La música del azar

Esa noche me desvelé quién sabe aguijoneado por qué preocupaciones. Era de madrugada cuando encendí el televisor. Seleccioné un canal de música: sonaba la voz de Diane Krall. En medio de esa niebla tomé mi agenda y anoté algunos apuntes con pulso vacilante, apenas iluminado por la luz azulada de la pantalla. Mientras mi mano se deslizaba por el papel, escribiendo palabras clave que me servirían para organizar este texto (Thomas Mann, Wagner, Duke Ellington, Cortázar, Charlie Parker), decidí que iba a intentar develar cómo funciona la música en mi mente cuando escribo. Los lectores suelen consultarme sobre eso, casi todos agradecidos de una selección de temas que es necesariamente caprichosa y personal. No siempre fue así. Cierta vez incorporé a mi Playlist una ópera (creo que era Aída, una de mis favoritas, en la versión de Herbert von Karajan y con las voces de Mirella Freni, José Carreras y Agnes Baltsa) y un lector señaló: "Qué lentitud la del autor: haber tenido que escuchar esa obra de Verdi para llegar a escribir este texto". Era una maldad, pero una maldad divertida. Le expliqué que suelo escuchar mientras escribo fragmentos de los discos con que a lo largo de los años, y sobre todo en mi primera juventud, se fue modelando mi gusto musical.

El modo en que esas obras influyen sobre mi escritura es en un punto misterioso. Pero no es difícil establecer algunas correspondencias: un texto, como ocurre siempre con una obra musical, tiene un ritmo, un color, una textura; ciertas palabras tienen una altura, un timbre y una sonoridad singulares; del mismo modo, esos rasgos de carácter resuenan de un modo único en el interior de cada lector, como si éste fuese en cierta manera un oyente. Cada pasaje puede ser escrito (y en consecuencia, leído) de acuerdo con distintas indicaciones de tempo, acentuación y carácter o matices expresivos: andante, allegretto, presttissimo, affettuoso, pianissimo, con fuoco y otra extensa lista de "recomendaciones" que el compositor le hace al intérprete. En el caso de la escritura, se entiende, esas indicaciones son invisibles porque no hay partitura.

Thomas Mann, el autor de Muerte en Venecia, que se concebía a sí mismo como un músico desplazado a la literatura, entendía la novela como una sinfonía o un entramado de temas en que las ideas desempeñan el papel de motivos musicales. Mann reconoció sin titubear el poderoso influjo que había ejercido sobre él la obra de Richard Wagner y en especial El anillo de los...

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