la Sociedad Económica Amigos del País, a la que inmediatamente se inscribe y de la que asumiría su dirección a partir del 10 de diciembre de 1802; además del interés puesto en sus sacerdotes y en la situación de la Diócesis bajo su gobierno, prestó especial atención y apoyo constante al Colegio Seminario11 “San Carlos y San Ambrosio” con sede en la ciudad.

Aún y cuando no abundemos al respecto, como se había adelantado supra, es preciso partir de aquellos acontecimientos12 que en la Metrópolis se sucedieron y que sacudieran a Díaz de Espada compulsándolo a pronunciarse al respecto. Estamos hablando de:

En 180813:

§ El Motín de Aranjuez que logra la deposición del Rey Carlos IV y el nombramiento de su hijo Fernando VII;

§ Inicio de la insurrección nacional española con base popular y catalizadora de conciencia de Patria;

§ La invasión de las tropas francesas a España dirigidas por Napoleón Bonaparte, e imposición de su hermano José Bonaparte como nuevo rey, de ambos, los españoles no reconocerían autoridad alguna.

En este período y como resultado de lo anterior se produce el surgimiento y ampliación del movimiento juntista, el que se expresa en la instauración de Juntas locales14 en América.

Desde luego, que ante esta avalancha proveniente de la Península, los cubanos no se mantendrían como espectadores pasivos. De inmediato se convocaría a una Junta de autoridades civiles, militares y eclesiásticas de La Habana, en la que por condición, cargo y deseo estuvo presente Espada, quién acordaría de conjunto con los allí presentes la proclamación de Fernando VII como rey, el inicio de la guerra contra Francia y la necesidad de llamar al pueblo mediante proclama para que colaboraran en la ayuda a la Madre Patria.

En 1810:

Ratificación por la Junta Central, en la isla de León, de la convocatoria a Cortes Constituyentes15, el 29 de marzo, y la consiguiente extensión para las provincias de ultramar, por decreto del 4 de febrero del propio año, de su representación en ellas. En fecha del 24 de septiembre del propio año iniciarían sus funciones extraordinarias.

Es ante tales sucesos que -con el contundente y vehemente rechazo a la intervención francesa a España, que la privaba de su independencia y de la libertad de decidir sus propios derroteros; y ante la admiración y el respeto que despertara en él la Corte Constituyente de Cádiz en la defensa de las libertades individuales y colectivas, llegando a aseverar que los que allí se reunían eran los modernos legisladores fundadores de un nuevo régimen proveniente del calor popular- se pronuncia el Obispo de La Habana por conducto de su Carta Pastoral16, del 12 de marzo de 1811, la que dirige a sus Diocesanos inspirándoles el amor a la Religión y a la Patria y; llamándoles a contribuir con sus tesoros y vidas, si fuera preciso, a la guerra contra los invasores Bonapartistas.

Y es que su simpatía por el movimiento constitucional se puede constatar por su apoyo a la causa de los constituyentistas gaditanos no sólo con muestras de admiración y por el respeto profesado en Cartas pastorales y Circulares, o con su dinero que también aportó17, sino que contribuiría al movimiento con la formación y la motivación que sembrara durante años en su hombre de confianza: Juan Bernardo O´Gavan, profesor del Seminario de San Carlos y provisor vicario general de la diócesis bajo su cargo, y en sus especiales y talentosos amigos, entre los que descollara Félix Varela. Ambos diputados a Cortes18 aunque en circunstancias históricas diferentes.

Aprobación de la Constitución de Cádiz en fecha 18 de marzo de 1812, cuyos primeros ejemplares entran a La Habana el 13 de julio del citado año. Inicio del primer período constitucional en Cuba.

En 1814 el obispo Espada resulta elegido Diputado a Cortes.

Mucho habría aportado con sus agudas y claras ideas nuestro prelado, de no ser por lo que a posteriori conmovería a España, y por supuesto a sus posesiones. Es a esta altura del análisis cuando ha de atenderse a lo que supuso y condicionó en Espada19 : la expulsión de las tropas francesas; el retorno de Fernando VII al trono y la derogación por éste de la Ley Fundamental, al ratificar su negativa de juramento hacia ella y la desaprobación de todo acto proveniente de los legisladores de las Cortes españolas; la feroz persecución de todo aquel que se preciara o fuese visto como liberal, produciéndose la escisión entre los que...

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