Una noche en la ópera

 
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Esta noche mi hijo conoció el hielo.Lo mira con ojos cegados de asombro y el corazón palpitante, las mejillas arreboladas y las palmas de las manos humedecidas por la emoción. Nunca antes había asistido a este espectáculo sobrecogedor, nunca antes lo había visto yo conmovido de tal modo al aventurarse en un mundo nuevo que atiza su imaginación con la misma fuerza con que dragones, piratas y caballeros llegados de tierras remotas afiebraron los sueños de su infancia, en la duermevela de la medianoche.No son bucaneros que saquean tesoros hundidos en mares legendarios, ni es Peter Pan en El País del Nunca Jamás. No es el hielo, esa brasa iridiscente que permaneció encendida para siempre en la memoria del coronel Aureliano Buendía, en la inverosímil Macondo de García Márquez. Con la fuerza invencible de las primeras cosas, lo que en verdad provoca este estado de fascinación es el cuento sencillo de una habanera andaluza capaz de avivar el corazón de los hombres a fuerza de malicia y seducción. Es Carmen, gitanilla insolente, libertaria y libertina, pura incitación.Como una fatalidad de estos tiempos, cada detalle es registrado por mi hijo de 12 años en su teléfono celular para que llegue a su comunidad en Twitter: el mundo clásico, la ceremonia y la ornamenta del Teatro Colón transportados en el acto, con la incontenible velocidad del mensaje instantáneo, a un ejército de fisgones.Cuando se apagan las luces, lo que estalla ante sus ojos es la fiesta sevillana y las insinuaciones de Carmen, el fulgurante traje de luces del torero Escamillo, la sensualidad contenida de las habaneras, el desfile de los niños cantores y los...

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