No se trata de blasfemia, sino de respeto

La locura del ataque a la revista Charlie Hebdo, en el que dos fanáticos asesinaron a mansalva a doce personas, marcó un punto de inflexión y disparó debates urgentes para la encrucijada en que se encuentra Europa y, por extensión, el resto de Occidente.

Al calor de las muestras de solidaridad y dolor por los periodistas y caricaturistas muertos, la consigna "Yo soy Charlie" se multiplicó por el globo. Fue una adhesión viral que desembocó en marchas que ganaron las calles de París y de otras capitales, Buenos Aires incluida. La barbarie terrorista tocaba una fibra nueva, distinta. Se percibía en las marchas un sentimiento que iba más allá de las nacionalidades. Signo del nuevo orden globalizado, había allí un sentido de comunidad afincado en valores y aspiraciones compartidas, más que en el color de una bandera. La gente, ante el horror, salía de a millones a la calle a defender el modo en que quería vivir, hoy bajo amenaza. Esa energía es un antídoto contra el miedo, que suele ser mal consejero.

Pero, a pesar de que eran muestras de buena salud, un detalle empañaba las manifestaciones. Un detalle por el cual no fui capaz de decir "Yo soy Charlie". Mientras reclamaban por el derecho a la libertad de expresión, las marchas y los carteles de algún modo reivindicaban también, aun sin proponérselo, el derecho a ofender al otro. Eso era lo que ponían en práctica muchos de los integrantes de la revista con dibujos de dudoso gusto en los que, más que el humor, prevalecía la aspiración adolescente de provocar. Es difícil celebrar la burla lanzada a sabiendas de que va a ofender y causar un dolor en otros.

Por supuesto, ninguna ofensa justifica el asesinato. Y el derecho a la libertad de expresión, imprescindible en la democracia, no debe ser regulado. Aclarado esto, hay que advertir que, como dijo anteayer Bergoglio, el derecho a la libertad de expresión no es absoluto. Las creencias del otro merecen un respeto que se basa en otra libertad imprescindible: la de profesar la religión que me venga en gana (o ninguna) sin que nadie me estigmatice o se burle de lo que para mí es sagrado.

La burla genera violencia. No hablo de la violencia de los asesinos de la masacre de Charlie Hebdo, hombres alienados que hubieran encontrado cualquier otra justificación para matar. Hablo de la violencia que genera, por ejemplo, la ofensa de un dibujo de Mahoma desnudo en millones de musulmanes pacíficos que...

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